Crisis en la crisis

FUNDACIÓN PARA LA LIBERTAD 14/01/14 · EDUARDO (TEO) URIARTE

Eduardo Uriarte Romero

Eduardo Uriarte Romero

· No creo que hubiera habido otra manera mejor de titular este trabajo, rememorando aquel otro de Debray, “Revolución en la Revolución”, al considerar que ambos planteamos nuestras tesis sobre un mismo concepto previo de las  que parten. Puesto que si a finales de los años sesenta el teórico francés de la revolución, pletórico de entusiasmo, intentó reflexionar sobre  el futuro de la izquierda, integrando una revolución sobre otra, ahora, en circunstancias opuestas, ensayo sobre la realidad cercana y doméstica de una izquierda en crisis cuando no había superado la anterior.

Sin embargo, habría que advertir que lo que Debray acabó erigiendo con su obra no fue tanto un diseño de futuro para la izquierda –que fracasó- sino el referente del final de una etapa en el que el proceso de expansión y radicalización de la izquierda se apagaba. Ello dio lugar a un nuevo tiempo en el que se volvía a promover el pacto político, época  de reforma, y  de hegemonía de la socialdemocracia en el ámbito de la izquierda –agotándose la épica del guerrillerismo y del mayo francés de la que Debray partía, y derivando en el populismo las opciones revolucionarias de Latinoamérica-. Frente a la opción radical de Debray lo que se afianzó fue la regeneración de la socialdemocracia, una etapa de hegemonía de esta opción a partir de su reafirmación en la convivencia democrática frente a la vía revolucionaria enunciada.

Si en general la socialdemocracia está en crisis, su versión española, el PSOE, suma a las causas generales que padecen sus partidos hermanos europeos las circunstancias particulares de una deriva hacia el izquierdismo promovida por su anterior secretario general. Deriva traumáticamente sacudida cuando instancias exteriores le hicieron a  Rodríguez Zapatero palpar la realidad y ubicarle en el contexto occidental, obligándole en el área económica a asumir los dictados que tanto conservadores como socialdemócratas europeos le imponían, lo que le llevó a su despedida prematura en el seno de una multiplicada crisis.

La crisis del estado español, con el nacionalismo catalán en plena ofensiva hacia la secesión, el renovado encuentro entre el PNV y Sortu en el País Vasco, unido a ello el deterioro que la corrupción produce en los tres engranajes fundamentales de sistema, en la familia real, en el PP y en el colectivo socialista, UGT y partido, encuentra en el socialismo el engranaje más deteriorado y apunto de quebrar, lo que llevaría al desastre a todo el sistema político. Incluso no es ajeno a tal desplome del Estado que en la búsqueda de la superación de su propio futuro haya sido el socialismo el que haya puesto en marcha políticas que se han comportado como minas retardadas para la estabilidad política.

Fue él mismo el que colocó en el disparadero del radicalismo al nacionalismo catalán tras dos gobiernos tripartitos en aquella comunidad, expulsando al monte a CiU, y promocionando un nuevo estatuto inconstitucional. O, también, impulsando a todo el nacionalismo vasco mediante las conversaciones de Loyola, origen del actual protagonismo de Bildu, y la prolongada, publicitada, e internacionalizada negociación con la propia ETA desde el 2002 al 2007. Posiblemente, sin estas actuaciones de simpatía con los radicalismos nacionalistas el Estado no estaría en crisis tan profunda, pues éste mostraría con un PSOE institucional, como el de tiempos de González, mucha menos vulnerabilidad. Si a ello en estos momentos sumamos que la demanda de reforma constitucional realizada por los socialistas se hace sin espíritu constituyente, más por labor de oposición y solución de sus contradicciones internas que por dotarnos de un nuevo tiempo de convivencia, la situación puede llegar a ser explosiva.

Es necesario insistir sobre la necesidad de curación del PSOE porque de ello depende la estabilidad de nuestro Estado. Es cierto que otras piezas claves padecen un serio deterioro, pero la transformación producida en este partido le ha convertido, de ser un elemento fundamental del sistema, en un cáncer del mismo. Por ello, es necesario que vayamos a la tarea.

