Tiempos de Miguel Ángel

IÑAKI ARTETA – LIBERTAD DIGITAL – 08/07/17

Iñaki Arteta

Iñaki Arteta

· Nos saltó por los aires la esperanza de aquellos días en los que muchos imaginábamos un futuro de derrota y humillación para los que con tanto desdén repartieron dolor.

Ahora que nos enteramos casi al minuto de que un conductor ha utilizado su vehículo para asesinar a gente al azar por las calles de cualquier capital del mundo occidental, los terroristas nos aparecen como desdibujados, anónimos ciudadanos que comprarán en cualquiera de nuestros barrios, que tendrán aspecto y vida más o menos normal, con su ideología fanática tan interiorizada que ni la notamos.

Y también es ahora cuando cuesta tomarse la molestia de recordar, por ejemplo, que hace tan solo 20 años, en esta parte del sur de la Europa civilizada, unos jóvenes que habían estudiado en nuestros colegios, hablaban nuestro idioma, compraban en las tiendas de nuestros barrios, veían la misma televisión que nosotros y jugaban al fútbol en la calle como nosotros, practicaban el terrorismo sin que muchos lo llamaran así porque se usaba más lo de lucha armada o acciones.

Esos jóvenes tenían padres y amigos a los que les parecía una heroicidad que hicieran lo que hacían, comprendiendo, defendiendo o justificando en público lo que en tantos telediarios o informativos radiofónicos nos interrumpía la comida: asesinatos con disparos, bombas en coches o motos, gente muerta o destrozada en nuestras calles, personas que a lo mejor eran de aquí o no, con nombres que no nos decían nada, policías o desconocidos ciudadanos asesinados, como el de aquel día de julio, por ejemplo, un jovencito indefenso de un pequeño pueblo que fue secuestrado durante unos días con el único propósito de torturarle y matarle sin ninguna piedad.

Nos avisaban así a todos los demás, advirtiéndonos de su final con mensajes de odio que eran comprendidos por un buen número de conciudadanos nuestros que compartían con los asesinos que había razones que no eran un Dios o el Occidente, pero sí igual de trascendentes o más, razones más que suficientes para asesinar y violentar la calma de una sociedad que pretendía vivir en paz. Pensamos que la democracia era una buena manera de vivir pero está claro que no puso en práctica los recursos para defenderse a sí misma porque le venció, nos venció, el miedo o le fallaron, nos fallaron, los principios, el coraje.

Y es ahora, pasados los años o por eso mismo, que seguimos obligados a compartir espacios con los que ni todo ese tiempo les ha servido para considerar que tantos días terribles, tanto matar, tanta maldad premeditada fueron únicamente producto de la más extrema vileza. Fue entonces cuando nos saltó por los aires la esperanza de aquellos días en los que muchos imaginábamos un futuro de derrota y humillación para los que con tanto desdén repartieron dolor, de victoria por aplastamiento de sus planes totalitarios, de justicia para los muertos, de desaparición de aquella pesadilla que sobrepasó nuestras expectativas.

Porque nada de aquello fue para vivir mejor, ni para la convivencia ni para la igualdad o el progreso, y ahora es cuando lamentamos que aquella experiencia no tuviera unas consecuencias más duraderas en nuestra conciencia de sociedad, que no fuera la experiencia definitiva acerca del bien y del mal, un aborrecimiento sin fisuras de las causas del asesinato político y un destierro absoluto de sus defensores. No supimos cómo derrotarlos aunque tuvimos la confianza inconsciente de que iríamos poniendo las cosas en su sitio por eso de que la verdad termina imponiéndose y los buenos son capaces de ganar al final o por lo menos de liderar el relato.

Ahora queda la duda de si hemos hecho lo suficiente para defender y reivindicar la verdad y la dignidad de la vida de los muertos, el miedo de los perseguidos, la lucha de los más atrevidos, el sufrimiento y la humillación de tantos. ¿Estábamos o no estábamos aquella mañana, aquella tarde, en la calle rodeados de tantísimos otros, gritando por lo obvio, por lo que llevábamos treinta años sin atrevernos a gritar? ¿estaban o no estaban los culpables y sus cómplices en la otra acera disculpando aquel y los más de 700 asesinatos anteriores, apuntándonos a los demás como culpables de su decisión de matar? A cambio de derrota total los tenemos confundidos con el paisaje de calles y farolas, entre la gente de los bares y supermercados, aparentemente vulgares e inocentes pero excolaboradores necesarios, implicados con la causa, participantes en aquellas tramas horribles y junto a otros cuyo necesario y complementario papel fue el de sibilinos cómplices, condescendientes y compresivos recogedores de nueces, que amagaban de vez en cuando con políticas rompedoras, ibarrechianos planes independentistas, estridentes y estresantes, que pretendían jugar con nosotros, probando hasta qué punto soportaríamos su sometimiento.

Hoy, esos mismos, aprovechan el cúmulo de páginas de periódicos que hemos tirado a la basura desde entonces para que no nos parezca extraño que se postulen como profesores de la paz en países lejanos intentando que todos los que fuimos testigos olvidemos cómo quisieron aprovecharse de aquel momento, los días de Miguel Ángel, para acercarse a la trama asesina por si era la salida más interesante para lograr lo suyo.

Favorecidos por el paso del tiempo y la tendencia olvidadiza o la falta de una educación favorable a la verdad de los hechos, disimulan como si trabajaran por nuestra felicidad diciéndonos que ya terminó, que hubo cosas que hicieron daño a unos cuantos, pero que otros muchos también sufrieron y que como todo ha sido sufrimiento repartido en paquetes iguales pues es mejor no liarla y hacer borrón y cuenta nueva, que ya se encargarán ellos de elaborar el discurso y el itinerario justo de nuestra memoria. Que habrá muchos relatos, pero hay que saber que la auténtica realidad de nuestra historia se esconde detrás de ese cuadro, del Guernica, que lo pintó un malagueño pero es la piedra angular de nuestra gran mentira propagada por el mundo, la que esconde únicamente, he dicho únicamente, mentira y miseria moral y que nos obliga a aceptar entre nosotros, ocupando lugares visibles en nuestra sociedad a quienes proclamaron o entendieron que el horror y la patria pueden estar por encima de la libertad y la vida.

En julio de 1997 Iñaki Arteta trabajaba como fotógrafo en el Gabinete de Prensa de la Diputación Foral de Vizcaya. Posteriormente ha dirigido películas y documentales sobre las víctimas del terrorismo como Trece entre mil1980 o Contra la impunidad.