SERGIO FIDALGO PIÑA – EL MUNDO

· El autor considera que el disparatado informe de Sabadell para retirar del callejero a diversas personalidades es una demostración más de cómo los independentistas pretenden crear una Cataluña de ‘buenos’ y ‘malos’.

Hay gente que necesita vivir en un mundo de buenos y malos. Pensar les resulta demasiado duro. Ésta es la principal conclusión que extraje tras leer en estas mismas páginas que el Ayuntamiento de Sabadell ha encargado, pagado y distribuido un informe que propone retirar del callejero de la ciudad a personalidades tan insignes como Antonio Machado, Francisco de Goya, Mariano José de Larra o Francisco de Quevedo. No se trata de un villorrio con un primer edil que no haya salido en su vida de la comarca. Hablamos de una población con más de 200.000 habitantes, y uno de los focos industriales y empresariales más importantes de Cataluña.

Lo peor no es que haya quedado claro que el equipo de gobierno municipal tomó una mala decisión, sino que además se empecina en el error. Cuando este diario destapó el contenido del informe, Maties Serracant, el alcalde de Sabadell que pertenece a una coalición de la que forma parte la CUP, aseguró en su perfil personal de Twitter que «Machado se queda, lo que hay que eliminar del nomenclátor son los nombres de los fascistas». Por supuesto, no aclaró a quién le otorga tal definición y, siendo generosos, se puede pensar que en este caso la CUP respeta la legalidad española representada en la Ley de Memoria Histórica, y no va más allá en su definición de quién es o no «fascista» y no la extiende a Francisco de Goya o a Luis de Góngora, por citar a otras dos personalidades a los que el documento recomendaba retirar del callejero. Pero lo que demuestra la tenacidad de este político en no dar su brazo a torcer es que remitía a una nota oficial del consistorio que preside.

En ese comunicado se aseguraba que el informe «es externo y no vinculante», pero no se criticaban ni se desautorizaban los contenidos del mismo. Y se le consideraba un «documento de trabajo» para debatir con las entidades de la ciudad. Hubiera bastado una disculpa, un reconocimiento del error, para desactivar la polémica. Pero los secesionistas catalanes nunca dan un paso atrás, jamás piden perdón. Lo consideran una debilidad en su camino imparable hacia la construcción de una República catalana. El prietas las filas es evidente hasta en los teóricos anticapitalistas y antisistema, por mucho que presuman de anarquistas y libertarios.

Así pues, el Ayuntamiento de Sabadell no considera a Antonio Machado «anticatalanista», pero distribuye entre las entidades de la ciudad un informe «no vinculante» pero «de trabajo» para debatir los posibles cambios en el nomenclátor del callejero de la ciudad. Dicho «documento de trabajo» decía del genial poeta que «bajo la aureola republicana y progresista con que se ha revestido su figura hay una trayectoria españolista y anticatalanista». Y también que «su obra es una exaltación de Castilla (a través de su paisaje) como núcleo y esencia del Estado español, lo cual incluye una idea excluyente de la diversidad».

Conclusión: tal vez, como aseguró el alcalde, «Machado se quede» en el callejero de Sabadell, pero con su nombre manchado por la infamia en un informe encargado, pagado y distribuido por el consistorio que preside. Podríamos desmenuzar el contenido de dicho texto, pero ya ha sido suficientemente difundido como para incidir más en ello. Pero si para algo sirve toda la polvareda que se ha levantado es para contrastar en lo que se ha convertido la Cataluña del 2017: en un lugar en el que sólo caben «nosotros» y «ellos», los «buenos» y los «malos» a los que antes hacíamos referencia.

Los secesionistas han creado en Cataluña, mediante el procés, una sociedad dual, una versión mediterránea del conmigo o contra mí, principal norma de conducta de grupos tan poco amigos de la tolerancia como los ultras más violentos del orbe futbolístico. Un país en el que se puede llamar, desde las tribunas públicas más destacadas, «colono», «quintacolumnista», «traidor» o directamente «fascista» o «franquista» a cualquier catalán que discrepe con el separatismo y defienda en público su amor a España o su deseo de que se respete la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico de una nación democrática que forma parte de la Unión Europea.

