Constitución, ¿para qué?

ANTONIO ELORZA, EL CORREO – 06/12/14

Antonio Elorza
Antonio Elorza

· Hay un aspecto del episodio del 9-N que ha pasado desapercibido y reviste cierta importancia. Me lo recordaba hace unos días el veterano historiador Miguel Artola, con quien suelo encontrarme cada cierto tiempo para probar kubak en restaurantes chinos e intercambiar opiniones. Se trata de que las decisiones del Tribunal Constitucional –y entre ellas está lógicamente la de suspender un acto como el del «proceso participativo» o seudo-consulta catalana– se encuentran no solo por encima de la voluntad política del president de la Generalitat, sino también de la capacidad de decisión del presidente del Gobierno.

Lo que éste tiene que hacer es cumplirlas, sin ponerse a pensar si le van a sentar mal a alguien. De haber tenido esto en cuenta, es decir, la posibilidad de que proceder a la suspensión irritase a la Generalitat y ocasionase mayores conflictos, lo más razonable era dejar las cosas como estaban. De la misma manera que una vez sometido a la burla de que Mas no lo organizó todo pero sí asumió la responsabilidad y el triunfo, mejor era no entrar en una batalla menor, con las inculpaciones que en el mejor de los casos convertirán al líder catalán en víctima del feroz centralismo español y en paladín indiscutible del proceso de liberación nacional.

Con toda seguridad la lección ha sido bien aprendida. Rajoy lo confió todo a la defensa de la Constitución, a modo de muralla china contra la cual los bárbaros iban a estrellarse inevitablemente. Y cuando llega el conflicto, con el Tribunal Constitucional en primera línea, la Generalitat hace cuanto se le antoja, ignorando olímpicamente la suspensión. Según cabía esperar, los tratos en la oscuridad, con el señuelo de una Generalitat que estaba dentro y aparentemente fuera, solo sirvieron para ganar tiempo y celebrar toda la representación, cuyo doble objetivo era mostrar la voluntad política del pueblo catalán, superar cualquier barrera que pudiera oponerle, y denunciar el carácter antidemocrático del Gobierno de España al negar el ‘derecho a decidir’. Objetivos plenamente logrados. Solo falló el resultado cuantitativo, del cual cabría deducir que no existía el aplastante dominio del independentismo y que existía un espacio político desde el cual poner en marcha la defensa de la Constitución (y su reforma).

Eso sí, a este efecto, era imprescindible una política de explicación, no necesariamente a cargo del presidente, que incluyese la denuncia de una actuación política, la de la Generalitat, entregada a aplastar cualquier opción que no fuera la suya, culminando en las dos preguntas, verdadero atentado contra la democracia por impedir que en cualquier caso triunfara el rechazo a la independencia. Y había necesidad de expresar algo parecido a una oferta política, no a Mas ni a Junqueras, pero sí a los catalanes. La idea de independencia había progresado enormemente en la sociedad catalana desde septiembre de 2012. Todos los catalanes tenían y tienen derecho a esperar que el presidente del Gobierno español, todavía hoy su gobierno, asuma sus problemas y sus aspiraciones, incluso para corregirlas y en su caso rechazarlas.

La consecuencia es bien dura: Rajoy carece del menor atisbo de pensamiento político sobre el tema. Como apuntaba mi maestro, el historiador José Antonio Maravall, para los conservadores gobernar es resistir, pero en situaciones críticas el enroque no basta. En términos futbolísticos, un equipo está condenado a perder si lo confía todo a encerrarse en la propia área y renuncia totalmente al contraataque. El adversario puede ser torpe, cargarse de faltas, no tener disparo, pero acabará venciendo.

Es lo que bien puede suceder en Cataluña. Más aun cuando llegado el momento en que el rival emprende la ofensiva, como en el 9-N, la defensa se abre y le deja pasar. No hay que cambiar nada, proclama Rajoy, con defender la Constitución se resuelve todo, y luego cuando llega el momento de aplicarla la olvida para jugar a la apuesta perdedora de un falso diálogo. La euforia de Mas estaba justificada, como la del delantero que viene echándolo todo a perder y de repente tropieza con el fallo inesperado del defensa. Aquellos que le criticaron al anunciar su alternativa a la consulta, Junqueras, Iniciativa per Catalunya, se rinden ante su inesperado acierto.

De esta manera, la baza de una apertura a la opinión, aprovechando el carácter reformable de la ley fundamental, queda totalmente anulada. Al lado de la propia convicción independentista, el error estratégico de Rajoy ha puesto a Mas en el disparadero de la carrera hacia la ruptura. No puede ya volver atrás, y el único obstáculo ante su hoja de ruta es la desfavorable actitud de la Unión Europea, con la consiguiente expectativa de un gran precio económico a pagar. Claro que Rajoy puede rectificar, echar mano del artículo 155, apoyarse de nuevo en el Constitucional; solo que ahí queda el precedente de que cuanto hizo la Generalitat se quedó sin respuesta desde un orden normativo, el texto de 1978, base de ambos poderes. Así que adelante, y el único problema parece residir en la fórmula de coalición independentista de cara a las próximas elecciones ‘plebiscitarias’.

Por fin, el PSOE juega a la equidistancia. También sin ideas. La frase de Pedro Sánchez difícil de superar: «Mas fractura políticamente el Estado y Rajoy lo hace con la sociedad española». O algo así. Qué más da lo uno que lo otro. Sánchez se opuso a la consulta y a la pseudoconsulta, mientras el PSC, por decisión de su líder Miquel Iceta, anunció que los suyos la respaldarían en la práctica al proporcionar los locales para su celebración. En realidad, para no romper puentes con el PSC, el PSOE sigue al PSC, del mismo modo que para no enfrentarse a sus soberanistas, la dirección del PSC les deja la iniciativa. Y la alternativa federal, tan necesaria de explicación, en el limbo.

ANTONIO ELORZA, EL CORREO – 06/12/14