«Nació en Londres»

MIKEL ARTETA – FRONTERA.COM – 25/03/17

· Dice la prensa que quien ayer acabó con la vida de tres personas “nació en Londres”.  Con unas pocas reservas –las que brotan de mi ignorancia acerca del criterio de naturalización británico-, cabe, pues, suponer que el asesino era británico. Más corto quedaría. Por aquello de la economía. También de tinta.

Pero, puestos a crear sintagmas donde la redundancia no debiera imponerse a costa del ridículo, también podría decirse que fue «un ciudadano británico”. No obstante, tal expresión, ufana sin duda de codearse con aquella de “Estado español” (tan apreciada por nuestros nacionalistas, capaces de distinguir analíticamente entre “Estado”, “País”, “Nación”, “nación”, “nacionalidad”, “región” y cualquier cosa que tenga voluntad de ser, estar, parecer o semejar), tampoco les valía. Al parecer, sería mezclar churras con merinas. Lo que nos dice la prensa es que “nació en Londres”. Lo que sólo nos dice entre líneas es que lo que nació en Londres es un cuerpo extraño. Y es que, a juzgar por la agenda de los medios de unas semanas a esta parte, nuestro pánico, en plena era de Trump, proviene de la asfixia que nos impone el “pensamiento políticamente correcto”. Dejémonos de medias tintas -ha debido pensar el redactor; el bote entero.

Saltemos por encima de esta última paradoja (advertir que la amenaza es la corrección política mientras muchos no asumen que es británico quien nació en Londres). Tampoco nos paremos en que la costumbre, la urbanidad, la moral o la voluntad libre -por no hablar, claro, de la ley- son todas ellas fruto de una coerción que, en buena medida (y antes de hacerse reflexivas mediante el desarrollo moral del individuo), coincide con eso que se desprecia como lo políticamente correcto. Son fruto en algún sentido de la conciencia social: si aprietan mucho, asfixian; si se sueltan, nos matamos.

Y, por último, omitamos aquí que, si acaso, el problema emana de aquellos que se someten a lo políticamente correcto, es decir, de quienes se reservan las mejores de sus críticas para no ofender al otro, por cercano, por sensible o por poderoso. Un fenómeno que, por cierto, algunas redes sociales, como Facebook, podrían estar fomentando; pero que apenas es reconocible en otras redes sociales, como Twitter, donde se imponen las ofensas gratuitas que algunos gurús de la tolerancia quieren hacer pasar por libertad de expresión (cabría recordar que existen derechos constitucionales al honor, a la intimidad y a la propia imagen, o libertades como la de practicar la propia fe religiosa; y que no hay libertad de expresión que, sin pretensión de emitir un juicio, hacer gala de algunos valores o un modo de vida, o plantear alguna tesis acerca del estado de cosas del mundo social o natural, permita vulnerarlos).

Ha habido recientemente muchos casos a debate en torno a esto; sin entrar en detalle, no creo que quepan respuestas tajantes o de principio con que resolverlos todos usando un único criterio. No creo, por ejemplo, que sea comparable el bus de Hazte Oír, defendiendo valores reaccionarios que ellos mismos se aplican (y aplicarían a sus hijos, sin reparar en los desgarros que les provocarían), con el discurso del odio emitido por ETB, donde la frontera del odio (“ellos”, los paletos e ignorantes españoles, nada tienen que ver con “nosotros”, los sofisticados vascos) no da lugar más que a descalificación e impugnación radical del otro. Pura ofensa y exclusión, de plano y sin pasar por la casilla de salida. Nacionalismo étnico. ¿Recuerdan en nombre de qué mataba ETA? Pues eso.

