VICENTE DE LA QUINTANA DÍEZ-EL MUNDO

El autor refuta la tesis que sitúa al presidente del Gobierno en el centro del espectro político. Sostiene que desde 2003 el PSOE ha negociado con formaciones soberanistas el Estado.

«LA PALABRA SE ha dado al hombre para que pueda encubrir su pensamiento». Una de las muchas citas que esmaltan el cínico repertorio de Talleyrand. Sobrevivir en el poder a tres regímenes sucesivos e incompatibles acredita que, en política, hasta los cojos dan volatines. Hoy, las negociaciones postelectorales propician las piruetas. Talleyrand nos recuerda: desde que el arte de lo posible comenzó a practicarse, las palabras han velado las intenciones.

Al conocerse que el Gobierno cedía a la exigencia secesionista de mediación aceptando un relator, Emiliano García-Page, presidente de la Junta de Castilla-La Mancha, dijo: «No se puede alimentar a parte de la sociedad catalana que ha creído que es posible un referéndum de autodeterminación». Y reclamó la convocatoria de un consejo de política federal, porque tenía «muchas ganas» de decir lo que pensaba «con claridad».

No hubo nada. El consejo no se celebró, Carmen Calvo conminó y Page matizó: «El único problema es que cuando hablamos de estos problemas (sic) que afectan a todos los españoles, y ya no digamos, en términos electorales, a los alcaldes y presidentes que nos presentamos a las elecciones dentro de unos meses, todos queremos estar al tanto, lógicamente, y opinar».

Pasados esos meses y celebradas las elecciones, «ya no decimos» lo que decíamos. García-Page, entrevistado en este diario, concedía el siguiente titular de portada: «Los separatistas deben perder la esperanza esta legislatura». Y pronosticaba: «O los independentistas se pliegan a Sánchez o será implacable con ellos».

Dadas las «muchas ganas» del señor García-Page de comunicar a su secretario general todo lo que pensaba «con claridad», es de suponer que lo habrá hecho en privado y que habrá obtenido una respuesta implacablemente comprometida con la unidad nacional. Pero, siendo el secretario general del PSOE el presidente del Gobierno de España, los españoles agradecerían que se les notificasen públicamente las razones que han tranquilizado tanto la conciencia patriótica del señor García-Page.

Porque lo cierto es que el mismo día en que la portada de este diario reproducía el lasciate ogni speranza dedicado a los «separatistas», en sus páginas interiores se titulaba así otra noticia: «Los empresarios catalanes piden más autogobierno y Sánchez se escabulle. Obvia el problema catalán y centra su discurso en la necesidad de ‘cambiar el mundo’». La información detallaba: «Su jefe de gabinete, Iván Redondo, le hacía gestos con el pulgar hacia arriba mientras él sorprendía al auditorio».

Concederá el señor García-Page que todo resulta un poco extraño y nada «implacable». Mientras él anuncia que Sánchez enviará al infierno (de Dante) a los separatistas, el encargado de ejecutar la sentencia evita cualquier alusión al tema en Sitges. Tal vez no sea tan extraño, sino parte de la divina comedia del PSOE. El españolismo demoscópico de las baronías es un fenómeno recurrente. Cada vez que el PSOE estrecha su sociedad con el nacionalismo, se reproducen los amagos baroniles sin mayor consecuencia que el aplauso de alguna derecha, devota del retorno de un PSOE como el de antes.

De hecho, con ocasión de la crisis del relator, las declaraciones de Felipe González podían haber suplido el manifiesto de Colón: «No encuentro sentido a esa estrategia, salvo que se pretenda degradar institucionalmente, lo cual es muy peligroso para el funcionamiento de la democracia, el valor del Parlamento en Cataluña y en el conjunto del Estado».

Pronto callaron esas voces y todo el PSOE asumía el discurso que mantiene hasta hoy: Sánchez como víctima de un extremismo de signo secesionista y otro infectado de derechismo radical. El éxito de la fórmula invita a examinar su consistencia: ¿habita Sánchez en la centralidad sólo porque lo diga?

