El dilema vasco

EL CORREO 09/05/14
LUIS HARANBURU ALTUNA

· De poco nos sirve compararnos con el resto de España y consolarnos con los despropósitos ajenos, cuando nuestro potencial y nuestra historia debieran situarnos en la vanguardia de Europa

El excelente ensayo de Luis Garicano sobre ‘El dilema de España’, me sugiere la reflexión sobre el dilema vasco; habida cuenta de la semejanza de las carencias vascas con las de España. En efecto, el País Vasco adolece de todas y cada una de las fallas que el profesor de la London School of Economics atribuye a España, con el agravante de la peculiar idiosincrasia identitaria de los vascos. El dilema para España estriba entre ser la Argentina de Kirchner o la Dinamarca del sur, mientras que para el País Vasco el dilema se acopla mejor a la Venezuela bolivariana o a Finlandia. En efecto, el País Vasco tiene mayores semejanzas por demografía, cultura y oportunidad con el pequeño país del norte.

El perfil de la educación, la salud de las instituciones económicas y la calidad de nuestras instituciones políticas son los vectores que determinan la entidad de nuestro sistema productivo y tiene la virtualidad de pronosticar el futuro de nuestra economía y de nuestro tipo de sociedad.

Si lamentable es el estado de la cuestión en España, no lo es menos el País Vasco. Los déficits endémicos de la economía española tienen en nuestro caso su réplica agravada por la obcecación identitaria de nuestras elites políticas. El debate identitario suple en el País Vasco a la prioritaria opción de nuestro modelo económico y de nuestro tipo de sociedad. Es lamentable el que en medio de la brutal crisis que nos afecta y en el inicio de un siglo que se nos presenta incierto, una de la tres prioridades del Ejecutivo vasco consista en la definición del ‘status’ político de los vascos. Mientras el país se depaupera económicamente, el paro crece sin remedio y nuestra industria capea graves dificultades, nuestras elites políticas se enzarzan en la discusión de si son galgos o podencos los canes que nos acosan.

Siguiendo las pautas del diagnóstico realizado por Luis Garicano sobre la productividad de la economía española y su futuro, cabe extrapolar al País Vasco los elementos analíticos de su ensayo. Educación, sistema productivo y tipología de las elites políticas son los elementos que definen nuestra productividad y determinan nuestro futuro como sociedad.

En lo referente al sistema educativo de los vascos, que en lo fundamental goza de plena autonomía de gestión y diseño, llama la atención su ramplona mediocridad en claro contraste con la generosa financiación de la que goza. Las mediciones, externas y objetivas, sobre la calidad de la enseñanza vasca ponen de manifiesto el desequilibrio entre los recursos económicos empleados y los magros resultados obtenidos. Tras más de tres décadas de autogestión, el sistema educativo vasco debiera afrontar los déficits que a simple vista denota. No es, seguramente, ajeno a los mencionados déficits la excesiva fijación identitaria de sus currículos, ni la artificial y forzosa inmersión lingüística que prioriza el euskera por criterios exclusivamente identitarios. Si más inglés y matemáticas con menos nemotecnia son los remedios para el sistema educativo español, menos afán identitario y más formación estándar al modo finlandés son, seguramente, los remedios para los males educativos de nuestro sistema.

En lo referente a las instituciones económicas del País Vasco, llama la atención el divorcio entre nuestra declinante clase empresarial y las elites políticas que gobiernan nuestras instituciones. Todavía resuena el eco del clamoroso desencuentro entre el Ejecutivo vasco y la patronal vasca a comienzos de la presente legislatura y no es de extrañar semejante distancia entre los empresarios y los gestores políticos, habida cuenta de la cultura antiempresarial que durante cuatro décadas ha prevalecido entre nosotros. Nuestros empresarios han sufrido secuestros, asesinatos y extorsiones ante la indiferencia de una parte de nuestra sociedad y la indolencia ideológica de nuestros políticos. Desde el poder Ejecutivo, antes que acompañar a nuestra clase emprendedora, se ha optado por apadrinar un cierto capitalismo de batzoki, consistente en proyectos industriales inciertos y con sello identitario, que al estilo del los proyectos Epsilon e Hiriko han acabado en sonados fracasos. Entre nuestras instituciones económicas, merecen mención especial los ‘combativos’ sindicatos soberanistas, que han puesto en fuga a una parte de nuestra clase empresarial y han abocado al cierre de no pocas empresas productivas. La inflexibilidad de una parte del sindicalismo vasco tiene en pasivo histórico la responsabilidad del declive industrial vasco.

Las elites políticas vascas viven ensimismadas en las abstrusas polémicas identitarias y en las virguerías tacticistas de la pacificación y la convivencia. No es, por ello, de extrañar el que en la educación prime la discusión sobre la oportunidad o no de que las víctimas tengan presencia en las aulas o de que se articule un curriculum de carácter más soberanista; mientras los sindicatos continúan intimidando a jueces y dictando su ley en los medios de comunicación públicos.

Con el negro panorama descrito, el dilema de nuestro sistema productivo es cada vez mas obvio y no sorprende que el País Vasco camine con paso seguro hacia su progresiva semejanza con el modelo venezolano de economía bolivariana y se aleje sin remedio de las economías progresivas del norte de Europa. De poco nos sirve compararnos con el resto de España y consolarnos con los despropósitos ajenos, cuando nuestro potencial y nuestra historia debieran situarnos en la vanguardia de Europa. El dilema del País Vasco, está supeditado a nuestra capacidad de resolver la neurótica situación cultural, económica y política a la que nuestro ensimismamiento identitario nos ha conducido.