La definición que hizo Pep Guardiola de España como «Estado autoritario» resume la cosmovisión secesionista. Catar, país que en su momento fue elogiado por el ex entrenador culé, es un país a destacar aunque sea una monarquía absoluta que basa buena parte de su ordenamiento jurídico en leyes religiosas. ¿Su mérito? No ser España. En cambio, España, país que forma parte del mundo libre y que es respetado por todos los organismos internacionales, es una democracia de baja intensidad. ¿Su problema? Que no facilita a los separatistas borrar de un plumazo centenares de años de historia común y de lazos entre los catalanes y el resto de españoles.

Y es que el auténtico espíritu de la «revolución de las sonrisas», que es la fórmula usada por los propagandistas separatistas para definir el proceso secesionista, es el de la polémica por la plaza de Antonio Machado en Sabadell. El de compartir su visión de la nació, y por ende del mundo, o quedar desterrado de lo que ellos denominan «pueblo catalán». El «nosotros» y el «ellos». Todo lo que huela a «ellos», que para los separatistas que dominan la mayoría de las instituciones locales se identifica con lo «español», se ha de desterrar, tanto de las comarcas catalanas como del resto de los Países Catalanes.

Porque los secesionistas no sólo quieren liberar a los catalanes que vivimos en las cuatro provincias catalanas, y dentro de su concepción pancatalanista consideran que también han de salir del yugo hispano lo que ellos consideran sus dominios, y que también comprenden, en lo que respecta a España, las Islas Baleares, la Comunidad Valenciana y buena parte de la zona oriental de Aragón, lo que ellos denominan La Franja. También aspiran a integrar Andorra y a diversos territorios franceses e italianos. Y teniendo en cuenta que algunos de los historiadores separatistas consideran que Cristóbal Colón era catalán, y dan conferencias subvencionadas por los poderes públicos sobre dicha cuestión, tampoco sería de extrañar que comenzaran a reivindicar la catalanidad de Buenos Aires.

Este espíritu del «nosotros» y «ellos» no es exclusivo de los radicales de la CUP. La segunda autoridad de Cataluña, Carme Forcadell, ya dijo en un acto público en 2013, cuyo vídeo se encuentra fácilmente en la red, que «nuestro adversario es el Estado español. Lo tenemos que tener muy claro. Y los partidos españoles que hay en Cataluña, como Ciudadanos y el Partido Popular (…). Por tanto, estos son nuestros adversarios, el resto somos el pueblo catalán». Para la actual presidenta de la cámara autonómica, buena parte de los votantes de esta comunidad, que apoyan a Cs y el PP, son los «otros», porque no forman parte del «pueblo catalán».

Todo se resume en el «nosotros», los buenos, y el «ellos», los malos. No hay que pensar, sólo señalar. No hay que ceder, porque el pueblo escogido no cede ante las tribus inferiores. Es el viejo supremacismo de siempre. El del Doctor Robert midiendo calaveras para asegurar que la «raza catalana» era superior por su mayor capacidad craneal. El de Heribert Barrera cargando contra la emigración. El de Jordi Pujol asegurando que «el hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico; es un hombre destruido». El de Marta Ferrusola declarando que le molestaba «mucho» que el presidente de la Generalitat fuera un andaluz que tuviera el nombre en castellano, comentando el caso de José Montilla.

Esta semana le ha tocado a Antonio Machado. Pero nada que huela a español se va a librar en la Cataluña que los separatistas están construyendo para los suyos. Una Cataluña auténtica para los catalanes auténticos que comulguen con el secesionismo y con la construcción de esa fantasmagórica República Catalana con la que sueñan. El resto, ya lo saben: españolazos a reeducar o a reprimir. Nada nuevo bajo el sol.

Sergio Fidalgo Piña es presidente del Grupo de Periodistas Pi i Margall.