Guadalupe Sánchez-The Objective
  • «Da igual que sea una mujer porque lo que importa es que no es de izquierdas. Y eso no sólo la descarta como víctima, sino que la convierte en una presa a abatir»

Resulta que para esto de los escraches y de la violencia política no hace falta la perspectiva de género. Ya es mala suerte en un país donde se exige su implementación en cuestiones como el urbanismo, las resoluciones judiciales o la publicación de noticias por los medios de comunicación.

No se lo van a creer, pero cuando desde el Gobierno se ha denunciado la violencia que padecen las mujeres que se dedican a la política, no se referían a que a una dirigente autonómica le griten «asesina» y le intenten impedir acceder a una universidad para recibir una distinción, ni tampoco a que otros políticos, varones, la responsabilicen a ella por ir «provocando». En una protesta de los taxistas en Barcelona, el líder de la asociación Élite taxi, ha dicho, textualmente, que «los compañeros de Madrid están sufriendo mucho porque tienen de presidenta a una puta terrorista hija de puta».

Por lo visto esto son mera protestas legítimas que reivindican los servicios públicos, en modo alguno equiparables al intolerable momento en el que una mujer -diputada- le diga a otra mujer -ministra de Igualdad- que su único mérito es conocer a su pareja, líder en la sombra del partido al que pertenece y exvicepresidente del Gobierno hasta mayo de 2021. Tampoco se puede comparar con el hecho de que los periodistas informen sobre los violadores beneficiados por las rebajas de condenas que conlleva la aplicación de la ley del sólo sí es sí porque eso genera un terror sexual intolerable: hay que silenciar que unos veinte agresores sexuales ya estén en la calle por la cuenta que les trae.

Tampoco ha comparecido Marlaska ni se ha pronunciado la Fiscalía sobre la posible existencia de un «delito de odio», como sí que hicieron con los gritos erótico-festivos de los chavales de un colegio mayor de Madrid o con la letra de una canción parodia en un acto de Vox. Ni Pedro Sánchez ha ordenado convocar de urgencia la comisión para los delitos de odio, seguramente ocupado como está en la hercúlea tarea de evitar que se frene el núcleo de la tierra.

Para Ayuso no hay ni perspectiva de género ni violencia política que valga. Da igual que sea una mujer biológica y se autoperciba como tal, porque lo único que importa es que no es de izquierdas. Y eso no sólo la descarta como víctima, sino que la convierte en un objetivo, en la presa a abatir.

«No le perdonan que se haya convertido en un referente para muchas mujeres que consideran que el feminismo no es una guerra de sexos»

Porque mientras que el relato hegemónico intenta convencer a las mujeres de que sufrimos una opresión estructural patriarcal, ella no ha recurrido jamás a su sexo como herramienta de victimización ni lo ha usado para imponer cuotas allí donde han de primar el mérito y la excelencia.

Ayuso no les provoca por lo corto de su falda, sino por no comulgar con los dogmas de un progresismo identitario, moralista, pazguato y caduco que no le perdona que se haya convertido en un referente para muchas mujeres que consideran que el feminismo no es una guerra de sexos, sino una reivindicación de igualdad que debe de hacerse con los hombres y no contra ellos. Ayuso abandera más y mejor la causa feminista que la banda de la tarta que se ha atrincherado en el Ministerio de Igualdad y que nos quiere hacer creer que nuestros enemigos son el Poder Judicial o la presunción de inocencia.

Como no podía ser de otra manera, todo esto de las identidades colectivas oprimidas no es más que la nueva chatarra ideológica con la que la izquierda pretende atacar las bases del orden liberal y de la economía de mercado, profundizando en la división social y en la quiebra de la convivencia constitucional. El género o la raza son, junto con el catastrofismo climático, los nuevos tótems en torno a los que intentan reeditar su versión particular del comunismo postmarxista. Que sea precisamente una mujer la que les refute y los enfrente es mucho más de lo que pueden soportar.