DAVID GISTAU-EL MUNDO

NO ESTOY seguro de que la mejor manera de que el público lo perciba a uno como un ganador sea andar por ahí insistiendo en la propia insuficiencia. Esto puede ocurrirle a Pablo Casado, que viene de dejarse barba para acortar los plazos de maduración hacia la condición plena de lobo de mar, con ese producto llamado España Suma que vende puerta a puerta pero no le compran ni en su propio partido y que despierta un entusiasmo descriptible. Se está poniendo tan reiterativo que habrá que vigilar por la mirilla cuando suena el timbre con el mismo temor que a los testigos de Jehová.

La insuficiencia del PP, antaño gran partido aglutinador de su propio ecosistema, es, por otra parte, evidente. Pero, para empezar a repararla, tal vez sería más indicado que el heredero de semejante maquinaria de poder venida a menos no se comportara como quien intenta juntar pandilla en el patio porque no se atreve a encarar solo a un político más fuerte. O que prefiere diluir en una papilla de siglas pasadas por la batidora el espacio patrimonial perdido que no se siente capaz de reconquistar. Por comparación, logrará que los líderes que le rechazan el invento parezcan más llenos de resolución, más confiados en sí mismos. Porque, más allá de las injusticias de la ley electoral, ningún presidente del PP había presentado una doctrina basada en la debilidad, ya interiorizada como definitiva, de su partido. Los tiempos han cambiado pero no hace falta rendirse así a ellos. El PSOE no lo hace.

A veces surgen esfuerzos involuntarios por hacer pasar a Pedro Sánchez por un político gigantesco. Éste es uno de esos casos. Ante él, añadiendo una confesión implícita de que el PP no puede derrotarlo, Casado pide una alianza tribal como la de Vercingétorix contra César. Y, tal es el miedo, propone la alienación de tres partidos que no son iguales, que de hecho traen idearios muy distintos en todo lo que no sea el natural rechazo a los enjuagues de Sánchez con el nacionalismo. Religión, economía, europeísmo, moral, costumbres… Tantas y tantas diferencias de visión en las que un electorado también debe reparar para decidir su voto. Pero que Casado quiere anular, por culpa del lastre psicológico del derrotado de antemano, hasta cuajar el más primario país bipolar. Que, por cierto, es el que conviene a Sánchez y a las mendaces arengas antifascistas –el trifachito– que son el único catalizador de su voto.