Otro año Mariano

ABC 30/12/16
IGNACIO CAMACHO

· En la «democracia de las emociones» hay una que Rajoy maneja con sentido perceptivo: el instinto de estabilidad

EN el bar Mariano, junto al Congreso, brindó Rajoy por su propia supervivencia en el año más difícil y al mismo tiempo más cómodo de su mandato: estuvo en varios momentos más fuera que dentro de La Moncloa, pero logró mantenerse en el poder sin tener que gobernar. En una de sus más notables exhibiciones de funambulismo político, ha cruzado dos veces sin caerse el alambre electoral mientras sus adversarios se precipitaban a un vacío bajo el que esperaban cocodrilos. Tantas veces denostado por su inmovilismo, es el dirigente europeo que mejor balance presenta al final del ejercicio.

El presidente es mucho más que un campeón de mannequin challenge, especialidad en la que desde luego alcanza un virtuoso dominio. Pero ni su habilidad estatuaria ni la autodestrucción de sus rivales bastan para explicar su éxito sin caer en el reduccionismo. La resistencia de Rajoy triunfa gracias a una destreza política escondida bajo su cansino estilo. Su falta de empatía es engañosa; carece de carisma convencional hasta para sus partidarios, pero en la «democracia de las emociones» hay un sentimiento que maneja con intenso sentido perceptivo. Se trata del instinto de estabilidad, despreciado en un debate público sobrecalentado de tensiones rupturistas y saturado de ruido. Esa silenciosa pulsión conservadora de las generaciones maduras de clase media es la que le permite mantenerse de pie, como un tentetieso, en medio de un ambiente crispado y compulsivo; su estrategia de fondo consiste en explotarla apoyado en la potente implantación estructural de su partido.

Frente a la apariencia mediática de un vértigo de cambio, el marianismo ha demostrado que el moderantismo sigue constituyendo en España una mayoría social. Se le han escapado muchos votos jóvenes hacia Ciudadanos, pero esos electores responden a un mismo planteamiento ideológico y a un modelo vital refractario a las turbulencias. Mientras el PSOE perdía pie por alejarse de la centralidad sociológica y dejarse llevar por el aventurerismo, Rajoy ha mantenido la cohesión del PP anclándolo a la propensión estable de las capas burguesas. Esa inclinación natural se ha revelado más decisiva que el malestar por los ajustes o incluso que la repugnancia por la corrupción; el acierto del presidente ha consistido en sobreponerse a las dudas de los suyos y aglutinarlos alrededor de su propia convicción en la apuesta.

Le espera una legislatura difícil, sometida a una incierta correlación de fuerzas. Un desafío de pragmatismo para un líder acostumbrado a manejarse con sus propias certezas. Pero no será peor que la que superó en clara minoría, aferrado a su determinación de permanencia. Lo van a freír, las pasará canutas, perderá votaciones y tendrá que tragarse sapos y afrentas; pero el poder desgasta sobre todo a los que no lo tienen y representa un más que aceptable cobijo para atravesar tormentas.