Luz de agosto

ABC 05/09/13
FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR, DIRECTOR DE LA FUNDACIÓN DOS DE MAYO, NACIÓN Y LIBERTAD

«Bajo la luz de agosto, contemplamos una realidad que nuestra pavorosa crisis nacional ha deformado. Nos toca ahora acabar ya con ese estilo amedrentado, de fragilidad de convicciones… porque nada en la experiencia histórica de las naciones nos permite asegurar que España continúe siéndolo cuando lleguen a resolverse nuestros aprietos contables»

Cuando el tiempo quiere poseer la fuerza representativa de las metáforas, toma la forma de una estación o la de un mes, utilizando un recurso literario que otorga un curioso prestigio a cada época del año, en que la vida no es ya simple duración, sino un modo de existir, el lugar de una perspectiva moral. Basta con la tensión variable de la luz, la diversa firmeza del aire, la sensación de cansancio o de vigor, la claridad unánime de los días extensos o la sombría vacilación de los más breves, para que ese estado de ánimo deje de ser una figura retórica y se convierta en una circunstancia consciente, en un momento histórico.
El verano carece de la voracidad repentina de la primavera, de la crueldad del mes de abril abriendo la tierra muerta, mezclando memoria y deseo. Pero tampoco sufre el cansancio otoñal, el sabor húmedo de la decadencia, el contacto furtivo de un tiempo que se escapa. El verano posee esa integridad que se echa en falta en las estaciones intermedias. No es mera nostalgia ni simple anticipación. Tiene sentido propio, plenitud y madurez. Demasiados atajos literarios le han asignado un tono de indolencia, un sabor a estación absorta en su deliciosa inutilidad. Demasiada estética puritana ha convertido el invierno en el reino laborioso del espíritu, dejando al verano sumido en la soberanía perezosa de la carne. Pero nuestra cultura siempre ha sabido distinguir entre el reposo lúcido y la holganza estéril, y en uno de sus libros más hermosos y antiguos nos recordó que hay un tiempo para cada cosa. Un tiempo para hablar y un tiempo para callar; un tiempo para construir y un tiempo para destruir. Un tiempo para el trabajo y un tiempo para el reposo, pero nunca un tiempo de indiferencia.
García Montero escribió que volvemos del verano como de un recuerdo. También volvemos de él como desde un respiro en la tarea que debe reemprenderse. Durante muchos días, hemos vivido bajo la claridad de agosto, completa y persuasiva, en la que meditar sobre la crisis de España ha permitido despejar las falsas urgencias, los debates tramposos. Ante la voluntad incansable del paisaje, ante la solemnidad de la tierra volcada bajo el sol, tomamos conciencia de algo sólido y verdadero, que nos identifica y nos obliga como herencia y proyecto. Este tiempo de pausa nos ha permitido regresar a la consistencia firme de las cosas, a la recia envergadura de lo que no puede someterse a cualquier capricho de temporada.
Bajo la luz de agosto, contemplamos una realidad que nuestra pavorosa crisis nacional ha deformado hasta hacer imposible comprender lo que nos ocurre. Nos toca ahora acabar ya con ese estilo amedrentado, de fragilidad de convicciones y de inanición de liderazgo con el que soportamos la quiebra porque nada en la experiencia histórica de las naciones nos permite asegurar que España continúe siéndolo cuando lleguen a resolverse nuestros aprietos contables. La pérdida de nuestra conciencia nacional no es el extravío de una antigualla, sino una tremenda amputación que nos dejará en un estado de invalidez cívica permanente. No son los derechos de una España abstracta los que se están perdiendo, sino las garantías de los derechos de cada uno.
España no está debatiendo acerca de un modelo u otro de su edificio jurídico. No se está proponiendo una reforma constitucional, ni siquiera una revisión profunda de los principios en los que se inspira nuestra Constitución. Lo que se propone, pura y simplemente, es la extinción de la nación española. Decirlo de este modo puede sonar a dramático llamamiento hecho desde posiciones reacias a cualquier cambio. Es presentado, en aquellos ambientes en los que sí se sabe a dónde se quiere ir, como el reflejo de un patriotismo español desvencijado y los coletazos postreros de una España integrista que nunca se ha sentido cómoda en las estructuras ideológicas de la modernidad.
Nos tenemos bien merecidos los sambenitos que quieren colgarnos precisamente quienes caminan arrastrando sus propuestas políticas por los lodazales más familiares de la historia contemporánea. A un lado, un nacionalismo que brota de los devaneos sentimentales del romanticismo antiliberal, y que considera que los principios que inspiran las naciones modernas son una agresión contra legitimidades históricas y tradiciones irrevocables. Al otro lado, una izquierda nacida como alternativa al sistema y crispada difamadora de todo aquello que el pensamiento liberal convirtió en sentido común de la política europea. Una izquierda capaz de provocar con su insolvencia una crisis demoledora y, sin embargo, empeñada en ofrecerse para sacarnos del mismo pozo en el que nos metió tras decir que los españoles nos merecíamos un gobierno «que no nos mintiera». Con ello se refería nada menos que a un gobierno contra el que el islamismo terrorista había realizado el mayor atentado sufrido por los españoles en su historia. Una izquierda que llegó al poder a través del miedo y el desconcierto, de la confusión cívica y el desarme moral de una nación que no ha vuelto a disponer de la serenidad política necesaria para hacer frente a sus problemas como lo hace cualquier país de nuestro entorno.
No son estos dos sectores, desde luego, aquellos que pueden enarbolar los principios del liberalismo español. Pero ¡qué falto de defensores, qué carente de densidad de discurso, qué desnudo de energía política y qué huérfano de liderazgo se encuentra ese viejo liberalismo español, fundador de una idea moderna de nación ¡Cómo descuidamos los símbolos de nuestra convivencia, la adquisición de una conciencia patriótica, la nacionalización de nuestra cultura, el sentido histórico elemental que lleva a cualquier país civilizado a preocuparse por su supervivencia y reputación! Con sorprendente bochorno, rechazamos todo aquello que el ejemplo de nuestros vecinos más afortunados ha demostrado necesario para el bienestar de los ciudadanos y el esplendor de una nación. Un sistema educativo realmente común, que no levante identidades alternativas; unos valores culturales que inserten España en una civilización heredera del humanismo cristiano y la Ilustración. Un sentido de Estado que alimente todas las decisiones políticas y se constituya en permanente legitimación de nuestra existencia colectiva.
La luz de agosto deja a sus espaldas los problemas de esta nación no sólo expuestos a nuestra mirada, sino ofrecidos a nuestra voluntad. Cien años atrás, un poeta sevillano que habitó en Castilla y dio forma lírica a las razones de España, se enfrentó al campo unánime de la meseta tendido bajo esa misma luz. Era «una tarde clara y amplia como el hastío», en la que Machado vio copiarse las sombras de un grave sueño alzado sobre el llano. Caía ya el sol, absorbiendo en un espejo púrpura los obstinados fantasmas del paisaje. El poeta, aferrado a sus ilusiones sobre aquella tierra indeclinable, echó a andar, mientras en el ocaso sangraba el horizonte. Al retirarse el día, la luz de agosto era capaz de expresarse aún y de hacer brillar, más allá de aquella tarde, «la alegre canción de un alba pura». Como si España tomara aliento para decir su nombre completamente a solas.