José Antonio Zarzalejos-El Confidencial

Sánchez debe ser coherente con sus propios estándares éticos; con ellos se ha medido a Huerta, a Montón y las circunstancias de su tesis doctoral

“Son horas jodidas y de rabia”, relataba este viernes Juanma Romero en una magnífica crónica en este diario en la que describía el ambiente crispado y tenso que se ha adueñado de Moncloa desde que el pasado lunes se destapó el ‘fake’ del master de la ya exministra Carmen Montón. Ese estado de ánimo enrabietado y políticamente adolescente lo dejó transparentar el propio presidente del Gobierno en la sesión de control del pasado miércoles tras contestar —¡qué torpeza!— una pregunta improvisada de Albert Rivera sobre su tesis doctoral. “¡Os vais a enterar!”, amenazó el presidente a la bancada naranja en versión, verbal y gestual, descrita por Toni Cantó, diputado de Ciudadanos. Luego, la inasistencia del jefe del Gobierno a la sesión parlamentaria del jueves, calificada por las izquierdas de histórica —y lo era— al convalidarse el decreto Ley que permitirá la exhumación de los restos de Franco, dejó entrever que, efectivamente, Pedro Sánchez estaba seriamente tocado, tanto por la dimisión de su amiga y ya exministra de Sanidad, Carmen Montón, como por la perentoria urgencia en la que le había puesto el presidente de Ciudadanos: publicar digitalmente su tesis doctoral largos años depositada en papel en la biblioteca de la Universidad Camilo José Cela.

Lo que ha ocurrido no es una “campaña”, ni una “cortina de humo” para oscurecer los logros gubernamentales —algunos fiascos también, como la clamorosa desautorización a la ministra de Defensa por la venta de armas a Arabia Saudí— sino el resultado de errores del Ejecutivo. La oposición no tiene la culpa de que Carmen Montón, además de copiar parte de su trabajo fin de master, fuese beneficiaria, como Cifuentes y como Casado, de un trato privilegiado. Tuvo que dimitir, pero no sin antes dejar a Sánchez, a Ábalos y a Lastra colgados de la brocha de su apoyo. Cuando, tanto ‘eldiario.es’ como La Sexta, ofrecieron datos concluyentes al respecto, el previo apoyo a Montón resultó especialmente patético. Moncloa no puede responsabilizar a “las derechas” de un asunto que fue destapado por medios que no se adhieren precisamente a ellas, sino que están más cercanas a las izquierdas.

Fue también un error del presidente —nervioso y desencajado— entrar al capote de Rivera contestando una pregunta sobre su tesis que reglamentariamente podía haber omitido. Su respuesta, además, resultó, si no falsa, no enteramente cierta: su tesis doctoral estaba referenciada en el repositorio Teseo pero no su texto, razón por la que en la mañana de este viernes decidió publicarla íntegramente en versión digital. Pero este error se cimentó en otro previo y largamente sostenido: la negativa sospechosa sobre la publicación ‘urbi et orbi’ de su trabajo académico, sobre cuya calidad y autenticidad —además de su calificación “cum laude”— se ha desatado una polémica que perseguirá a Sánchez por más explicaciones que ofrezca. Esta persistencia en la sospecha, justificada o arbitraria, es un elemento idiosincrático de la sociedad española. Sánchez, se supone, lo sabe.

En este contexto, un hombre avezado en adversidades como Sánchez, no debería ni lanzar interjecciones que puedan interpretarse como amenazantes ni amagar con reclamaciones judiciales, aunque tenga derecho a hacer las rectificaciones que crea necesarias (el derecho de rectificación está recogido en una ley y puede hacerse efectivo mediante un breve proceso que terminaría en una decisión judicial). Albert Rivera —al que medios, el PSOE y el PP— atribuyeron “descoloque” tras la moción de censura a Rajoy, se ha limitado a resituarse respecto de Sánchez y de Casado. Al primero le ha enredado con su tesis, posterior al abrupto episodio de Carmen Montón; y al segundo le ha madrugado por partida doble, primero con la foto de Alella retirando con Arrimadas lazos amarillos y después erigiéndose en vigía del presidente ante la manifiesta inferioridad moral del líder del PP involucrado procesalmente en un máster que la jueza de instrucción nº 51 de Madrid considera en la exposición razonada que ha elevado a la Sala Segunda del Supremo fue obtenido perpetrando dos delitos: el de cohecho impropio y el de prevaricación como cooperador necesario. Casado sigue sin dar a conocer sus trabajos y el malestar en Génova es parecido al que existe en Moncloa y comienza a bisbisearse que hay que ir pensando en un plan B en el que jugaría un papel estelar Núñez Feijóo.

Esta persistencia en la sospecha, justificada o arbitraria, es un elemento idiosincrático de la sociedad española. Sánchez, se supone, lo sabe

Por fin, Pedro Sánchez ha de ser coherente con sus propios estándares éticos. Precisamente por establecerlos en un umbral de exigencia alto —lo cual es elogiable— cayeron Huerta y Montón. Y es con esos estándares con los que se está baremando su tesis doctoral, el porcentaje de intertextualidades en que ha incurrido —una jungla en la que hay que tener prudencia en las afirmaciones rotundas— y el calibre académico del tribunal ante el que leyó su trabajo, integrado por profesores contratados, no titulares y sin ningún catedrático. El presidente debe encajar las críticas con la misma receptividad con la que él ha marcado líneas rojas a los demás. Recurrir al manual de crisis con apelaciones rituales a las “cortinas de humo” y las “campañas de desprestigio” suena a amateurismo político y a vieja comunicación política.

Conclusión: hay una diferencia entre “¡Os vais a enterar!” y otra expresión sin signos de interjección: “Estoy dispuesto a que os enteréis”. Lo primero suena mal. Lo segundo era lo esperable de un presidente que generó una expectativa de regeneración ahora frustrada —también por las contradicciones de su gestión— que ingresa la legislatura en la UVI. Una legislatura que debió terminar “cuanto antes” y que ahora se le ha complicado laberínticamente al doctor Sánchez.