José Antonio Zarzalejos-El Confidencial

¿Para qué una investidura?, ¿para una legislatura corta y convulsa?, ¿para una gobernabilidad imposible? Quizás el Rey se equivoca y quizás Sánchez acierta

Dijo Felipe VI el pasado domingo: “Lo mejor es encontrar una solución antes de ir a elecciones“. Quizás el jefe del Estado se ha confundido por partida doble con esa reflexión pública. Primero, por expresarla, ya que su función debe ser discretísima siempre en la confidencialidad de la ronda de consultas que establece el artículo 99 de la Constitución. Segundo, por su significado, porque ¿quién le asegura al Rey que esa sea “la mejor solución”? Para muchos ciudadanos en absoluto lo sería si implicase un Gobierno de coalición con Unidas Podemos que propugna un proceso constituyente, el derecho a decidir en Cataluña y la supresión de la propia monarquía parlamentaria.

Para otros muchos ciudadanos podría ser la “mejor solución” si ese Gobierno es de “cooperación” con los morados, de tal forma que el Ejecutivo de Sánchez tuviese un margen de maniobra suficiente para hacer políticas transversales y sin caballos de Troya en la Moncloa. No para Iglesias, desde luego. Y por fin, serán seguramente millones los que desearían que ese Gobierno se fundase en un pacto con Ciudadanos y con el PP.

 Como “la mejor solución” no es unívoca ni inequívoca, quizás Felipe VI debió haber eludido el comentario y dejado que fueran el propio Sánchez y los demás dirigentes políticos los que asumiesen el coste de manifestar un criterio susceptible de demasiadas interpretaciones. La “mejor solución” no es un Gobierno. Solo lo es aquel que coincida en sus afectos ideológicos o estratégicos con cada uno de los electorados.

“Lo mejor es encontrar una solución antes de ir a elecciones”. Quizás el Rey se ha confundido por partida doble con esa reflexión pública

En términos generales, las derechas sociales prefieren una repetición electoral porque no desean a Unidas Podemos en el Consejo de Ministros y recelan de un pacto a la portuguesa. En las bases socialistas, de forma mayoritaria, se aspira a un Gobierno de cooperación con los morados, que es, justamente, lo que no quieren los militantes del grupo de Pablo Iglesias. Y como no hay alternativa a Pedro Sánchez, el presidente en funciones despliega toda una estrategia para comprometer a Casado y Rivera, para atribuir la responsabilidad del bloqueo a Unidas Podemos y proclamar que no desea verse dependiente en la presidencia de los votos independentistas.

Como quiera que, además, Sánchez —a quien hay que reprocharle, entre otras cosas, que incumpla la cortesía mínima de acudir con puntualidad a los despachos con el jefe del Estado— aprovechase su comparecencia en los jardines de Marivent para levantar acta de la “recíproca desconfianza” entre él, el PSOE e Iglesias y UP, parece claro que vamos a elecciones el 10 de noviembre, en la seguridad —según Moncloa— de que el panorama parlamentario será otro y mejor para los socialistas y los populares.

Sánchez —y en eso acierta— sabe muy bien que podría alcanzar la gloria de una investidura que le llevaría sin embargo a un infierno de legislatura. El planteamiento del secretario general del PSOE tiene toda la lógica: ¿presidir un Gobierno que no gobierne? La investidura debe ir ligada a la gobernabilidad. Una investidura precaria y traumática es pan para hoy y hambre para mañana. La ambición de Sánchez es íntegra, no parcial.

Sánchez —y en eso acierta— sabe muy bien que podría alcanzar la gloria de una investidura que le llevaría sin embargo a un infierno de legislatura

Llegadas las cosas a la actual situación podría ser que la “mejor solución” no sea formar ya un Gobierno (¿qué Gobierno, majestad?) sino ir a una segunda vuelta electoral que aclarase los términos de la primera (28 de abril pasado) y ya no hubiese otra que constituir un ejecutivo o dejar que el sistema agonice, tras el colapso que supondría celebrar cuatro elecciones generales en cuatro años.

Adicionalmente, el deterioro de la coyuntura económica condicionada en su manejo por un pacto a la portuguesa o por una coalición con la extrema izquierda de Unidas Podemos, nos llevaría a un escenario precario, repleto de incertidumbres. Es preferible, al cien por cien, una socialdemocracia que se entienda con Macron, con Merkel, con Ursula von der Leyen (presidenta de la Comisión de la UE), con Christine Lagarde (presidenta del BCE) y con Kristalina Georgieva (directora gerente del FMI).

Si las cosas se observan desde esa perspectiva se comprenderá, por una parte, que el presidente en funciones se ajuste a un guion en el que todos tienen la culpa de lo que ocurre menos él y el PSOE (en eso consiste el relato preelectoral) y, por otra, que haya iniciado la campaña con una anticipación que ha dejado perplejos a los morados y dubitativos a los dirigentes de las tres derechas. Así pues, rota “la confianza recíproca” entre Sánchez e Iglesias y entre el PSOE y Unidas Podemos, hay que esperar elecciones en noviembre. “No hay que engañarse. La declaración de ayer del líder socialista es una maniobra dilatoria de envergadura, no altera en nada el ‘estatus quo’, trata de dar sentido a sus reuniones con colectivos sociales y de simular la posibilidad de una investidura en septiembre. En definitiva, es un recurso político lampedusiano“.

A la postre, los comicios —siendo un recurso de última instancia— podrían ser la “mejor solución” o, más exactamente, la alternativa más deseable a un pacto hostil e inconsistente entre socialistas y populistas. La pregunta que habría que formularse es bien sencilla: investidura ¿para qué?, ¿para una legislatura corta y convulsa?, ¿para una gobernabilidad imposible? Quizás el Rey se equivoca y quizás Sánchez acierta. Por mucho que la concatenación de esas dos opiniones estimule las peores secreciones de los ‘haters’ de la derecha y de la izquierda (duras).