GABRIEL TORTELLA-EL MUNDO

El autor profundiza en la naturaleza del nacionalismo y en la evolución histórica de la formación de los Estados nación. Y concluye que los nacionalistas hoy sólo persiguen alcanzar un poder soberano que no les compete.

NO HACEfalta ser un lince para advertir que el nacionalismo es el principal problema de España al menos desde la Transición (si no antes) y que es muy difícil imaginar su final. El nacionalismo vasco, con su vil acompañamiento de terror y extorsión, protagonizó las últimas décadas del siglo pasado. La derrota de las prácticas más execrables del nacionalismo vasco dio lugar a una especie de apaciguamiento transitorio; pero el nacionalismo catalán, con métodos de presión, extorsión y exclusión más solapados pero no menos viles, ha tomado el relevo en la actividad de zapa y derribo. Esta situación plantea múltiples problemas intelectuales, uno de los cuales, de lo más apasionante, es el de cuál sea la naturaleza del nacionalismo.

Conviene advertir que no se trata sólo de un problema español, aunque aquí haya adquirido rasgos gravísimos. En muchos otros países europeos hay problemas parecidos, si bien por ahora menos amenazadores: pensemos en Escocia, en Córcega, en el Véneto, en Flandes, en Baviera, en la separación de Chequia y Eslovaquia, en Crimea y el este de Ucrania, en Chechenia, etcétera. Y, más allá de Europa, pensemos en Quebec, en Chiapas, en Tibet (caso muy especial), en Kurdistán, en Yemen… El nacionalismo separatista parece esparcido por todo el planeta. ¿Tiene esto explicación? Si la encontráramos, quizá pudiera ofrecernos un atisbo de solución para nuestros problemas.

¿Qué es el nacionalismo? Es difícil de explicar, porque los hay de varias clases según las latitudes y los condicionantes históricos, culturales y étnicos. Como las naciones son entidades políticas formadas de manera en gran parte arbitraria, es difícil definir y discriminar. Pero los especialistas distinguen dos tipos de nacionalismo: para unos es un factor de modernización; para otros es un factor de retroceso. Ambas caracterizaciones son ciertas; todo depende del momento histórico.

Observemos que la nación (una comunidad política soberana cuyo principio es que todos sus miembros son iguales ante la ley y participan igualmente en la formación del gobierno) es una institución bastante reciente. Las primeras naciones son Inglaterra, Estados Unidos y Francia, formadas a finales del siglo XVII y principios del XVIII, a las que siguió una primera oleada de Estados del nuevo tipo, unas de antiguo origen, como España, Portugal, Holanda, Bélgica, Suecia y Dinamarca en Europa; otras, como casi todas las naciones americanas, desgajadas de los imperios inglés, español y francés. En Europa oriental se dio un caso inverso: una nación recién formada fue deglutida por dos imperios y medio: Rusia, Austria y Prusia, que amigablemente trocearon y se repartieron Polonia. Pero otras naciones de abolengo histórico fueron emergiendo durante el siglo XIX: Grecia, Italia, Alemania (ésta en forma de imperio, aunque es dudoso cómo clasificar a Alemania, porque era un imperio con algunos rasgos de nación).

Lo interesante es observar que las nuevas naciones se fueron formando a imitación de los primeros modelos, y lo hicieron por oleadas. Hemos visto ya la primera, la que tuvo lugar a partir de la primera revolución mundial de finales del siglo XVIII y principios del XIX. La segunda gran oleada tuvo lugar después de la Primera Guerra Mundial, al desintegrarse cuatro de los imperios en liza (ruso, austriaco, alemán y otomano). En Europa oriental aparecieron los países balcánicos (Yugoslavia, Bulgaria, Montenegro, Albania), más Hungría, Austria, Rumanía y la renacida Polonia, más las repúblicas bálticas y Finlandia. De la partición del Imperio otomano lo más parecido a una nación que encontramos es la propia Turquía; el resto fueron protectorados y monarquías semifeudales que sólo muy lentamente fueron adoptando forma nacional. China había derribado la secular monarquía imperial en 1912 y adoptado la forma republicana, aunque fue casi inmediatamente presa de una profunda inestabilidad. Irlanda, la última gran colonia europea, se independizó en 1922. Esta verdadera eclosión nacional fue en gran parte obra del presidente Woodrow Wilson, inspirador de la Sociedad de Naciones, cuya obra adoleció de considerable precipitación, y contribuyó a las graves tensiones internacionales que dieron lugar a la Segunda Guerra Mundial.

