David Gistau-El Mundo

DISCULPEN si este artículo resulta repetitivo después de otro que trató el posado deportivo en Moncloa, pero es que estoy irremediablemente fascinado por la construcción urgente de un Kennedy a partir de un Sánchez, atentado de Dallas excluido, espero, que los asesores se me vienen arriba y nunca se sabe. Excluyamos también el priapismo y a Marilyn, que no es cuestión de reventar hogares recién salidos de la clase media. Excluyamos, ya de paso, el historial militar, las condecoraciones al servicio en el frente, que no es cosa que en la socialdemocracia tenga la misma acogida que en esos ámbitos de la política norteamericana donde perpetúan el prestigio romano del patricio que sirve al Estado lo mismo en el Senado que en el campo de batalla.

Como, además, y a diferencia de lo que ha ocurrido a algunos compañeros, ningún bandazo editorial me obliga a acreditarme como el Norman Mailer de este Camelot pasado por la Guindalera, puedo observar con cierta distancia irónica este book que le están confeccionando a Sánchez para que lo pasee por los cástings para postularse como galán apto para todo tipo de papeles en películas de acción, incluyendo el de agente secreto o el de presidente norteamericano capaz de tomar los mandos del Air Force One en caso de ataque terrorista, como Harrison Ford.

De las últimas imágenes filtradas, que corresponden al interior del avión presidencial, donde Sánchez despacha con un asesor elegido entre los menos agraciados para que no opaque su bizarría de comandante en jefe, el detalle maravillosísimo es el de las gafas de sol. Se nota que no ve un carajo pero que tiene que aguantar con ellas puestas lo que dure el posado porque los presidentes americanos más conocidos por su atractivo personal las llevaban sin rechistar. Sin embargo, no acaban de encajar con naturalidad, tememos estar ante un caso de conjuntivitis o de operación reciente contra la miopía, y no ante la revelación estética de un Kennedy/Obama a la española.

Temo que la llegada del verano tenga a los asesores de Moncloa localizando exteriores para encontrar el Martha’s Vineyard del sanchismo, así como una hermosa lancha con la bandera nacional a popa en la que admirar la pericia de nuestro timonel, esta vez con la camisa algo desabotonada, así como la reciprocidad cariñosa con su Jackie, que acaso mezcle, al atardecer, unos negronis en el porche para recibir a alguno de los nuevos rapsodas del Camelot sanchista, que tanto insulto deben todavía hacerse perdonar.