Pedro Sánchez, el cerril

EL MUNDO 30/08/16
LUIS MARÍA ANSON

EL DICCIONARIO de la Real Academia Española define así la palabra cerril: «Dicho de una persona: Que se obstina en una actitud o parecer sin admitir trato ni razonamiento». Habrá que convenir que el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, responde exactamente a la definición académica, al margen de que pueda hacer la vista gorda sobre ciertas negociaciones enmascaradas y más flexibles. El líder socialista es un político calcinado que, en las últimas semanas, ha perfeccionado su irresponsabilidad de forma considerable.

Tras las elecciones del 20-D, Sánchez habló abierta y reiteradamente de un Frente Progresista para gobernar España. Eso suponía el acuerdo con el Partido Comunista renovado, es decir, Podemos; con el Partido Comunista clásico, es decir, Izquierda Unida; y con otras agrupaciones de extrema izquierda o antisistema. Eufemismos aparte, se trataba de estructurar lo que siempre se ha llamado Frente Popular, en este caso ampliado.

Se plantaron algunos dirigentes socialistas, encabezados por Felipe González, el político que engrandeció al PSOE. Consideraban, no sin razón, que tras la catástrofe electoral, la alianza propugnada por Sánchez fragilizaría definitivamente al partido socialista. Al líder no le quedó otro remedio que rectificar y entenderse con Ciudadanos, creyendo que, en la sesión de investidura, Podemos le apoyaría. Pablo Iglesias, sin embargo, chasqueado por el rumbo cambiante del dirigente socialista, pensó que la mejor estrategia para Podemos era jugar a unas segundas elecciones y sorpassar en ellas al PSOE, asumiendo como consecuencia la representación de toda la izquierda. Al podemita –y a todas las encuestas, por cierto– le salió mal la operación del sorpasso, a pesar de la alianza electoral con Izquierda Unida.

A partir de ese momento la actitud de Sánchez ha sido completamente cerril. No, no y no. A pesar de haber reducido al PSOE a 85 diputados, el líder socialista se ha permitido gallear mientras exhibía su indolencia por las playas españolas. Debió dimitir el 21 de diciembre. No lo hizo. Debió retirarse el 27 de junio. Tampoco lo hizo. Sabe que hombres y mujeres poderosos juegan contra él en el partido, con el objetivo no disimulado de enanizarle, devolviéndole a casa. Su posibilidad de subsistir radicaba y sigue radicando en convertirse en presidente del Gobierno y juega a fondo esa incierta opción aunque todavía lo haga enmascaradamente. Si no existen cartas ocultas que permitan a Rajoy ganar la votación de investidura, Sánchez, el cerril, habrá conseguido su primer propósito: la derrota del aspirante popular y la posibilidad de explicarle al Rey que él sí reúne las condiciones para alcanzar la mayoría necesaria. Estaríamos ante la pirueta política del siglo pero, en esta ocasión, Iglesias, que le volvió la espalda porque creyó que le favorecerían unas segundas elecciones, podría ahora apoyar a Sánchez y canalizar además los votos de las agrupaciones de extrema izquierda y antisistema.

Lo que ocurre es que el cerrilismo de Sánchez se enfrenta con la habilidad de Rajoy que negocia a tres bandas y presiona por los cuatro costados. Y tampoco se puede obviar la posición de varios barones socialistas que temen por el futuro del PSOE y que consideran a Sánchez capaz de sacrificar al partido con tal de salvar él su situación personal.