El ‘totum revolutum’ catalán se llama 9-N

ÁLEX SÀLMON, EL MUNDO – 09/11/14

· El 21 de octubre de 2002 el entonces conselleren cap, Artur Mas, anunció en una conferencia ante un aforo transversal de empresarios y políticos que iba a impulsar un nuevo Estatut que se sometería a referéndum. Durante aquella legislatura, la última de Jordi Pujol, se había constituido una comisión de trabajo a propuesta del entonces líder de la oposición, Pasqual Maragall, que trabajaba en una reforma del Estatut. El matiz era importante: reforma contra texto nuevo. En aquella comisión también estaba el Partido Popular, entonces liderado por Josep Piqué, y en ella llegó a colaborar la actual vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría.

Aquel Artur Mas estaba ya en campaña. Faltaba un año para las autonómicas, pero tenía que convencer no sólo al electorado, sino a los de su propio partido, de que era el delfín correcto de Pujol. En esas coordenadas debía entenderse ese «y yo más» frente a la supuesta reforma que impulsaba Maragall en el Parlament, y a la que Pujol nunca le hizo demasiado caso. Por no decir nada.

Sin embargo, los socialistas tuvieron, de pronto, su habitual miedo escénico. Un miedo que han ido arrastrando desde el escándalo Banca Catalana. Ya en aquel lejano 1984, que no supieron encarar con ideas claras, la acusación de que atacar a Pujol significaba ir contra Cataluña. Esa inseguridad provocó que Maragall asumiera como propia la idea de nuevo Estatut y abriera una caja de Pandora que es, en un tanto por ciento muy elevado, aunque sea con matices, responsable del momento político que vive hoy Cataluña.

En aquella conferencia celebrada en el Palau de Congressos de Catalunya, Mas aseguró que para tirar adelante ese nuevo Estatut sería necesario contar con los dos grandes partidos españoles, «ya que se necesitará la aprobación por las Cortes». Pero fue más lejos: el hoy president llegó a condicionar su entrada en el Gobierno de España, «con los riesgos que comporten», a la aceptación de ese nuevo redactado estatutario.

Han pasado 12 años y ese Mas conciliador se ha esfumado. Claro que han pasado muchas cosas: Zapatero aseguró que aprobaría el Estatut que llegara del Parlament; hubo un acuerdo entre las fuerzas que gobernaron tras Pujol, el recordado Tripartito (PSC, ERC e ICV), con un punto concreto que rechazaba cualquier acuerdo con el PP, el Pacto del Tinell; Zapatero y Mas pactaron el nuevo Estatut en La Moncloa, de espaldas al tripartito que gobernaba y escondiéndose de su compañero de federación, Duran Lleida; el PP en la oposición hizo una campaña contra ese texto que le pasó factura mediática y de credibilidad en Cataluña; los recursos en el Constitucional contra el nuevo texto estatutario; su posterior sentencia, que el entonces presidentMontilla no supo ni quiso avalar por cuestiones de torpeza estratégica política (ahora lo reconoce); o la manifestación de julio de 2010 impulsada por él mismo, de la que tuvo que salir por piernas, aunque liderada por Òmnium Cultural. ¡Cuánto! De todo eso, esto.

Pero hubo más. Sería demasiado fácil concentrar la culpa en lo explicado hasta ahora. La desinformación general ha sido una circunstancia muy importante. La desinformación basada en el «Madrid nos roba» y «el expolio fiscal». No hacía falta explicar nada más y el mismo Estado jamás creyó que fuera necesario ir a la contra. Si a ello le sumamos una sociedad inmersa en recortes, paro y una crisis económica importante, una parte del ciudadano medio no urbano, y después también el urbano, comenzó a comprar una música que, al menos, visualizaba a un culpable: el Gobierno. Y si era del PP, mucho mejor.

Ahora Cataluña está dividida en tres: la sociedad movilizada y dispuesta a dedicar muchas horas a la independencia; la sociedad preocupada porque no se cree nada, ni entiende cómo esa parte movilizada se lo puede creer; y una gran mayoría harta de todo lo que suena a consulta, independencia, Govern de Mas, Gobierno Rajoy, corrupción de Pujol, Bárcenas o Blesa. Un totum revolutum de hastío, de hartazgo y de crisis. De una tremenda crisis económica.

Si muchas de las personas movilizadas a favor de la independencia se hubieran dedicado a seguir en directo y completas cualquiera de las últimas ruedas de prensa que han ofrecido el portavoz del Govern, Francesc Homs, o el presidente del Pacto por el Derecho a Decidir, Joan Rigol, se habrían dado cuenta de que todo es una tremenda tomadura de pelo. Una patraña muy seria, explicada con supuesta credibilidad y como si todo fuera en serio. Sin embargo, a última hora del viernes, por ejemplo, todavía nadie sabía quién iba a ser el portavoz de los datos de participación del día para explicarlos al ciudadano.

Mientras, la ANC contrató hace meses a la empresa que utilizó Obama en EEUU, Hollande en Francia o Rousseff en Brasil para sus campañas electorales, Blue State Digital. ¿De dónde sale el dinero? Sus fuentes aseguran que son sus colaboradores, tanto de forma nominal como de empresa. Mientras que no existan datos claros que contradigan esa versión, habrá que ponerla en cuarentena.

El rebobinado será muy difícil. Sobre todo porque la movilización se basa en un impulso posmoderno. Las iaies dirían: a fi de bé, una expresión de difícil traducción pero que significa «para un buen fin». Revolución divertida. En eslogan, ganan. A Rajoy le hará falta algo más que nuestra querida Constitución.

ÁLEX SÀLMON, EL MUNDO – 09/11/14