Al despertar, el lehendakari seguía allí

Al fin, divisé mi salida en la autopista y, al cambiar de carril, me encontré a su derecha. Al verme, me hizo señas apremiándome para que no me separase de los demás, porque estábamos muy cerca del final. Le contesté: “Es que yo ya he llegado”. Y para no pecar de descortés me despedí: ¡Adiós lehendakari, fue hermoso mientras duró!

Ayer tuve un sueño. Soñé que me encontraba en un sueño del lehendakari. Él conducía al pueblo a través del desierto y cientos de miles de vascos le seguían.

Pero ése era su sueño; no el mío. En mi sueño, yo conducía mi coche por la autopista y él, el suyo, justo delante de mí. Nos seguía una muchedumbre; de eso no me cabe duda, pues yo también la veía por mi retrovisor. Nunca me han gustado las aglomeraciones, ni tener muchos seguidores; como un día en que, siendo más joven que ahora, los grises me siguieron por varias calles y me alcanzaron.

En nuestro sueño, todo transcurría muy despacio y el lehendakari se impacientaba. Él quería ir más aprisa para llegar a la luz que divisaba al final del túnel. Pero le cerraba el paso toda una división de ‘carros’ en formación de a dos. El lehendakari se dirigió a ellos con innegable arrojo: “No lograréis destruir mi sueño”. Yo, desde mi propio sueño, le avisé: “Pero hombre de Dios, que sólo son domingueros, atrapados como nosotros en un atasco y lo único que van a destruir es el embrague”. Pero él impaciente tocaba el claxon y clamaba: “Los vascos y las vascas tenemos derecho a decidir nuestro destino y cuándo llegaremos”. Hasta que alguien le gritó: “Cállate ya, pesado”.

Al fin, divisé mi salida en la autopista y, al cambiar de carril, me encontré a su derecha. Al verme, me hizo señas apremiándome para que no me separase de los demás, porque estábamos muy cerca del final. Le contesté: “Es que yo ya he llegado”.

Y para no pecar de descortés me despedí: ¡Adiós lehendakari, fue hermoso mientras duró!

A medida que me alejaba de él, su sueño se fue soltando del mío, hasta quedar convertido en un reflejo en el parabrisas. Yo seguí conduciendo mi coche y el sueño me condujo por otros derroteros.

Luego desperté: pero el lehendakari seguía allí.

Aunque ya no era el mismo.

Ni, por consiguiente, tampoco era lo mismo. Al menos, eso espero.

Ainhoa Peñaflorida, 31/3/2009