El final de ésta marcó la tercera gran oleada, con la disolución de los imperios británico (desde 1931, Commonwealth), francés, belga y holandés, de modo que accedieron al status nacional gigantescas naciones asiáticas como la India, Pakistán, Indonesia, Filipinas y otras menores, entre ellas Israel, un caso especial. Es también el momento en que la mayor parte de los países africanos alcanzan ese estatus.

La cuarta y última oleada vino derivada del fin de la Unión Soviética y del comunismo en Europa. Varios países con una condición de independencia formal y sujeción real, como las repúblicas bálticas, Bielorrusia, Ucrania, Turkestán, Uzbekistán, Armenia, Georgia, etcétera, se convirtieron en naciones independientes. Simultáneamente tuvo lugar el desmembramiento de Yugoslavia y su partición en una serie de naciones como Eslovenia, Serbia, Croacia, Montenegro y Macedonia.

Estas sucesivas adiciones produjeron la actual situación, en que la mayor parte de la superficie terrestre está ocupada por naciones formalmente independientes. Si en 1945 la Organización de Naciones Unidas estaba compuesta por 51 países, hoy lo está por 193. Quedan ya muy pocos flecos en este tapiz de naciones que cubre la tierra. En este aspecto, el nacionalismo, aunque sin duda con éxito desigual, ha sido un factor de modernización.

Entonces ¿qué explicación tiene el nacionalismo actual, cuando el nuevo modelo de Estado nación se ha extendido ya por toda la faz del planeta? La respuesta es sencilla: hoy no se trata ya de modernizar las estructuras políticas o de liberar a ciertas poblaciones de los yugos coloniales o imperiales. Lo que persigue el nacionalismo del siglo XXI es simplemente desmembrar o trocear naciones ya existentes. En román paladino, los nacionalistas actuales pretenden hacerse un sayo para ellos con la capa que pertenece a todos sus conciudadanos. Y no se trata de hacerse un sayo que abrigue a todos los miembros de la pretendida nueva nación; se trata de confeccionar un abrigo confortable para la camarilla nacionalista que promueve la separación y que, naturalmente, espera convertirse en el árbitro y gobernante de la nueva micro nación por mucho tiempo, o para siempre si es posible.

EL NACIONALISMOactual es, simplemente, el quítate tú para ponerme yo de una burguesía local frustrada que quiere convertirse en gobierno soberano. Ya no se trata de modernizar, sino de monopolizar; ya no se persigue la reforma, sino la tajada. Ése fue el caso de Quebec en Canadá, donde a los separatistas les falló el plan por el canto de un duro. Parecido fue lo de Escocia en 2014, que falló por mayor margen. En ambos casos salió la fallida nación seriamente malparada. La viabilidad de la hipotética micro nación es lo de menos: para los nacionalistas de hoy es infinitamente mejor ser cabeza de ratón que cola de león, y a lograrlo dedican las 24 horas del día; y si lo hacen subvencionados por la nación de la pretenden separarse, tanto mejor para ellos. El enemigo acepta ser, tras cornudo, apaleado; «dando tales muestras de sumisión a nuestra causa, encima no podrán echarnos la culpa del desaguisado», se dicen los aguerridos nacionalistas del siglo XXI: y no dejan de llevar algo de razón.

En cuanto al bienestar de sus futuros súbditos, eso es lo de menos para el nacionalista de hoy: véase si no la indiferencia con que los separatistas catalanes han visto sus promesas de bonanza económica desmentidas crudamente por la realidad tras sus amagos de independencia: son ya más de 4.500 las empresas que han huido en los últimos 12 meses del prometido paraíso nacionalista catalán. ¡Qué más da! El bienestar de los súbditos catalanes es algo secundario: lo principal es que la camarilla alcance el poder absoluto como sea. Éste es el credo del nacionalismo del siglo XXI.

Gabriel Tortella, economista e historiador, es autor de Capitalismo y Revolución, y coautor de Cataluña en España. Historia y mito (con J. L. García Ruiz, C. E. Núñez y G. Quiroga), ambos publicados por Gadir.