JOSEP PIQUÉ-El Mundo

El autor destaca el compromiso de Josep Borrell, ministro de Asuntos Exteriores, con el constitucionalismo ante el desafío catalán y repasa algunas de las prioridades de la política exterior española.

VAYA POR DELANTE mi más sincera felicitación a Josep Borrell, nuevo ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación del Reino de España. Cualidades profesionales y políticas no le faltan. Su extenso currículum le avala más que sobradamente. Y tampoco le falta coraje político y valor cívico, como ha demostrado en sus posiciones pasadas y recientes sobre el desafío anticonstitucional del separatismo catalán. Recuerdo, en este sentido, una anécdota que me contó hace unos meses (cuando ambos recorríamos los medios de comunicación para publicitar un libro del que somos coautores junto a Francesc de Carreras y Juanjo López-Burniol, titulado Escucha España, Escucha Cataluña).

Tal anécdota (que podemos elevar a categoría) se refería a lo que le dijo en su día Jordi Pujol, cuando estaba en el apogeo de su poder y no había caído aún en la ignominia de dejar de ser honorable. «Vd. Borrell ha nacido en Cataluña, pero catalán no es». Clarísima expresión de la concepción excluyente del personaje y de la ideología nacionalista: sólo puede ser catalán el catalán nacionalista. Y los resultados de todo eso están ahí: un profundo desgarro interno de la sociedad catalana, que está provocando heridas que serán muy difíciles de suturar (y como el propio Borrell, dirigiéndose a Miquel Iceta, le recordaba: antes de cerrar las heridas, hay que desinfectarlas…), la decadencia económica y cultural, o el profundo daño a la imagen de Barcelona, entre otros muchos costes.

Pero para el independentismo (de clara raíz supremacista, es decir, racista y xenófoba, como explicita con meridiana claridad el presidente títere, Quim Torra, personaje que merecería el desprecio en cualquier país europeo y en cualquier demócrata), un catalán de La Pobla de Segur (como un catalán de Vilanova i la Geltrú, como el que suscribe), solo puede ser catalán si renuncia a ser español y europeo. Como si las identidades fuesen excluyentes. Afortunadamente, más de la mitad de los catalanes desean seguir compartiendo identidades. Sin conflictos íntimos. Desde la libertad, la igualdad, la convivencia y la defensa cerrada, y sin fisuras de las sociedades abiertas. Ya sabemos que el independentismo étnico jamás aceptará tal obviedad. Es lo que tiene pertenecer a una secta: sólo quiere verse lo que uno quiere ver, aunque las evidencias en sentido contrario, sean abrumadoras. Todos los movimientos políticos de vocación totalitaria han cultivado el acriticismo. Y la represión cuando alguien osa salirse del dogma. Y Borrell, como muchos otros, jamás se ha resignado a dejar de combatir el dogma. Y todos los catalanes que nos sentimos españoles y europeos le debemos gratitud. Como a tantos otros que, desde la política o, sobre todo, desde la sociedad civil, y desde posiciones políticas distintas, han tenido el valor y la decencia de rebelarse contra una presión política, social y mediática asfixiante.

Pero, además, quisiera referirme a su nueva y crucial responsabilidad como máximo responsable de la política exterior de España. Es verdad que, desde hace ya mucho tiempo, la política exterior se ha «redistribuido» no solo entre los diferentes miembros del Gobierno (incluyendo, por supuesto, y en primer lugar, al primer ministro), sino también entre los diferentes actores políticos y sociales, en sentido amplio. Los embajadores de la Marca España son un buen ejemplo de ello.

Sin embargo, es al Ministerio de Asuntos Exteriores a quien corresponde la adecuada coordinación de todo ello, el impulso político y, sin duda, la representación ordinaria, frente al exterior, de las posiciones de nuestro país en el nuevo y complejo escenario geopolítico que, como intento esbozar en mi reciente libro El mundo que nos viene, requiere de claridad de ideas, un acertado diagnóstico y una adecuada ambición, que desde el realismo derivado de nuestro peso específico no adolezca de falta de iniciativa y de voluntad de estar presentes en ese mundo que nos viene. Y España tiene mucho que decir. Particularmente en Europa, que es nuestro ámbito natural. Especialmente, en unos momentos en los que nos estamos jugando la propia continuidad de la idea de Europa como proyecto político. Y España, en mi opinión, la de un europeísta convencido y de un antiguo ministro de Asuntos Exteriores, debe jugar, ahora de forma más nítida que nunca, un papel proactivo y claramente propositivo. No se trata de acompañar a Francia o de no contradecir a Alemania. Se trata de empujar a Europa en la dirección que más nos interesa. Europa (su concepto político) es vital para todos los europeos. Pero si para alguien eso es especialmente cierto es para los españoles y para España. Y poner todos nuestros activos en ese empeño: desde nuestra relación con el mundo iberoamericano a nuestra proximidad al norte de África. Es decir, nuestra proyección histórica hacia el Mediterráneo y hacia el Atlántico. Y hoy eso pasa por apoyar, ampliar y proponer medidas en la línea de lo que defiende Francia, la Comisión Europea y el Parlamento Europeo. No acríticamente, sino partiendo de la necesidad de que Europa recupere su pulso europeísta. No podemos dejar a Francia aislada y a Alemania prisionera de sus propios límites internos y, en buena medida, psicológicos. Y con la desafección de Italia, el alejamiento de Holanda y los países nórdicos, o la rebelión de los países de Visegrado, nos toca jugar un papel esencial. Dejar de ensimismarnos en nuestros propios problemas (entre otras cosas, porque podrán tener solución en el marco europeo, como nos decía el gran Ortega hace ya más de un siglo) y proyectarnos al exterior de una manera decidida. Y nuestro nuevo ministro tiene todas las capacidades y toda la credibilidad europeísta para hacerlo. Desde una visión global y abierta. Y si me permite un modesto consejo, que estoy seguro que aceptará complacido: cuente para ello con nuestros magníficos diplomáticos. España es lo que es, gracias entre otras muchas cosas, a nuestros magníficos funcionarios y a los grandes Cuerpos del Estado. Nuestra diplomacia es de primer nivel y su sentido de Estado está por encima de las legítimas alternancias políticas.

Es el bien de España lo que les motiva. Como a Josep Borrell. Suerte y aciertos.

Josep Piqué es ex ministro de Asuntos Exteriores y autor de El mundo que nos viene.