ARCADI ESPADA-EL MUNDO

ARDO en deseos de que Ferran Mascarell, el actual embajador catalunyense en Madrid, deje su cargo y sea el candidato a la alcaldía de Barcelona por el partido o la cosa que gobierna la Ex Generalidad. Tengo por él un afecto antiguo y sé que la ilusión de su vida ha sido y es ser alcalde de su ciudad. Por ella, y viendo que no se cumplía la lógica hereditaria natural, que era la de haber sustituido a Pasqual Maragall en la alcaldía, se dejó enloquecer paulatinamente hasta que un amanecer, en la raya final de uno de sus herméticos insomnios, decidió abrazar la causa independentista. Aunque confieso que no solo por afecto lo deseo. Tengo también un anhelo tan estético que se confunde con lo ético. Si Mascarell logra ser el candidato habrá cuatro exsocialistas, ¡cuatro!, compitiendo por la alcaldía: Mascarell, Ernest Maragall, Manuel Valls y Jaume Collboni. Adjudico a este último la condición de ex porque parece altamente probable que tras los resultados que obtenga en Barcelona, el Partido Socialista entre en fase de liquidación como, justamente, ha sucedido en Francia.

Por desgracia, la política no se rige por los mismos criterios que la tauromaquia y el honor ocupa un lugar marginal en la toma de decisiones. Pero cualquier socialista catalán que observara el paisaje, el propio y doliente Collboni sin ir más lejos, solo podría llegar a conclusiones extremaunciadas: el que menos posibilidades electorales tiene de los cuatro candidatos es el único que continúa militando en el Partido Socialista. De ahí que antes de que las urnas sean las que dicten sentencia es probable que el Psc se sentencie a sí mismo y pida acogerse bajo las generosas ubres de la podemia barcelonesa, formando una suerte de agrupación electoral que entibie su paso al frío reino del Hades. Es verdad que para un socialista barcelonés es durísimo acabar con Ada Colau cuando se viene de Pasqual Maragall. Pero también es sabido que Miquel Iceta cualquier nobleza ablanda.

La anécdota barcelonesa ilumina parte del último viaje del socialismo, asaltado y secuestrado por las políticas de identidad. No cabe hacerse ilusiones sobre el destino de los despojados. De los exsocialistas solo Valls ha elegido un camino político al margen de la peste. Ha sido cierto y fatal que como previó el difunto Montalbán «la lucha final será entre comunistas y excomunistas». Pero ni siquiera su atroz pesimismo pudo prever que, básicamente, fuera una lucha entre cadáveres.