Mirar lejos, pensar en grande

MAITE PAGAZAURTUNDÚA – EL MUNDO – 08/04/17

Maite Pagazaurtundua

Maite Pagazaurtundua

· Para la autora, la entrega de armas de ETA no es más que un acto de propaganda encaminado a maquillar la imagen de los terroristas y un preámbulo al reagrupamiento de los presos en cárceles del País Vasco.

· Ser decentes. En la fiesta del desarme de ETA lo de menos es y será la entrega de armas. Es la propaganda y la impunidad futura lo que se busca.

Un estudio que acaba de publicar el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo prueba los efectos de la estrategia del miedo de ETA sobre la sociedad vasca y, específicamente, sobre la política vasca. Lo confirmo con claridad como testigo directo: los no nacionalistas vascos fuimos presionados moralmente, silenciados socialmente, perseguidos y algunos de nosotros fueron abatidos por serlo y decirlo. Los nacionalistas que no mataban sacaron provecho indirecto de todo ello, compartieron prejuicios sobre nosotros y, por eso, entre otras cosas, sostienen el interés de establecer una mirada suave sobre la responsabilidad en tantas décadas de persecución y miedo.

El efecto del miedo. Sí. Tapar que sigue perjudicando las opciones políticas no nacionalistas y la legitimidad constitucional. Ese tabú. Esos efectos deberían ser claves para la evaluación estratégica del Gobierno, pero no lo son. «El miedo –así escriben los autores en la introducción del informe– es un arma estratégica letal (…) que suelen plantear los grupos terroristas (…) y condiciona opiniones, actitudes y comportamientos sociales». Y el voto. El estudio demuestra algo que ya sabíamos.

Otra característica de ETA y su entorno, como de todo terrorista, es la aspiración al protagonismo en los medios de comunicación.

Para el nacionalismo vasco, violento o no, fue y es característico que sus derechos y opciones deban ser prioritarias, por las malas, o negociando presupuestos. Y esto no es inocuo. Debilita a todo el país en el largo plazo. Este tipo de debilidad afecta nuestras posibilidades personales, las de nuestros hijos, porque degenera la gobernanza, normaliza el consentimiento de malos hábitos, la cobardía, el clientelismo, la chapuza, el premio al caradura.

Los nacionalistas vascos que mataban consideraron sus creencias como una obligación para todos los demás, pero cuando el entorno de los etarras –ilegalizado en parte y derrotado policialmente– jugó a la negociación con el Gobierno, exigió ocupar el centro de las miradas de la opinión pública. Exigió su supervivencia política sin condena del pasado y la tolerancia hacia una operación de maquillaje de largo alcance y, si la opinión pública termina tragando, también cierta impunidad. Esto que los poderosos consideran asumible, no lo es tanto para el futuro político de nuestro país si abrimos el angular. No sólo por decencia.

El nivel de impunidad que ya acumulan los asesinatos de ETA se eleva a más del cuarenta por ciento, pero en delitos relacionados con la actividad de la persecución de los vecinos va mucho más allá, decenas de miles de personas huyeron para siempre. Un desarme propagandístico tiene un valor de millones de euros en publicidad y en influencia porque condiciona las percepciones sociales en toda España y a nivel internacional. No es decente porque si hubiera mediado algún tipo de vergüenza moral sobre el daño causado y que causan estos días, habrían entregado la geolocalización al Gobierno francés y punto. Se podría haber encontrado como por casualidad.

No es decente tolerarlo, pero tampoco es inocuo políticamente lo que está pasando, aunque ciertos medios de comunicación mostrarán fotos de gente estupenda diciendo que ETA ha sido derrotada. No es así del todo. Pernando Barrena, que sigue siendo jefe en las nuevas siglas, señaló en 2007 que «los que hoy son terroristas, puede que mañana no lo sean, depende de quien gane la batalla política».

En eso están. Son lobistas de los etarras presos y tienen un punto de intersección con el PNV en la escritura de la historia y en la percepción internacional. El objetivo es que para el futuro nos veamos obligados a doblegarnos, a asumir sus palabras, su punto de vista, para no ser tachados de enemigos de la paz.

Hay cuestiones sobre las que no renta la resignación o la debilidad del Gobierno consintiendo al PNV y a los herederos de ETA el gran espectáculo. Ha preparado pellizcos de monja, con discursos extraordinarios sobre la derrota de ETA para aparentar lo que no hay y apaciguar el descontento de millones de españoles de buena fe, pero en el fondo cimenta una nueva debilidad. Porque lo que está en juego nunca fue sólo matar, sino doblegar y debilitar a los no nacionalistas y doblegar lo que todo un país, España –otro tabú– es.

Llueve sobre mojado. Como en Cataluña, el mensaje que se manda estos días a los vascos y navarros que resistieron y a las víctimas resulta desmoralizador, porque no discute que el poder de los nacionalistas sea cada vez más hegemónico en los símbolos, en las palabras. En realidad, se va ahondando un régimen fáctico de supeditación de las políticas. Augura una debilidad del Estado que un día puede estallar.

Muchas familias sufren estos días, sal se les vuelven las heridas, como habría podido escribir Blas de Otero. El día ocho de abril, el nueve, el diez, tendrán que evitar encender la radio o la televisión para no sentir el aguijón del dolor ante las portadas y titulares de los actos publicitarios que van limpiando la imagen de los que devastaron sus vidas. Y es el preámbulo de que los presos de ETA ganen protagonismo en la agenda política.

Los países suelen necesitar valientes de cuando en cuando. El mensaje de lo ya tolerado y de lo que apunta en el futuro, no sólo debilita los intereses del Estado en el País Vasco y Navarra. Debilita el coraje de personas reales en el servicio público. Apunta a que, en breve, se estigmatizará a las víctimas por molestar.

Este consentimiento que parece menor –y se disimula– debilita, en suma, la defensa de la Constitución y de la calidad del liderazgo porque desmoraliza. Porque regala el poder futuro en un país donde a los nacionalpopulistas no se les llama por su nombre, no se les ponen fronteras y se les contenta con millones de euros y sonrisas.

Los del desarme lo quieren casi todo: la propaganda y el poder sobre las palabras. Pero no se conforman con menos que ir limando cada exigencia de las leyes penitenciarias para una impunidad que en un futuro próximo no lo parezca. Cuando los presos de ETA se agrupen en pocas cárceles, la opinión estará madura para pasar a la siguiente fase.

Sobre eso caminamos, me temo. No es decente, pero si no me equivoco, este consentimiento de la propaganda del desarme inicia un grave error histórico y político.

Pensar en grande, mirar lejos, tener decencia es lo que clamaba Fernando Altuna, y por eso hoy lo escribo.

Maite Pagazaurtundúa es europarlamentaria.