Volviendo a lo que me ocupaba. Al parecer hay que dejarse de tapujos y soltar las verdades. Hasta aquí no hay “peros”. Lógicamente. Sin embargo, el riesgo es acabar cediendo, por exceso y sin solución de continuidad, al “pensamiento políticamente incorrecto” (en nombre de “las verdades como puños”, claro). Y no se me ocurre qué otra cosa es eso de que el asesino “nació en Londres”. Queremos Estados democráticos, tolerantes, laicos y pluralistas (no les engaño, casi no veo la diferencia entre todos estos términos) que atiendan a los derechos fundamentales individuales…  Pero si un británico musulmán acaba radicalizando sus convicciones religiosas (seguro que a raíz de mensajes promovidos desde focos salafistas o wahabitas vinculados a poderes políticos muy concretos), entonces ese conciudadano mío es un cáncer. Él y los suyos. Un “ellos” que hay que extirpar. ¿Les suena? Y en esta línea, no son pocas las muestras de racismo que hoy circulan por las redes.

En gran medida por ignorancia, no seré yo quien defienda la compatibilidad del Islam con la democracia. Y menos de tal o cual corriente. De hecho, no dudo de que, en principio, son incompatibles. Como lo es el nacionalismo (que excluye al otro de la comunidad política) y ahí los tienen etiquetados de “moderados” en nombre de la democracia o, al menos, de la paz social. Por eso será mejor no dedicar mayores esfuerzos a resolver tal abstracción: la democracia sólo es compatible con la tolerancia. Lo que importa es que un musulmán sepa dar a su religión, en la conformación de su personalidad, el peso justo para no sofocar su estatus de ciudadano –de igual político- en una democracia.

Por eso mismo, partiendo de la psicología básica, creo que puede decirse que cuanto más se lo mire y se lo considere sólo en su dimensión de musulmán, más conformará dicha faceta concreta de su identidad el conjunto de su auto-comprensión. ¿Buenismo? No, de cajón. Y no por ello material menos inflamable. Probablemente cada musulmán tenga ya demasiados ojos comunitarios sobre sí mismo (tal parece el estado actual de dicha confesión) controlando qué hace o deja de hacer. Pero, salvando las distancias que se quieran, que no son tantas y a veces son menos, algo saben de esto en Euskadi o en Cataluña. Y ya deberíamos saber que no ayuda a recomponer el tejido social eso de lanzar públicamente una categoría (un perfil delincuencial, prácticamente) que directamente excluya al conciudadano del juego de mutua exigencia de razones que nos debemos en democracia. El mismo que nos debemos en la calle. Quizás de ahí el éxito de aquel eslogan: “vascos, sí; ETA, no”.

 ¿Se colige “musulmanes sí; yihadistas, no”? No sé. Se colige, como poco, que son nuestros conciudadanos, radicalizados por una ideología excluyente y promotora del odio (análoga a otras que hoy campan a sus anchas en España, sin ir más lejos). Y que la solución no es marcar con ellos una línea fronteriza que los barra de la comunidad política común (como hacen quienes afirman que tipos execrables como el del atentado  “han nacido aquí pero ‘ser’, lo que se dice ‘ser’, son de fuera, de ‘los otros’”). Ya entiendo que esto les complica la existencia. Pero, oigan, si esto ha de ser una democracia, nos están matando los nuestros. ¿Algo mejor que utilizar sintagmas racistas podremos hacer, no

Por concluir. Dudo que los yihadistas sean tan tontos como para pretender echar a los occidentales de Occidente; o como para querer hacer claudicar a los gobiernos europeos e imponer, qué sé yo, la sharia en lugar de la Constitución. Lo que buscan es legitimación ante los suyos: diría que no podemos olvidar el conflicto geopolítico de fondo entre el radicalismo sunita (como el wahabismo y salafismo, promovidos por Arabia Saudí) y la influencia que busca jugar la chiíta Irán. Esto daría pie a interpretar la lógica terrorista (acción-reacción-acción -«en espiral ascendente», que decía ETA-) como estrategia de legitimación político-religiosa: el atentado (acción) provoca nuestro miedo, refuerza el control de fronteras o el rechazo a los refugiados y alimenta nuestros prejuicios racistas (la reacción occidental); y así se legitima el nuevo golpe (acción) por parte de nuevos radicalizados que se alejan de la cultura de acogida para abrazar la ideología del odio. Polarizan, engrosan las filas, ganan influencia.

Si esto es así, ya sabemos cómo ganarían… Y, a juzgar por algunos sintagmas, no llevan mala mano.

MIKEL ARTETA – FRONTERA.COM – 25/03/17