José Luis González Quirós-The Objective
  • «Si la derecha confía en las inercias perdedoras del adversario y a que las lógicas políticas la lleven en volandas, corre el riesgo de darse un notable batacazo»

Mucho de lo que sucede en la política contemporánea resulta desconcertante para quienes tratan de entenderla, porque pasan muchas cosas que, según los expertos, no debieran haber ocurrido y menudean otras que nadie se había atrevido a predecir. Lo de Italia, por ejemplo, le ha hecho decir a Fernando Vallespín que «urge un nuevo pensamiento político», incluso sin conocer todavía los resultados electorales.

Tal vez el desconcierto surja de una pretensión excesiva de lo que se conoce como ciencia política, de suponer que una hábil combinación de la experiencia histórica (sea ello lo que fuere) con una correcta teoría política pudiera permitir prever los acontecimientos, incluso gobernarlos. No vendría mal recordar que ese ha sido el objetivo más genérico de las revoluciones, encontrar una forma política que permita pacificar la convivencia y hacer que el futuro se convirtiese en algo gozosamente previsible y gratificante. Aunque se diga que fue malentendido, esa idea también estaba en el pronóstico de Fukuyama, sobre que la historia se había acabado.

Pues no, la historia continúa y lo hace, con frecuencia, de manera desconcertante, al margen de cualquier razón y, sobre todo, de razones previsibles. No cabe negar las relaciones de causa efecto, pues en ese caso no tendríamos nada de qué hablar, pero hay que ser muy cautos con las grandes explicaciones, con cualquier clase de ideologías. Que el Putin amigo de Berlusconi haya decidido invadir Ucrania (claro es que acusando a Occidente de acosarle) es algo que nos está marcando, pero que nadie sabe cómo acabará y que es muy difícil que pueda presentarse como una acción lógica por más que, una vez acometida, se disparen las hipótesis sobre sus causas.

Vivimos en un mundo que es muchísimo más complejo e imprevisible que el de hace medio siglo, pero seguimos pensando con categorías centenarias, tal vez porque sea inevitable hacerlo ya que tratamos de entender lo que ocurre en sociedades que siempre nos han parecido, de alguna manera, espejos de nosotros mismos y todo el mundo tiene una cierta idea de quién es y lo que para sí querría. No podemos ponerle puertas a ese campo, pero sí tendríamos que caer en la cuenta de que, como escribió Martin Amis, «vivimos en la era de la locuacidad de masas», y esa conversación tan profusa es lo que hace que la política sea un guirigay difícil de resumir.

Frente a esa complejidad real, las democracias obligan a elegir entre papá y mamá, entre unos y otros, entre conservadores y progresistas y, claro está, el resultado de esas decisiones suele ser indigesto para cualquiera que pierda de vista que, como dijo Don Quijote, en sus últimas palabras, «en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño: yo fui loco, y ya soy cuerdo», que el mundo suele ser muy distinto a lo que solía y, al revés que Quijote, no siempre para ser más sensato. La alternativa persiste, aunque el mundo a que se refiere haya cambiado y en eso está la modesta realidad de nuestras democracias.

«El desencanto social con la izquierda no va acompañado de un desmentido radical de sus dogmas»

En toda Europa, en España con algún retraso, existe un cansancio electoral con las políticas de la izquierda socialdemócrata, y eso trae consigo un cierto alza de las derechas (que, salvo por lo que niegan, suelen ser bastante heteróclitas) que los progresistas son incapaces de entender, porque siempre han pensado que no hay nada más tonto que un obrero de derechas, pero que tampoco se traduce con facilidad en un mayorías electorales consistentes. Por curioso que resulte, esta paradoja parece no merecer demasiados análisis.