La crisis del socialismo español

Dos crisis, una sobre otra, han dejado de manifiesto la orfandad ideológica de la izquierda,  más o menos patente en función de los diferentes países. En el caso del socialismo español, devuelto a la oposición, su crisis se evidencia en el radicalismo izquierdista adoptado, una evidente huida hacia delante. En este momento las alternativas de izquierdas se han quedado huecas, su discurso mucho más testimonial que realizable, y, en general, la socialdemocracia sin el papel estratégico que obtuvo tras la Segunda Guerra Mundial. Aunque, curiosamente, en Alemania, allí donde el muro se cayó, perviva la cultura del pacto debido a la fuertísima y cercana experiencia trágica que los alemanes tienen sobre los tremendos males que suelen acarrear los radicalismos, hijos de la demagogia sectaria.

En España el socialismo está en una profunda crisis, precisamente, donde, por el contrario que en Alemania, se desentierran junto a los muertos la guerra que la izquierda perdió, como si esa izquierda intentara  emprenderla setenta años después, incluso ganarla. Ganarla, y no recordarla para sacar las conclusiones que utilizaron los protagonistas de la Transición con el fin positivo de alcanzar la convivencia política. Ahora el fin es ganarla. Sin pararse a pensar en lo horrendo que es una guerra civil. También ganarla, pues ello suele conducir a la dictadura. O incluso, en coherencia con lo anterior, por si el ganar la guerra del treinta y seis no fuera posible, se rechaza la amnistía del setenta y siete y la Transición a la búsqueda de algo más revolucionario.

 Esta manera de mirar el pasado emotiva, para desatar odios, y ajena a cualquier voluntad de encuentro, como en la Transición, demuestra no sólo la inmensa enajenación que esa izquierda padece al  intentar vivir y ganar aquellos acontecimientos, volver la historia el revés, partir a un pasado impredecible, poniendo en valor la propia guerra, sino también un revanchismo en contra de la convivencia. Un mecanismo, la instrumentalización política del pasado en el que el nacionalismo catalán puede alcanzar la panacea al transformar una guerra dinástica, la de Sucesión, en una guerra nacional, y sumar a ésta la civil del treinta y seis.

Aquí, esta izquierda, profundamente influida por el anarcosindicalismo, hija de un espontáneo obrerismo sentimental, conmovedor pero romo de pensamiento, se ha refugiado en el reducto de la maldad de la derecha cavernícola española, a la que atribuye, casi siempre con exageración, todos los vicios reaccionarios. Consecuentemente, no llega ni al análisis de su naturaleza, pues todo en ella es malo y condenable por principio, argumento suficiente para la movilización, pero absolutamente peligroso si de lo que se trata es de hacer pervivir la política, la convivencia democrática, y mantener la imprescindible capacidad de racionalización. Racionalismo, que era lo que identificaba la socialdemocracia de obrerismos más o menos espontáneos.

Esa ausencia de pensamiento de nuestra izquierda, dedicada en exagerar las maldades de nuestra derecha, le impulsa a asumir ideologías radicales, no democráticas, antagónicas con un necesario republicanismo liberal, similares en su enfrentamiento al sistema, por su sectarismo y radicalización, al de los nacionalismos periféricos. Los cuales, si durante la dictadura de Franco disfrutaron de la solidaridad y compresión de esa izquierda a causa de su represión, gozaron, también, de cierta justificación ideológica desde la izquierda por causa de una dictadura que camuflaba los detalles fascistas que ya para entonces apuntaban, especialmente en el caso del vasco. Actualmente, como la izquierda tiende a alejarse de la convivencia democrática encuentra en el colmo de esa ruptura, en los nacionalismos, simpáticos aliados de aventura. Huérfana de ideología y política se deja llevar por el activismo nacionalista.

En los últimos tiempos, en democracia, la naturaleza antidemocrática de esos nacionalismos gracias al interés académico va saliendo a la superficie, pero la izquierda es incapaz de descubrirla y reflexionar sobre esa su naturaleza reaccionaria y conservadora (para enfrentarse con rotundidad). Por el contrario, queda seducida por ellos  al compartir la lucha contra esa derecha española malvada e, incluso, contra el marco de juego constitucional. Si la derecha española es el súmum de las reacciones no se ve otro tanto en las derechas caciquiles que acaudillan unos evidentes nacionalismos reaccionarios.

