Patio trasero

DAVID GISTAU-EL MUNDO

TIENE sentido que en la mentalidad de la izquierda operen todavía automatismos que remiten a anacrónicas convenciones del siglo XX. No es fácil renunciar a una hegemonía intelectual como la que la izquierda tuvo el siglo pasado. Es preferible construir un parque temático del intelecto en el que permanecer a salvo de la realidad y de la confrontación con la evolución de las cosas y con la caducidad inherente de las ideas. Ahí se entiende que, sin dejar de creerse lo nuevo y lo moderno, y el movimiento con el que todo ocurría por primera vez, Podemos cohesionara a las gentes de sus mítines con himnos revolucionarios iberoamericanos que ya sonaban anticuados cuando yo jugaba a la botella en los primeros guateques de la adolescencia –idólatras del Che había que los ponían–.

Buena parte de la izquierda española mantiene acerca de Venezuela una visión absolutamente siglo XX. Es decir, ligada a los voluntariados para cortar caña de azúcar en Cuba y a las peregrinaciones salvíficas a la selva Lacandona. Es un pretexto utópico para no romper del todo con aquel siglo en el que fueron jóvenes y dominantes y por el cual vale la pena hacer un ejercicio de abstracción para no ver los veinte muertos diarios baleados en las calles por bandas paramilitares que no te quiero contar cuánto desgarro intelectual habrían provocado de andar sueltas en la Iberoamérica de los espadones fascistas. Los muertos son tan invisibles que aún hay gente que se declara preocupada por la posibilidad de que en Venezuela haya un baño de sangre, como si la sangre no llevara ya meses chapoteando, como si no estuvieran matando a los que protestan, ya estén animados por un ideal de libertad o por una hartura de la miseria.

Observo estos días unas maniobras evasivas respecto del compromiso con Venezuela que no proceden de las sentinas de Podemos, sino del gauchismo divino, y que tratan de aprovechar la vigencia de la mentalidad siglo XX. Se trata de crear, ya que Trump debe repeler a la fuerza haga lo que haga, un relato de golpismo imperialista en el patio trasero que traslade la culpa a los opositores y a las víctimas –convertidos, pese a su tenaz resistencia de diez años, en meros títeres de la CIA– y permita a Maduro encajar anacrónicamente en los antiguos himnos de la hermosa lucha verdadera. Más allá de cuán ignominioso sea este intento de dejar Venezuela en la parte oscura de la conciencia, la elaboración intelectual explica por qué, en el siglo XXI, la izquierda ya no se entera de nada.