Un ‘mosso’ se encuentra con el Cándido de Voltaire

DAVID GISTAU-EL MUNDO

El tránsito de la infancia a la condición adulta pasa en gran parte por la brutal pérdida de creencias mágicas que dan mucho ‘gustirrinín’. El afán de conservarlas intactas más allá de una edad razonable lo convierte a uno en un habitante de Nunca Jamás, y me refiero al síndrome,…

…no al país de Peter Pan. Estas son fechas apropiadas para pensar en ello. Sobre todo quienes tienen hijos en una edad fronteriza, respecto de los cuales hay que decidir si se les mantiene un rato más en la ignorancia feliz o si se les desenmascara las fantasías para empujarlos a la madurez de la inteligencia con una violencia filosófica de naturaleza panglossiana. Personalmente, iba a decantarme por proteger, un año más, el recinto mental de Nunca Jamás. Pero empiezo a dudar después de lo que me replicaron cuando expresé quejas por los excesos presupuestarios de la partida destinada a Laponia: «A ti qué más te da, no tienes que pagarlo, lo trae gratis un elfo».

Es un razonamiento parecido al que hizo Carmen Calvo acerca del dinero público, que estaría ahí, a disposición, inagotable, por efecto de la magia, porque un elfo lo deja todas las mañanas en los ministerios. He aquí la socialdemocracia proveedora y su Estado de Nunca Jamás.

Uno de los rasgos distintivos de la sociedad contemporánea es su infantilismo. Se aprecia en la expectativa de que un ente adulto –el Estado– te resuelva la vida en todos los sentidos, en el encaje que aún encuentran los curanderos utópicos y en la importancia que han cobrado el egoísmo, el imperativo sentimental y el capricho. El niño hispano de Astérix conteniendo la respiración porque no le conceden el antojo.

En este contexto, siento una profunda admiración por el miembro de los Mossos al que ha hecho famoso el 21-D simplemente por ejercer sin contemplaciones, ante una masa infantilizada y utópica, su hermosa condición de adulto. «¡Qué república ni qué collons. La república no existe, idiota!». Y podría haber agregado que los Reyes son los padres porque su interlocutor, a pesar de haber trascendido ya todas las fronteras de la inteligencia madura, parecía necesitar también esa información, tan hondo era su ensimismamiento en lo idealizado.

A ese miembro de los Mossos habría, primero, que dejarlo un rato a solas con los niños para que hable con ellos de los elfos. Y con Carmen Calvo. Y, después, llevarlo siempre encima, para que nos diga collons e idiota cada vez que corramos el riesgo de desviar energía hacia una de esas creencias imposibles de las que sabemos, desde Ortega, que sólo conducen a la melancolía. A ese miembro de los Mossos habría que meterlo en el Parlamento para que llene el Hemiciclo de collons cada vez que tome la palabra un orador de los que hacen promesas redentoras e imposibles que sólo cuelan por culpa de la edad mental de su clientela, de sus creyentes.

Mira que se le han buscado al nacionalismo complejos antídotos intelectuales. Mira que se han mencionado horrores, trincheras y genocidios. Resulta que había que tener la paciencia habitual de cuando se ejerce pedagogía con un niño y, si acaso, procurarle estímulos collejeros. Resulta que todo cuanto era necesario decir está contenido en la conversación entre el mosso y su niño grande. La gigantesca estructura patológica de Nunca Jamás hacia donde derivó el infantilismo en Cataluña. La endogamia de secta por donde circulan las creencias mágicas y la infalibilidad de los destinos sagrados y de los seres providenciales, donde cuaja la promesa escatológica de una vida mejor, donde hasta la los efectos de la enfermedad quedan reducidos. Sólo hace falta suicidarse primero en una gigantesca ceremonia de inmolación consagrada en el altar de una república que ni siquiera existe, idiota, collons.