Santiago González-El Mundo

El encuentro de Cebrián y Pedro J. fue un momento casi mágico de la recepción de los Reyes el día 12. Los dos se quedaron junto a la puerta del salón H, donde nos estabularon a periodistas y a otras gentes de mal vivir. Tengo que decirle a Cayetana que no se deje tentar por la ironía en estas cosas, que Madame Rigalt no se la entiende y aprovecha para acusarla de marquesa.

Juan Luis Cebrián y Pedro J. se hicieron fuertes en la entrada, cada uno junto a una jamba, componiendo una imagen fantástica, dos leones que no pueden ni verse, como los de la entrada del Congreso. Para entrar había que saludar a uno de los dos, o a ambos.

Sólo se hablaba de lo que iba a pasar el lunes. A las 9 comparecen Trapero y los Jordis, y a las 10 expira el plazo del requerimiento a Puigdemont para que explique: si quiso decir que sí o quiso decir que no, y si está dispuesto a volver a la Ley. Si esta insuficiente criatura tuviera el cuajo de los Corleone, respondería que sí, pero que sólo fue una cuestión de negocios.

Claro que para eso debería tener otro nivel, otro código moral, tendría que ser capaz de asumir la responsabilidad por lo hecho y pagar por ello. Pagar por lo que se ha hecho es fundamental, no todo es posible cuando Puigdemont vuelva a mandamiento: el diálogo y un pelillos a la mar.

La gente de cierta edad recordamos el golpe de Estado anterior, hace 36 años, y el pacto del capó, aquella impunidad para la clase de tropa y la discreción para llevarse detenido, fuera de las cámaras, al cabecilla de la rebelión. No se puede negociar con el cabezón del golpe.

El presidente del Gobierno formuló con precisión el requerimiento como medida previa y preceptiva para la aplicación del artículo 155 de la Constitución, pero la idea de que el Gobierno de la Nación negocie con el jefe sedicioso es una idea que repugna a la razón, y es tanto más absurda cuanto que los golpistas sólo admiten dialogar para que el Estado acepte sus exigencias máximas.

Rajoy debería reflexionar sobre la causa de que Ciudadanos se dispare en las encuestas entre 17 y 26 escaños y supere a Podemos, que perdería 15 ó 16. Una ciudadanía cabreada considera que el joven Albert Rivera interpreta como nadie el discurso del Rey que tanto gustó a la peña, por más que fuera aprobado por el Gobierno.

Mariano Rajoy ha elegido como socio a Pedro Sánchez, el de la reforma constitucional. Necesitamos una reforma, pero no la que reclama Sánchez, sino la que devuelva al Estado las competencias educativas con que la Generalidad practica la pederastia emocional e intelectual en su sistema educativo.

A partir de ahí se podría negociar, pero con otros interlocutores, mientras estos rinden cuentas ante la Justicia. De momento, atentos a las medidas cautelares que puedan aplicarse hoy al guardia Trapero (de Emaús) y a los dos Jordis. A ver si hay suerte.