Minuto y resultado

ABC 24/02/17
IGNACIO CAMACHO

· Ya hay hasta fiscales que protestan de su relevo como esos jugadores cabreados que le arrojan al entrenador la camiseta

EL periodismo de gasolina, ése que va oteando el horizonte en busca de hogueras que avivar, vive días de tan intenso azacaneo que no sabe para dónde correr con la lata. Antes la cosecha del escándalo estaba siempre en los predios políticos pero la calma chicha de la paxmariana constituye un erial mediático que reduce la especulación a hueca cháchara. En su lugar, la prédica incendiaria busca faena a destajo en los tribunales, que han empezado a ajustar cuentas con el pasado reciente de la corrupción y evacuan sentencias como fogatas de rastrojos en el secano de una actualidad agostada. Pronto veremos un Carrusel penal, minuto y resultado, en las puertas de las Audiencias y de las prisiones, sórdidos descampados en los que van a brotar plantaciones de cámaras.

La acumulación de veredictos, querellas, resoluciones y providencias se ha hecho tan familiar que los españoles la han incorporado con plena naturalidad a la conversación de sobremesa. En las oficinas, los bares y las redes sociales la gente discute sobre la libertad provisional de Urdangarin, la condena de Rato o la fianza de Griñán con el mismo desenfadado arbitrio con que juzga las jugadas polémicas de la Liga o el estado de forma de los futbolistas estrella. Ya hay hasta fiscales que protestan de su relevo igual que esos jugadores cabreados que se retiran del campo arrojándole al entrenador la camiseta. Todos somos de repente expertos en derecho penal, procesal y hasta mercantil, y resumimos sumarios de miles de folios en frases de 140 caracteres sin la menor vacilación de conciencia. En ausencia de la política, o más bien en sustitución de ella, el Derecho se ha vuelto material de debate cotidiano a golpe de titulares de prensa. Por las tardes, al salir del colegio, las madres comentan la absolución de la Infanta mientras sus hijos juegan en los jardines de las plazuelas.

En medio de esta banalización de la Justicia sorprende que los profesionales sean capaces de mantener su criterio con digna independencia. El sistema les ha confiado la catarsis del descontento popular por los años de abusos institucionales y tienen que ejecutarla con rigor jurisdiccional a sabiendas de que ellos mismos van a ser juzgados en la calle por una opinión pública animada de prejuiciosa ligereza. Salvo excepciones que fluyen a favor de la corriente de demagogia populista, los togados están resolviendo su tarea con lenta pero eficaz consistencia; sin dejarse llevar por la pulsión justiciera de las tricoteuses que esperaban al pie de la guillotina para ver rodar cabezas. Algunos sufren escraches, otros presiones, casi todos la desconfianza de una mentalidad social sesgada por la emocionalidad primaria, tanto más prepotente cuanto más lega. El esfuerzo jurídico por sobreponerse a esa atmósfera pasional es hoy la verdadera clave de bóveda del Estado democrático, la ultima ratio de su resistencia.