Jorge Vilches-The Objective
  • «Ahora que los sanchistas se han hecho con todos los resortes del poder liquidan a placer a la vieja guardia que construyó el partido en democracia»

Asistimos a la batalla final entre los viejos socialistas y los sanchistas. Es el episodio postrero de una rebelión iniciada en 2016, con una victoria inicial no culminada por un estúpido patriotismo de partido. Los del antiguo testamento pensaron que el PSOE era más importante que la Constitución o la unidad de España, que era más deseable que la libertad y el Estado de Derecho, que sin su partido no merecía la pena pensar en los fundamentos de la democracia.

Ahora que los sanchistas se han hecho con todos los resortes orgánicos del poder liquidan a placer a la vieja guardia que construyó el partido en democracia, como los cerdos de la granja orwelliana se deshacían de los que recordaban los principios fundacionales. Los eliminan por sorpresa, al viejo estilo del izquierdismo, al tiempo que martillean con el discurso de que son personas que hacen daño al partido, que es lo mismo que decir al progreso. Porque algunos socialistas son más iguales que otros, ¿verdad camarada?

Al igual que los animales de la granja orwelliana, la generación de viejos socialistas tuvo la oportunidad de liquidar a Sánchez en sus inicios y no lo hizo. Es la segunda vez que se enfrentan al sanchismo. En el primer asalto, en el largo 2016, ganaron. Gónzalez levantó el estandarte para cargarse a quien quería pactar con la «izquierda populista» y los independentistas, en detrimento de la convivencia y demás cantinela.

Le siguieron los viejos socialistas y encontraron enfrente a la militancia, típica grey movilizable y dogmática, que les insultó y amenazó. No importó. Hallaron la ocasión y acabaron tirando a Sánchez por una ventana de Ferraz en octubre de 2016. Nombraron una gestora que podría haber hecho mucho pero falló. A los viejos socialistas que tomaron el poder en el PSOE, con Javier Fernández a la cabeza, les pesó la conciencia, se sintieron traidores al partido, y se morían por dejar los bártulos del poder. Al tiempo, subestimaron a Sánchez. Qué fácil hubiera sido entonces abrir expediente a quien quiso dar un pucherazo en una votación del Comité Federal, y expulsarlo del PSOE. 

«Los viejos dirigentes del PSOE impulsaron a Susana Díaz frente al populismo guerracivilista de Sánchez»

Aquel acto de decencia defenestrando a Sánchez habría mantenido al socialista como partido de Estado, y nos habría librado del esperpento que vivimos. También aquella gestora podría haber hecho una limpieza en la militancia, verdadero cáncer de un partido con alma totalitaria desde su fundación. Pero no, con un falso democratismo y creyendo que podían controlar a la masa socialista, dejaron todo en manos de un plebiscito interno

Los viejos dirigentes del PSOE impulsaron a Susana Díaz, que prometía una oposición vintage, frente al populismo guerracivilista de Sánchez. Hicieron que una militancia exaltada eligiera entre el poder a toda costa, que eso significa el sanchismo, o mantener la tradición de lealtad abierta en 1977. Fue el error imperdonable de una generación única.

Porque, preciso es recordarlo, la época del PSOE entre ese año y el 2000, cuando llegó Zapatero a la secretaría general porque Alfonso Guerra vetó a José Bono, es un paréntesis casi honroso en la historia de un partido que se ha distinguido por despreciar la democracia y la libertad. Desde su fundación en 1879 el socialista ha sido un partido más interesado en tomar el poder y no soltarlo que en los derechos individuales, el parlamentarismo o las reglas del juego democrático.

No haré la historia de las traiciones del PSOE a la libertad porque son muchas desde que Pablo Iglesias, en 1890, dijo que los socialistas defendían el sufragio universal (masculino) «por ser un medio excelente de agitación y propaganda de nuestras ideas», pero que era inútil para «emancipar a la clase proletaria». Lo mismo ocurrió en 1917, en la dictadura de Primo de Rivera, durante la Segunda República con su guerracivilista Largo Caballero junto a dos cobardes como Prieto y Besteiro, y un exilio falaz e inútil. Y eso sin olvidar que Prieto también estuvo en la revolución de 1934. En fin, que la democracia la han visto siempre, con el paréntesis de 1977 al año 2000, como un instrumento para llegar al poder, no como un modo de convivencia o de resolución pacífica de problemas.

La responsabilidad es de esos viejos socialistas, que no supieron poner las bases de un partido con sentido de Estado, que permitieron el ascenso de un Zapatero que laminó el consenso político, y de un Sánchez populista capaz de arrasar todo. Consintieron y alimentaron a una militancia que hoy hace imposible reconducir al PSOE a través de un Congreso, y que convierte en impensable un golpe de gracia como el de octubre de 2016. Cuando pudieron reconducir al PSOE prefirieron callar y aferrarse al patriotismo de partido. Ahora está todo perdido. Esta vez, el mandamás de la granja es imbatible.