Francesc de Carreras-El Confidencial

  • La envergadura política de Yolanda Díaz ha ido creciendo con el tiempo y últimamente ha llegado a una altura más que notable. Quizás su papel negociador en el difícil trance de la reforma laboral ha sido su mayor logro

Pedro Sánchez dijo hace unos días por televisión: «Seamos serios. Aquí va a haber un gobierno de coalición de la derecha con la ultraderecha, o un gobierno de centro-izquierda con el PSOE y lo que represente al espacio de Yolanda Díaz«. Imitemos al presidente, pongámonos y pasemos a comentar algunos aspectos de este análisis. 

En primer lugar, lo más relevante es que Sánchez sigue con su vieja idea expresada en el famoso lema «no es no»: divide el mapa político español en dos bloques, el primero muy escorado a la derecha (PP+Vox), el segundo solo muy levemente situado en el lado contrario, hasta el punto de que no lo denomina «izquierda» sino centro-izquierda. Por tanto, vaticina que un nuevo gobierno, o será de una derecha dura o será moderadamente de izquierdas. ¿Seguro que acierta?

Dejando de lado la imprecisión actual de los clásicos términos derecha e izquierda, a su partido lo sitúa en posición de ventaja, ya que pretende apropiarse del amplio ámbito de centro y, además, de la izquierda no populista de la vicepresidenta segunda. O sea, España dividida en dos bloques y él en el bloque moderado. No sé si este hombre vive en la realidad, ni siquiera en la percepción de esa realidad que tienen hoy los españoles.

Otro detalle no menor es que da por liquidado a Podemos, y en esto probablemente lleva razón

En segundo lugar, detengámonos en algunos otros detalles relevantes. ¿Dónde sitúa a los nacionalistas catalanes y vascos que tan decisivamente influyen o determinan las actuales políticas de su gobierno? ¿En qué bloque los coloca? Imagino que en el suyo, como hasta ahora, desde la moción de censura que lo elevó a la Presidencia. Si es así, ¿por qué los esconde?

Otro detalle no menor es que da por liquidado a Podemos, y en esto probablemente lleva razón, pero no puede olvidar que en su Gobierno hay cinco ministros vinculados a Unidos Podemos, ese extraño magma que quizás se distingue de Podemos a secas, pero que es percibido por el elector medio como una única formación política. 

Por último, a ello dedicaremos el resto de este artículo, menciona al impreciso «espacio de Yolanda Díaz». ¿Qué es eso? ¿Qué posibilidades tiene de formarse, actuar como una fuerza autónoma y obtener un apoyo electoral digno? Veamos. 

Los sondeos confirman esta impresión al situarla desde hace meses como la política —incluyendo también a los hombres— más valorada 

La envergadura política de Yolanda Díaz ha ido creciendo con el tiempo y últimamente ha llegado a una altura más que notable. Quizás su papel negociador en el difícil trance de la reforma laboral ha sido su mayor logro, aunque también lo ha sido la complicada gestión de su ministerio durante el prolongado estado de alarma. Quizás su nota más distintiva es que pertenecía a Unidas Podemos, pero no era de Podemos, ni orgánicamente —es del PCE— ni por mentalidad y manera de hacer. Dediqué un artículo a explicarlo en octubre pasado. Eso ha dado un tono distinto, no solo a su actividad como ministra, sino en otras intervenciones suyas, especialmente cuando pasó a ser vicepresidenta sucediendo a Pablo Iglesias y con el acuerdo —incomprensible— de este.

Por tanto, Yolanda —permítame, señora, que así la llame— se distinguía claramente de las ministras Montero y Belarra, así como del ministro de Consumo, Alberto Garzón. Se distinguía especialmente en que era competente en su parcela de ministra de Trabajo, con una larga experiencia como abogada de este ramo, no era populista, ya que hablaba sin ningún tipo de demagogia, era pragmática en su labor política diaria —el mejor ejemplo es su acuerdo con sindicatos y patronal en la reforma laboral— y no se metía nunca en esferas que no fueran de su competencia. Lo contrario de Pablo Iglesias. 

Se podía estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que proponía, pero no se puede poner en duda que practicaba una política para adultos, la que propone Mariano Rajoy en su último libro. Los sondeos confirman esta impresión al situarla desde hace meses como la política —incluyendo también a los hombres— más valorada.

En definitiva, Yolanda está capacitada para encabezar una fuerza política, tiene dotes de liderazgo, con pocas palabras expresa de forma clara lo que piensa sobre una determinada cuestión y es respetada hasta por sus adversarios políticos, cosa nada frecuente en la política española en estos últimos tiempos. No hay duda, por tanto, que se trata de una mujer con una reconocida y relevante personalidad. 

El problema, sin embargo, no está en ella sino en su «espacio», en su espacio político, el cual es más que incierto. Hay dos cuestiones a dilucidar: a quién dirigirá su mensaje y con quién. El espacio del Podemos de 2015 ha disminuido claramente, ello se comprueba por los resultados electorales, en descenso de forma alarmante desde entonces y con perspectivas de una posible desaparición. 

El reciente episodio de las próximas elecciones andaluzas desacredita este espacio de Podemos y llega hasta la caricatura. Según ha escrito en ‘The Objective’ Teodoro León Gross, experto en esta comunidad y de probada solvencia periodística, el espacio de izquierda que antes agrupaba, más o menos, Unidas Podemos, presenta tres listas electorales en Andalucía con 11 marcas y un puñado de satélites. Ahí van: «Por Andalucía» (Más País, Podemos, IU, Equo y dos más), «Adelante Andalucía» (Anticapitalistas ex-podemitas de Teresa Rodríguez y Kichi, y tres más) y «Andaluces Levantaos» (Andalucía Por sí, Andalucía entre todos, Ganemos Chiclana y cuatro más).

Esto no es serio y, si en el resto de España sucede más o menos lo mismo, no es el espacio al que debe dirigirse el mensaje de Yolanda, ni los partidos, grupos, grupitos y dirigentes con los que debe contar. El «espacio de Yolanda Díaz» al que se refirió Pedro Sánchez debe ser uno nuevo y distinto, aquel en el que goza de un merecido prestigio. Para este debe presentar un mensaje coherente con su comportamiento como ministra y vicepresidente. 

Pero resulta que este espacio puede ser seguramente el mismo que el de Pedro Sánchez, el de un PSOE renovado y libre de las cargas que han defraudado a muchos de sus votantes desde la desdichada moción de censura, por la necesidad de agarrarse a los apoyos de nacionalistas independentistas y de populistas. El problema, pues, no es solo de Yolanda, sino también de Pedro, quizás aún en mayor medida, quién para ser presidente del Gobierno se metió en un laberinto del que no ha encontrado todavía la salida. Seamos serios.