Santiago González-EL MUNDO

El comunicado de dimisión de Alberto Pozas, director general de Información, me ha recordado los consejos que sobre el periodismo daba Hildy Johnson al becario Rudy Keppler en Primera Plana: «Nunca termines una frase con una preposición, nunca te fíes de un colega y nunca te encierres con Bensinger en los lavabos». Comenzar con un gerundio: «Abusando de la generosidad de Miguel Ángel Oliver…» es un contradiós para un periodista con acreditado dominio de la sintaxis.

Porque Alberto Pozas es un buen periodista. Todos los colegas que han tratado con él coinciden en destacar su profesionalidad y su fiabilidad. Es autor de un libro magnífico, Conversaciones secretas Gobierno-ETA, uno de los mejores junto a la copiosa obra de Florencio Domínguez y El triángulo de Loiola, de Imanol Murua.

«Estoy siendo utilizado para atacar al Gobierno y al presidente», dice en un comunicado. No digo que no, pero no es el caso. El doctor Sánchez ha hecho méritos sobrados empezando por el plagio de su tesis. Él dijo en la moción de censura (1 de junio) que «ministros en Alemania que han plagiado una tesis han tenido que dimitir». Interpelado después por Albert Rivera, mintió al Congreso que su tesis era pública y estaba accesible en la base de datos Teseo. En una vuelta de tuerca más, hizo mentir a la Presidencia del Gobierno en documento con membrete y sello, que había aplicado un test antiplagio a su fraude y que su tesis era guay y él mismo, inocente. Baste otro ejemplo: el apoyo de los batasunos a la convalidación de los decretos, tenazmente impetrado, para soltar a la portavoz Celaá al día siguiente de los insultos de Arzuaga a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que EH Bildu aún debe pedir perdón por los crímenes de ETA. Los aludidos respondieron que ellos no han creado ninguna organización armada y en eso no les falta razón: ellos fueron creados por la banda terrorista y se dedicaron a apoyarla. Nunca hubo alarde de cinismo comparable en un portavoz del Gobierno.

Alberto Pozas debería defender su inocencia, no la de su principal mandante. Él recibe en Interviú la información del móvil de Dina Bousselhad, entonces asistente y dama de corazones en el interregno sentimental de Pablo Iglesias. Por las razones que fueren, decide no publicarlo y se lo entrega al comisario Villarejo, que entonces estaba aún en activo. (No se jubiló hasta el 4 de agosto de 2016). Hasta donde sabemos no es justo que él dimita y siga en su ministerio Lola Delgado después de conocerse las conversaciones impropias mantenidas con Villarejo en presencia de su amigo Garzón. Es verdad que aún era comisario, pero alardeó ante la fiscal de chantajear a sus víctimas cuadrándoles una coima, una Christine Keeler de andar por casa. Y la fiscal Delgado aplaudía mientras llamaba «maricón» a un actual compañero de Gabinete, no diré quién.

Cabe decir de Sánchez, ya lo tengo escrito, que todo lo que toca lo emputece y cuando un tipo con la profesionalidad de Pozas cae en sus dominios cabe aplicarle el juicio de Philip Marlowe ante el rescate del chófer de los Sternwood en El sueño eterno: «No tenía las relaciones adecuadas», eso es todo. O casi. Mala suerte que Pozas, uno de los rarísimos aciertos de casting de este tiempo, se haya ido a encontrar con el presidente Sánchez, o lo que es lo mismo, a tropezar con un gerundio.