DAVID GISTAU – ABC

· Hemos de elegir entre perecer en un atentado yihadista o en un apocalipsis nuclear originado en el mar de China.

En lo que lleva transcurrido, este siglo XXI adolece de cierto desorden argumental. Incluso en todo aquello que constituye un retorno, como tragedia o como farsa, de las convulsiones del XX. El siglo anterior estuvo mejor organizado. Podríamos dividirlo, aun a riesgo de ser demasiado esquemáticos, en bloques caracterizados por el dominio de un solo argumento. Desintegración del imperio austro-húngaro y de la Rusia zarista, con el advenimiento comunista.

Auge del fascismo y el nacionalsocialismo, combate contra el fascismo y el nacionalsocialismo, derrota de ambos con la salvedad de su versión española, que no participó de pleno en la 2GM y terminó viendo a Ike entrar en descapotable en lugar de en una lancha de desembarco cuando la preocupación ya estaba al otro lado del telón –de España sólo preocupaba, a Sinatra, los toreros que rondaban a Ava Gardner–. Guerra Fría y patrocinio de experimentos revolucionarios que pretendieron globalizarla, luego derrota parcial del comunismo, que permaneció acogido a sagrado en las mentalidades intelectuales y en la fotogenia de una perspectiva histórica favorable y comprensiva con sus crímenes, incluso con los que alcanzaron envergadura genocida.

Bien. Aquí, con el vaciamiento ideológico posterior a la caída del Muro, que obligó a los «marxistas-rococós» a inventar juguetes humanos nuevos y nuevos lugares de peregrinación en selvas como Lacandona, habríamos estado en el momento perfecto para que se cumpliera una de las profecías más erradas de la historia de la charlatanería docta: la del final de la historia de Fukuyama y la consagración de una única democracia liberal tan grande como el planeta que regiría los destinos humanos sin volver a pegar un tiro. Los apetentes de épica que se conformaran con el «Call Of Duty». Pero, ay, hete aquí que, a caballo entre los dos siglos, irrumpió el yihadismo. El de Manhattan, hecho fundacional del XXI, ni siquiera fue su primer gran ataque.

La lógica argumental, que no ha hecho sino empeorar este antagonismo sucesorio del de la Guerra Fría, debería haberse conformado con esta versión bélica que se dio en llamar «asimétrica» cuyo principal miedo no era ya un apocalipsis nuclear, sino las posibilidades homicidas del portador de un cinturón de explosivos o de recursos asesinos aún más precarios. Se suponía que era a eso a lo que íbamos a tener miedo como personajes de nuestra era.

Pero se nos amontonan los argumentos, incluso los ya usados que rescata un guionista loco, como la reedición de la Guerra Fría entre USA y Corea protagonizada por supervillanos de «Zoolander». Se nos amontonan también las cosas a las que tener miedo. Tantas que esto recuerda a la canción de Javier Krahe, sólo que, en lugar de entre la hoguera y el fusilamiento, se diría que hemos de elegir entre perecer en un atentado yihadista o en un apocalipsis nuclear originado en el mar de China. Sólo falta la invasión alienígena. Carmiña, esto es muy estresante.

DAVID GISTAU – ABC