Raymond Aron, en Democracia y revolución, da una pista para identificar líderes moderados: «Es necesario –y esencial– que los dirigentes, los líderes del juego, acepten las reglas, lo cual depende de múltiples variables, entre las que la más importante es el prestigio que otorgan a dichas reglas».

La Constitución, la regla de reglas, es una buena piedra de toque para medir la sinceridad de cualquier moderación. Y tiene poco de moderado el que centra todo el juego político en un córner del campo constitucional durante más de quince años y los consume discutiendo el reglamento.

Es lo que lleva haciendo el PSOE desde 2003: asociarse con formaciones soberanistas para producir cambios fundamentales en el modelo negociando la superación del Estado autonómico. Negociando el Estado, no la estabilidad parlamentaria de un gobierno. Esa era la lógica del Pacto del Tinell al señalar como contrapartida para apoyar «un cambio de Gobierno a nivel estatal (…) el establecimiento de un marco legal donde se reconozca y desarrolle el carácter plurinacional, pluricultural y plurilingüístico del Estado».

Ese guion se ha venido manteniendo. El 40 aniversario de la Constitución se celebró con un Ejecutivo sostenido por bolivarianos y secesionistas, definidos por ministros del Gobierno como «fuerzas constitucionales». La calificación gubernamental tenía lugar poco después de que tres de esos socios, (PNV, Bildu y Podemos), impulsaran en el Parlamento vasco una declaración institucional según la cual «la Constitución defiende la unidad de España mediante la imposición» y construye el Estado «desde una base antidemocrática e históricamente falsa». Si el PSOE ve ahí «partidos constitucionales» es porque reparte calificativos en función de un oportunismo daltónico: la constitucionalidad de los demás es proporcional al apoyo que le presten.

Toda su trayectoria revela que Sánchez, en el mejor de los casos, carece de plan para España y, sencillamente, se deja arrastrar por los acontecimientos y las compañías si apuntalan su poder. En el peor, sí hay plan y está sugerido en la «declaración de Barcelona»: la transformación del modelo autonómico que culmine «en una profunda reforma federal, para (…) el mejor reconocimiento de la realidad plurinacional de nuestro país».

En todo caso, ahora toca fingir incomodidad con el secesionismo y resituarse. La oposición al sanchismo se enfrenta a una moderación impostada. Sánchez central es una coartada para inducir el desistimiento del adversario y ampliar la zona por donde se prohíbe circular emitiendo malos humos.

SE PROCURARÁ fabricar un clima de distensión artificial. Aliándose con el deseo de pasar página que sobreviene tras la fase aguda de toda crisis. «He observado –escribía en 1800 Pauline de Tourzel– que en los tiempos de revolución ha habido siempre momentos de calma después de las grandes tempestades, y esto es precisamente lo que engaña a los que se ven sorprendidos por esta crisis. Si las revoluciones se desarrollasen sin discontinuidad, la gente se pondría en pie para resistir, y quizá acabaría por triunfar. Pero como la corriente se remansa cuando ha arrastrado los primeros diques, uno se deja llevar por la esperanza de que todo ha acabado, y por temor de ver turbada esta calma relativa de que se goza deliciosamente, van omitiéndose las precauciones necesarias».

El llamado proceso de paz sugiere un curso posible del procés. Cuando muchos se escandalizan por las revelaciones de las actas de negociación con ETA, cabe decir: nada nuevo bajo el sol. El triángulo de Loiola de I. Murua se publicó en 2010 traducido al castellano con ayuda del Gobierno Vasco. Puede consultarse desde hace nueve años para mayores precisiones sobre cómo se aceptó negociar Navarra en 2006. En una penumbra basilical. Con el brazo político de una banda terrorista. Mientras cundían los desmentidos, PSE, PNV y una Batasuna ilegalizada acordaban, en paralelo a la negociación con ETA, un borrador comprometiéndose «a promover la creación de un órgano institucional común para los cuatro territorios».

Entonces en Loyola, como ahora en Pedralbes, se «degradaban las instituciones» remitiendo a una mesa de partidos lo que solo puede abordar un Parlamento y sancionar el conjunto de la soberanía nacional. Entonces, como ahora, las palabras velaron los propósitos y los actos.

Vicente de la Quintana Díez es consultor político.