SANTIAGO GONZÁLEZ-El Mundo

Deia daba noticia del escrache con que la Universidad Autónoma de Barcelona inauguraba la campaña titulando el viernes: «Cayetana Álvarez de Toledo arremete contra los estudiantes que boicotearon su acto». La bronca que montaron los abertzales el sábado, en San Sebastián y en Bilbao, llevaba a su portada otro titular fantástico: «Radicales caen en la provocación de Vox y llevan la violencia a Bilbao». Es el lenguaje de inversión que tanto gusta a los nacionalistas. Como cuando Torra reclama libertad de expresión para Cataluña. Como el boicot de la turba batasuna ayer en el mitin que Albert Rivera, Fernando Savater y Maite Pagaza dieron en Rentería, el piso piloto de la revolución abertzale. Viernes, sábado y domingo, el PP, Vox y Ciudadanos, la derecha trifálica, como acuñó la ministra Lola Delgado, «los tres tenores que en realidad son tres temores», como dijo el doctor Plagio, copiando con su ingenio lego las paronomasias de Zapatero.

El juego viene de antiguo y en él eran adelantados los hijos más radicales de este pueblo. El diario Egin, un órgano de expresión del pueblo vasco cuyo brazo secular era ETA, explicó en su titular de portada el 2 de julio de 1997 la liberación del funcionario de Prisiones José Antonio Ortega Lara por la Guardia Civil en el zulo de Mondragón: «Ortega vuelve a la cárcel».

El nacionalismo institucional también se apuntó al tema. El alcalde de Bilbao, hombre que siempre había rechazado la violencia y a los violentos, recurrió a un virtuoso eclecticismo para repartir las culpas de los adoquines, tornillos y bengalas contra la Ertzaintza y barricadas de fuego en la Gran Vía de Bilbao: «Sobran los provocadores, los ultras y los radicales que añoran los años de la kale borroka». En el reparto de responsabilidades del alcalde, los provocadores y los ultras serían los de Vox, los radicales de la kale borroka, los violentos.

La prensa amiga ha estado a la altura. El chico de Santiago Amón, aquel gran tipo, publicó ayer en el diario global una de las columnas más infames que yo haya leído en los últimos meses, incluso años, contra Vox, bajo un título elocuente: «El partido del cuarto gin-tonic», según idea que le prestó un amigo, que es en opinión del autor, la puerta que se necesita franquear para encararse a un voto como ese.

«Gin-tonic, carajillo, copazo que despiertan a la bestia adormecida; votar a Vox requiere al ciudadano sobrepasar elevadas tasas de alcoholemia» y todo en este plan hasta el broche de mierda que cierra la desdicha: «Ponme la penúltima».

La información o así del diario nacionalista reprocha a los «grupos radicales de izquierda hacerle la campaña a Vox (…) y resucitar la kale borroka, legitimando el victimismo de Abascal». Y el de Ortega Lara, debería haber añadido, por más que el gañán que redacta el subtítulo no repare en que hay una persona que no puede practicar el victimismo: justamente la víctima. España se ha convertido en un país en el que los pájaros disparan a las escopetas, después de tantos años de observar cómo las nucas provocaban a las pistolas en Euskadi.