ARCADI ESPADA-EL Mundo

Van pasando ejemplares del tipo humano procesionaria para describir la agradable convivencia del 1-O y la manera despiadada que tuvo la Policía de interrumpirla. Comparten algunas características, desde luego. El funcionariado, por ejemplo. En caso de revolución es importante tener las espaldas cubiertas. Es rigurosamente fácil definir el Proceso como una orden que el empresario dio a sus trabajadores y que estos cumplieron disciplinadamente y algunos de mil amores. Ni siquiera perdían las horas de trabajo cuando participaban en los llamados «paros de país». Otra cosa habría sido ir a la huelga. La lengua materna procesionaria es la catalana, lo que es minoritario en Cataluña, pero da prestigio, porque es la lengua institucional y de TV3. En cuanto a las edades hay de dos clases: adolescentes (teniendo en cuenta que esta categoría acaba hoy hacia los 30) y por lo tanto funcionarios a su manera, o semiviejos, doblemente funcionarios algunos por vivir ya de pensión. El núcleo musculado de la edad, el que hace mover el mundo y va de los 35 a la mía, está poco representado. En lo político abunda el antifranquista que dejó morir a Franco en la cama y el izquierdista que, perdidas ya todas las batallas, se enroló en esta a ver si conseguía no morir en la cama. En lo psicológico, la Procesionaria, bien picada, es la carne de cañón que alimenta a los extremos políticos o religiosos, a toda forma de delirio. Está científicamente probado que los niños deben aburrirse para favorecer su crecimiento y maduración; pero el aburrimiento de los adultos es temible.

Los testimonios del día de ayer, del otro y del que vendrá combinan una tesis de fondo y dos grandes momentos. La tesis es catalanísima. Las acusaciones les preguntan sistemáticamente si no sabían que estaban participando en un acto ilegal. La gran mayoría responde que votar no puede ser ilegal. Uno, extraordinario, da en el centro de la diana cuando dice que el referéndum podría ser ilegal («no valdría»), pero votar no lo era. Un hombre, un gran catalán que en realidad está preguntando, señoría: ¿Por qué no nos dejaron seguir con la pantomima?

El primero de los grandes momentos es la descripción de la violencia de la Policía o de la Guardia Civil. A uno lo cogieron por los huevos (testículos dice él) y lo echaron a un lado como un fardo. Y no solo eso, cuando se levantó una mujer policía se le acercó y le pegó un puñetazo en la cara, lo que demuestra lo injusto de la brecha salarial A otro lo cogieron por las orejas. El de más allá vio como le partían un escudo en la espalda a una procesionaria. Todos viven para contarlo, y les ruego que lean esta frase dos veces, si no es molestia, o la próxima pondré un emoticono. El otro gran momento de las descripciones toca a los Mossos. Lo explica mejor que nadie el penúltimo testigo, que votó en un pueblo de Tarragona. El viernes él y otros ya habían tomado posiciones en el colegio. Allí estaban cuando se presentaron dos mossos y levantaron solemne acta. Luego, con gran severidad les dijeron:

—El domingo este colegio tiene que estar cerrado.

—No, señor, no lo estará porque el domingo hay referéndum.

Los Mossos se marcharon. El domingo, a las cinco de la mañana, el testigo ya estaba allí con otros cientos de vecinos.

—Para hacer el referéndum, claro.

Habían empezado las votaciones cuando se presentaron dos monomios.

—Déjennos pasar que tenemos que llevarnos las urnas.

—No, no se puede pasar, porque se está votando.

Y los Mossos se marcharon, y todo fue como la seda, va diciendo el testigo. A él y a otros como él los han traído las defensas para que se evidencie lo que es un acto civilizado y lo que no. Pero este juicio va acabar sancionando, y empeño mi alta palabra de cronista, en qué circunstancias extraordinarias como coger de los cojones a alguien es un profundo acto de civilización.