DAVID GISTAU-El Mundo

A ESTAS horas del martes, considero que ya han tenido ustedes tiempo de ver varias veces el adjetivo «indecente» asociado a la equiparación, por parte del independentismo, de su categoría de víctima con la derivada del Holocausto y de los campos –los Lagers– donde eran esclavizados los prisioneros políticos. También habrán podido inferir con sus propios recursos que soltar esa barbaridad en el suelo de Mauthausen proporciona un agravante blasfemo e insensible a semejante derrota de la inteligencia.

Procedamos, por tanto, a preguntarnos otra cosa. De la que dependería un diagnóstico acerca de la salud mental de una serie de personas cohesionadas como en Waco. ¿De verdad lo creen?

Porque puede ser que no lo crean aunque lo digan. Que estas frases formen parte de una vieja propaganda fatalista, frecuentada también por Otegi, que pasa por vincularse uno, mientras suena Imagine, con cualquier tipo de víctima absoluta, unánime. Mandela es lo más socorrido. Pero no es ni mucho menos la única posibilidad. Mis tendencias culturetas francesas siguen esperando a que algún preso se haga el Dreyfus en su banquito de la Isla del Diablo donde, años después, Papillon, carente de un intelectual providencial, se sentaría a calcular la frecuencia del oleaje mientras planeaba la fuga. Si la intención del independentismo fuera apropiarse con propósitos publicitarios de ciertas manifestaciones culturales del dolor, sólo podríamos pensar que con el Holocausto exageran. Pero ni eso está claro porque han circulado ya tantas analogías con el nazismo que han terminado por mitigar el sentido de uno de los periodos más macabros de la historia de la humanidad.

La segunda posibilidad es la inquietante. Que el habitante de una región libre y próspera de una democracia europea garantista del siglo XXI esté convencido de que su situación es la misma que la de los republicanos de Mauthausen o que la de los judíos estabulados en trenes de mercancías y gaseados. En realidad, puede ser que en el fondo no sepan con precisión qué ocurrió en los campos y ello permita una equiparación malsana que guardaría relación con la fantasía de estar todavía luchando contra Franco. Pero tal vez sí lo sepan. Entonces, no podríamos hablar de indecencia, sino de patología. Y ya sólo debería volver a horrorizarnos el tipo de locura endogámica que inocula, todavía en pleno siglo XXI, la plaga nacionalista.