LUIS DEL VAL – ABC

· El anonimato es un buen lugar para el resentido. En los años de plomo y sangre, en el País Vasco, estoy seguro de que muchos de los que servían de cómplices a los asesinos, proporcionándoles información de los que luego serían asesinados, hubo mucho resentido envuelto.

Afirmaba Gregorio Marañón, en uno de los prólogos a su magnífica biografía de Tiberio, que le extrañaba que el resentimiento no figurara entre los pecados capitales, porque el resentido es cierto que alberga ira, y envidia, y posee una soterrada y humillada soberbia, pero es distinto. A mi modesto parecer es diferente incluso de su casi homónimo, el rencoroso, porque el rencor suele tener un objetivo específico, mientras que el resentimiento envenena de tal manera el alma o el pensamiento que su objetivo se diluye en una especie de causa general.

«Tiberio, historia de un resentimiento» fue una obra que me deslumbró en mi juventud, y que me hizo emparentar al magnífico médico e historiador con otro de mis ídolos de las biografías, Stefan Zweig, porque ambos no se limitan a enumerar hechos y acontecimientos, sino que hurgan en el pensamiento de los protagonistas, y nos los acercan, y nos los humanizan, algo que muchos historiadores olvidan por desgracia.

La etiología del resentimiento puede ser muy variada: una madre o un padre castrante y autoritario, un ambiente escolar donde se sufrió alguna humillación, un desaire público, un desamor íntimo, incluso en los varones un gatillazo bochornoso. Que nadie piense que para que nazca un resentido son necesarias circunstancias muy especiales, de la misma manera que no es precisa una persecución encarnizada para que nos salga un tipo con manía persecutoria. Casi podríamos decir que el resentido nace, que está en su interior de una manera latente, y para desarrollarse y convertirse en un resentido de provecho lo único que necesita es un efugio, aunque sea simple.

No hay un retrato robot del resentido como no lo hay del envidioso o del avariento, pero no suele ser un personaje social, contador de anécdotas y rodeado de amigos, amante de la comida y la bebida, sino que suele ser celoso de su intimidad, aunque sea un hombre público, y, en ese caso, se mostrará bajo los focos emotivo y cariñoso, incluso osado para esconder su instinto de venganza universal, y una timidez que habrá sabido vencer con inteligencia y constancia. El resentido tiene buena memoria –jamás olvida un agravio– y una capacidad para convertir cualquier favor que le hagan en un intento de escarnio. El muy mentado conde Romanones, cuando su secretario le contaba que algún personaje había hablado de él de manera malediciente, se mostraba enormemente sorprendido, y solía comentar en voz alta: «Es extraño, muy extraño, porque a X. no recuerdo haberle hecho nunca ningún favor».

Cuenta Eslava Galán en «Una historia de la guerra civil que no le va a gustar a nadie», el episodio de un cura al que los milicianos quieren fusilar, pero el alcalde comunista le libra de esa persecución, y le salva la vida escondiéndole en su casa. Cuando las tropas de Franco entran en el pueblo, detienen al alcalde, liberan al cura, y le piden una lista de los rojos del pueblo. El sacerdote redacta una lista, encabezada por el comunista que le libró de morir. He elegido este ejemplo atroz porque el resentido puede ser creyente, ateo, catedrático de universidad o un simple portero, que sabrá denunciar al vecino al que le ha dicho buenos días servil y obsequiosamente, durante meses, porque el vecino, en esos terribles años de ruindad, cometió el pecado de ir a misa los domingos y leer el ABC.

El anonimato es un buen lugar para el resentido. En los años de plomo y sangre, en el País Vasco, estoy seguro de que muchos de los que apuntaban idas y venidas, y servían de cómplices a los asesinos, proporcionándoles información de los que luego serían asesinados con un tiro en la nuca o reventarían con la bomba puesta bajo su coche, hubo mucho resentido envuelto, eso sí, en las banderas del nacionalismo, porque el resentido, como cualquier cómplice de actos criminales, necesita una bandera, un ideal, una excusa, que le sirva de apoyo en su causa general contra la sociedad, que le ha causado tantos enojos, tantas frustraciones.

La madurez consiste en un aprendizaje a superar los fracasos y los errores. Asumir las frustraciones es el único camino para llegar a la madurez intelectual. Y, cuando ya hemos admitido que no seremos un Premio Nobel, ni el chico más seductor de la ciudad, ni el más gracioso de la cuadrilla, ni el campeón de tenis, ni el director general de la gran empresa, es decir, cuando hemos admitido nuestras limitaciones, estamos en condiciones de comprender las limitaciones de los demás, incluso perdonarlas. El resentido, no. Necesita vengarse de esa gran conspiración que le ha tenido preterido en los estudios, en el trabajo y en la sociedad. Y si para ello hace falta poner en riesgo a la misma sociedad, lo hará con alegría, esta vez con la bandera del idealismo y de la revolución. Y tranquilo de conciencia, porque una sociedad que hasta ahora no le ha permitido ser presidente de Gobierno, es una sociedad podrida que conviene destruir para construir una mejor y a la medida.

Ya mí no me asustan los resentidos, más o menos notables, más o menos conocidos o previsibles. Lo que me produce un inmenso miedo es el aumento de su número, comprobar, día a día, en los gremios, en la escalera, en la universidad y en los talleres, en la política y en la calle, el aumento del resentimiento. Escuchar, por ejemplo, a alguien que explica su posición política, no sobre la base de sus creencias o su pensamiento, sino nacida del odio a algún partido, lo que lleva a un gran número de personas, no a votar a favor de algo o de alguien, sino que emplea el voto para perjudicar a quien odia. Entre esa masa que aplaude a la ultraderechista Marine Le Pen, entre esos millones de votantes que han aupado al poder a un personaje como Trump, entre esos centenares de miles de ciudadanos británicos que votaron a favor del disparate de ese Brexit, que ya les está pasando factura, tiene que existir un alto porcentaje de resentidos. Y es inútil buscar las causas. Ellos no tuvieron una madre autoritaria como Tiberio, ni sufrieron el destierro a los cuatro años. A ellos no les suspendieron en el ingreso en la Escuela de Marina, y tuvieron que ir al Ejército de Tierra, como le sucedió a Franco.

Y todos esos millones de personas tampoco sufrieron por no ser admitidos en los estudios de las Bellas Artes, como le sucedió a Adolf Hitler. La humillación que sufrieron es una de las muchas y cotidianas que todos los seres humanos hem 0os soportado y hemos superado. La diferencia es que en ellos ha producido un enorme y feroz resentimiento, al que Miguel Miura, que vivió la Guerra Civil, llamaba la caja de caudales de la maldad. Y son esos a los que les molesta desde la socialización del automóvil hasta la socialización de los viajes, y ahí están protestando de cualquier atisbo de prosperidad, aprovechando cualquier resquicio para poder vengarse de todo y de todos, enarbolando el totalitarismo de izquierdas, de derechas o secesionista. Da igual, porque el objetivo es calmar su inagotable sed, su negro pozo de resentimiento, que ni siquiera se alivia llevando la amargura a los demás.