ABC-JON JUARISTI

Neil Postman previó, con sorprendente exactitud, el mundo de la desinformación y la postverdad

TERMINABA mi columna del pasado domingo con una cita de Neil Postman. El jueves me trajo el correo la flamante edición de su obra más famosa, Tecnópolis, publicada por El Salmón, una de las pequeñas editoriales españolas más interesantes de este momento terminal de la civilización del libro. El Salmón se está abriendo paso con imaginación y buen criterio, en medio de la agonía del papel, rescatando autores y títulos que, si bien fueron ya editados hace décadas en nuestro país, no son de fácil localización ni aún en las librerías de viejo: raros del tiempo presente, aunque nunca olvidados, como Simon Leys o el propio Postman. Lo que no le impide dar a conocer a otros menos difundidos, como Piergiorgio Bellocchio o Bernard Charbonneau, siempre en una perspectiva antitotalitaria.

Postman era la gran figura intelectual de la Universidad de Nueva York cuando, hace veinte años, fui por un curso profesor de la misma. Asistí a algunas de sus conferencias y descubrí su magnífico ensayo Amusing Ourselves to Death (título que valdría por «Divirtiéndonos a muerte», y no por Divertirse

hasta morir, como se tradujo en España). En fin, Postman era también el más conocido de los discípulos de Marshall McLuhan. A mi juicio, McLuhan fue uno de los grandes pensadores del siglo XX, y que Umberto Eco le negara tal condición por supuesta falta de ilación lógica en su discurso reforzó mis

convicciones al respecto. Mc Luhan se movía entre el aforismo y el ensayo como un Sócrates que transitara desde la Galaxia Gutenberg a la Marconi y más allá. No le sobraron seguidores porque no era de izquierdas como Eco, así que este lo trató con una cicatería que entraba en contradicción con su propia teoría de la «obra abierta», aquella que requiere la cooperación creativa del lector para construir su sentido. Pero McLuhan tuvo dos excepcionales lectores que completaron su obra y dieron continuidad a su pensamiento, el jesuita Walter Jackson Ong y Neil Postman.

En Tecnópolis, Postman recupera al Platón del Fedro, para, pasándolo a través del prisma de McLuhan, advertir que si la escritura cambió lo que «verdad» y «ley» significaban en las culturas puramente orales, la imprenta lo cambió de nuevo y la televisión y los ordenadores lo han hecho de una forma mucho más radical. Como McLuhan y Ong, Postman estuvo lejos de la nostalgia pastoril, pero tampoco se engañaba acerca de los riesgos de las nuevas tecnologías: «Es innegable –escribió– que el ordenador ha aumentado el poder de las organizaciones a gran escala, como las fuerzas armadas, las compañías aéreas, los bancos o las agencias tributarias. Y resulta asimismo evidente que el ordenador es a día de hoy imprescindible para investigadores punteros en física y otras ciencias naturales. Pero, ¿hasta qué punto ha supuesto el ordenador un avance para el resto de la gente (…)? Ahora las instituciones más poderosas tienen más sencillo acceder a su información personal, son más fáciles de monitorizar y controlar, padecen más registros (…). El correo basura los inunda. Son un blanco fácil para agencias de publicidad y organizaciones políticas. Las escuelas se dedican a enseñarles a sus hijos cómo operar con sistemas informáticos en vez de enseñarles cosas que serían más valiosas para ellos. En una palabra: los perdedores no obtienen prácticamente nada de lo que necesitan y precisamente por eso son los perdedores». En 1992, en Tecnópolis, Postman describía un preocupante escenario futuro que ya es el nuestro, el del jaqueo generalizado, la desinformación y la posverdad. Acaso sea esta la cita más larga de un autor que me ha permitido hacer en una columna, pero creo que Neil Postman lo merecía.