DAVID GISTAU-El Mundo

VOY A prolongar una reflexión de Rafa Latorre que él me ha pisado vilmente. Aunque advierto, por si acaso luego el texto me sale mal, de que mi intención no es escribir una exaltación patriótica. Un perezoso cosmopolitismo transfronterizo, concepto, éste, que irrita especialmente a los castizos del rebrote soberanista, me parece la única forma elegante de sobrellevar las vocingleras arengas con las que nos conmina lo mismo un extremo que el otro. Llevo tiempo diciendo que Occidente empezó a perderse –de nuevo– cuando los anaqueles de las librerías se llenaron de títulos imperativos entre puntos de exclamación. Desde entonces, no ha dejado de gritarnos alguien, vayamos donde vayamos, para reclutarnos en una u otra unidad de destino en lo universal. Esto es como llevar todo el día al sargento de La chaqueta metálica pegado detrás, hasta en el súper.

No obstante, comparto la hartura de Rafa cuando se quejó el otro día de que el autoodio a la española es el fondo musical de nuestras existencias. Ese constante flagelarse de los mortificados que, abocados por el fatalismo de Cánovas, son españoles porque no pudieron ser otra cosa. Somos como el público de Las Ventas: si no te enojas es que no entiendes, sólo te acredita ponerlo todo a parir. No se trata sólo de que el complejo de culpa posfranquista haya impedido levantar una identidad carente de vergüenza frente a los salvoconductos progresistas del nacionalismo. Fíjense en las cosas que se publican y comprobarán que no hay día en que no salga una encuesta, un estudio o la opinión de un experto que, siempre en términos comparativos con otras naciones, inocule de a poco a los españoles la idea de que son los más tontos, los más fracasados, los más drogadictos, los menos honestos, los que menos producen, los que más agreden a sus mujeres, los que tienen un Estado fallido y una intelectualidad fallida, de tercera, en todo somos de tercera división, parece ser. Insisto en que no me voy a poner a hacer un elogio a lo coros y danzas, pese a las cosas hermosas y las personas decentes y competentes con las que me encuentro a diario en España. Pero voy a adaptar el cliché para decir que no sólo el nacionalismo se cura viajando, también el complejo de inferioridad. Si saboteamos mediante el autoodio cualquier posible sentido de pertenencia, cómo va a extrañarnos luego que surjan supremacismos que se comportan como una secta que tuviera escondida en el granero una nave espacial para que los elegidos huyan de España.