Cataluña, ¡barra libre!

TEODORO LEÓN GROSS – EL MUNDO – 25/03/17

Teodoro León Gross

Teodoro León Gross

· ¿A quuién podía sorprenderle que el Parlament, por usar la síntesis de La Vanguardia en portada, apruebe el referéndum en el presupuesto desoyendo a sus propios juristas? Después de las condenas a Mas, Ortega y Rigau, además de Quico Homs en el Tribunal Supremo, con las interpretaciones más benévolas imaginables, apenas unas inhabilitaciones cosméticas que no merman sus expectativas políticas, el grito más allá del Ebro habrá sido unánime:

–¡Barra libre!

Por las mismas, claro, han dinamitado también las reglas de juego parlamentarias para dar curso a las leyes de desconexión mediante un procedimiento abreviado con un desahogo bananero que retrata la dimensión democrática de sus promotores. La ley es la última de sus preocupaciones. De Mas abajo, raro es el líder que no ha pronunciado esta frase tan pedagógica: «cumpliremos sólo aquella leyes que nos parezcan justas». La ley, a partir de ahí, no emana de la soberanía popular, sino de la sede de JxSí. Y la CUP, claro. Lo tienen fácil. Claro que si la ley no se hace respetar, difícilmente iban a respetar ellos la ley.

Por supuesto la solución será política, no judicial –lo del presidente del Tribunal Constitucional es una perogrullada–, pero la política no puede ser una coartada para la ilegalidad. Aceptando las torpezas y miopías de los gobiernos centrales, resulta definitivamente imposible hacer política con quienes han decidido actuar al margen de la ley. Es más, los pilotos del prusés incluso han llegado a creer que las condenas, lejos de dañar su imagen, podían incluso elevar su prestigio. Algo así sentirían en su paseíllo camino de los tribunales, como héroes. Y no le falta sentido. Si nos los ha liquidado el 3%, ¿por qué iba a erosionarles el banderismo?

Claro que la ley es irrelevante, el problema es que la verdad ni siquiera. Ya no se trata de mentir sino de banalizar la verdad, como sostiene Harry Frankfurt. Todo vale. Y tras el Brexit, sus efectos son prometedores. Basta ver los fetiches retóricos de los indepes, al borde del infantilismo, que compran incluso las élites intelectuales. «¡Votar es democracia!». Naturalmente se excluye el pequeño detalle de dentro de la ley. «¡Vía escocesa!». Comparar Escocia en el Reino Unido y Cataluña en España es de una ignorancia absurda. «¡Se niegan a dialogar!». Llamar diálogo a un único punto condicional es una mala broma; y de hecho se les ha invitado al Senado, pero exigen que no sea diálogo, sino un discurso. Y suma y sigue. Con la mentira, según el viejo proverbio, se puede llegar lejos; lo difícil, por supuesto, es regresar.

La dirigencia de Cataluña ha aprendido bien el negocio de la deslealtad. Se culpa al Estatut de la ruptura –es la coartada oficial–, pero los datos del referéndum evidencian que no es así. Esto ha sido un proceso de adiestramiento empleando décadas en preparar a los soldados del califato almogáver desde las aulas y los medios. Hay literatura sobre esa orfebrería del odio; caso de 1979-2006. Historia de la resistencia al nacionalismo en Cataluña, de Antonio Robles.

Y la espoleta, más que el Estatut, fue la crisis. En otras comunidades pasó factura pero en Cataluña se reconvirtió en Espanya ens roba. Eso funcionó. Esta semana, mientras diferentes dirigentes españoles y latinos reprochaban a Dijsselbloem su calentón, el convergente Ramón Tremosa le animaba a atacar a España. Su lógica era simple: quizá Dijsselbloem sea un hijo de puta, pero nos sirve como hijo de puta. No hay más realidad. La pedagogía del diálogo leal puede resultar brillante, con un pequeño inconveniente: es mentira.

TEODORO LEÓN GROSS – EL MUNDO – 25/03/17