Daniel Capó-The Objective

  • «La gran paradoja del sanchismo –y su gran falsedad– es que la modernidad hacia el exterior no se corresponde con una disposición similar hacia el interior»

Como mago de la imagen, Pedro Sánchez se mueve rápido en el escenario internacional. Busca los momentos icónicos que impacten en la pupila del telespectador: una cena de la OTAN en el Museo del Prado (esa «roca española», según el pintor Ramón Gaya, y esa muestra de nuestra universalidad), una cumbre al más alto nivel con Francia en Barcelona… En la praxis política, lo que creemos resulta casi tan importante como la propia realidad, señalaba John Lukacs. Tiene razón. La opinión pública –y el voto es su reflejo en un momento concreto– se confunde con las creencias tanto o más que con los intereses.

Pla recordaba hace años que el pesimismo sólo conduce al estreñimiento, mientras que el optimismo favorece el comercio y la prosperidad. Algo de esto hay, desde luego, aunque los giros y mudanzas del presidente Sánchez sean cada vez menos creíbles en nuestro país. No en el exterior, donde España vuelve a ser un socio de cierto interés después de dos legislaturas que podríamos definir como sordas fuera de nuestro país. Ni Rajoy ni Rodríguez Zapatero mostraron mucho interés por explotar esas vías y España era además –lo sigue siendo de algún modo– el enfermo de una Europa sumida en la gran depresión. Sólo le quedaba obedecer. Y, en este aspecto, las cosas no han cambiado mucho.

Sin embargo, las coyunturas abren puertas y Sánchez las ha buscado con ahínco. Algunas veces, le han estallado en la cara y han supuesto patinazos sonoros, como la reorganización de nuestras relaciones con Marruecos (a medio plazo, Marruecos, Turquía y quizás Israel terminarán ingresando en la UE). Otras veces, la fortuna le ha sido más favorable y le ha permitido dulcificar la imagen de un país que había perdido el impacto internacional que tuvo en los ochenta, los noventa y a principios del nuevo siglo. Y es bueno que así sea, porque en una sociedad global los gobernantes –incluso en los países menores como el nuestro– deben ser también figuras con presencia global. Draghi lo era e Italia se benefició de ello. Portugal, sin contar con figuras a ese nivel, ha sabido moverse con astucia en un escenario que no le resultaba nada favorable. España no puede permitirse actuar sin grandes aliados.

«La política de la imagen tiene que ir acompañada de una sociedad ideológicamente pacificada»

Por supuesto, la política de la imagen tiene que ir acompañada de todo lo que nos falta ahora mismo para dar frutos abundantes. Esto es, una economía boyante –seguimos sin recuperar el PIB previo a la pandemia–, una doctrina de defensa firme –lo cual supone una planificación a largo plazo–, calidad educativa –o lo que es lo mismo, conocimiento poderoso–, innovación y ciencia. En definitiva, una sociedad ideológicamente pacificada –y no que atice la guerra cultural como está haciendo ahora el Gobierno– con objetivos comunes precisos y claros. Lo que fue posible hace unas décadas no tiene por qué no serlo hoy. La responsabilidad de nuestras elites sigue siendo enorme en este sentido.

Realmente, España se encontraría ante otra coyuntura favorable si supiera aprovechar las circunstancias. El peso demográfico del Mediterráneo occidental –incluyendo a Francia– es notable; también lo es el económico. La UE no puede permitirse abrir otro frente de inestabilidad en el sur, cuando la guerra parece enquistarse en Ucrania y mientras continúa la presión sobre la frontera oriental. Bruselas anuncia unos ajustes presupuestarios que todavía tardarán en materializarse, precisamente porque las urgencias ahora son otras. Francia, España, Portugal e Italia deben actuar coordinadas. Pero antes, o a la vez, la pacificación interna, el rigor económico, la ambición fiscal, educativa y científica han de guiar la actuación de un gobierno que no está en ello. La gran paradoja del sanchismo –y su gran falsedad– es que la modernidad hacia el exterior no se corresponde con una disposición similar hacia el interior. Seguramente porque lo único que cuenta para Pedro Sánchez es la voluntad de poder. Nada más.