Este supino despiste tiene su origen en la orfandad ideológica que la izquierda padece desde que los bloques del Muro se abatieron, pero que aquí, conectando con la gran tradición anarquista, se acrecienta en un resurgir de posturas preconstitucionales. A la posición racionalista e institucionalizadora de la etapa de González ha seguido, sin que las entretelas del partido parezcan descoserse de momento, una actitud de ruptura del marco democrático, que enlaza con una tibia adhesión, si no rotunda, con los nacionalismos. Seducida ante la enunciación secesionista porque supone la ruptura radical con la derecha, sin ser muy conscientes que supone también la ruptura de la convivencia democrática -pues la democracia suma lealtades y los nacionalismos las enfrentan-, la izquierda muestra la carencia, refugiada en la maldad del PP, de los planteamientos ideológicos que en el pasado habían sido suyos, como el igualitarismo, internacionalismo, democracia constitucional, etc.

El intento del PSC de aparentar no estar ni con unos ni con otros en el tema de la autodeterminación catalana, aunque le otorgara todo tipo de pábulos y facilidades a la secesión desde el gobierno tripartito de aquella comunidad y con su equívoca postura actual, muestra a las claras la falta de compromiso constitucional. No hay que perder demasiado tiempo con lo que está a la izquierda del PSOE, pues en muchos casos abogan por la secesión sin que ello le suponga ningún problema a una izquierda preocupada por lo social y encabritada en lo político, como si lo segundo no tuviera que ver, error del anarquismo, no fuera determinante, con lo primero.

Por parte del PSOE se provocó un proceso de negociación con ETA que ha finalizado en la legalización del nacionalismo radical vasco anulando de facto la Ley de Partidos, en el encumbramiento electoral de los sucesores de Batasuna, y en el rechazo de actuaciones policiales como la detención de los abogados implicados en la trama de ETA. Es decir, saltando el Rubicón, pasando al lado subversivo.

El mismo PSOE no deja  de provocar el equívoco ante el problema catalán, a pesar de la necesaria manifestación de Rubalcaba (después de Rubalcaba, el diluvio) posicionando al PSOE junto al Gobierno frente a la autodeterminación promovida por los nacionalistas catalanes. Pero al emitir inmediatamente su partido, con la rotundidad que acompaña las intervenciones de la señora Valenciano ( y de otros muchos socialistas), su crítica al Gobierno por promocionar el “choque de trenes”, sin querer admitir que el nacionalismo periférico es el que lo está provocando, vuelve a colocarse en terreno de nadie. El 2choque de trenes” lo provocó primero  ETA, luego Ibarretxe y en la actualidad Mas. Esa necesidad de inculpar a la derecha de un problema que proviene del fracaso del Nuevo Estatuto Catalán y del Tripartito inaugurado por Maragall, resulta escandaloso, evita que el mundo de la izquierda analice el problema allí donde reside y descubra su naturaleza.

Utilizaba el antropólogo Mikel Azurmendi un magnífico ejemplo para entender algunos comportamientos humanos irracionales. Ese ejemplo se puede aplicar al socialismo español en su incapacidad de observar la realidad. En la misma Amazonía, no muy lejanas entre si, existen dos tribus, la primera conoce más de cien plantas medicinales con las que paliar sus enfermedades, la segunda no conoce ninguna, pero le echa a la primera tribu la culpa de todos sus males. Manera de sobrevivir en la cohesión grupal, pero condena a la tribu salvaje a perecer consolada en la maldad del vecino.

Posiblemente la radicalización del nacionalismo periférico no hubiera alcanzado estas cotas si la izquierda hubiera sostenido los planteamientos de unidad democrática que hicieron posible la Transición (hoy desacreditada por amplios sectores de ella), el encuentro imprescindible entre los grandes partidos de la derecha y la izquierda, aunque es necesario reconocer, también, que por parte de esa derecha los nacionalismos periféricos, otrora moderados, han recibido unos tratos privilegiados que finalmente les ha abocado  a una osada ruptura.

No es sólo, como bien plantea Francesc de Carrera, que la espiral de silencio haya provocado en dichos territorios la asfixiante hegemonía política de los nacionalismos, monopolio del discurso nacionalista ante la ausencia de relato político democrático, sino, lo más preocupante, que la inexistencia de Estado conduce al ciudadano, en su desamparo, al cobijo social que lo étnico, el tribalismo, le ofrece. Pues la inexistencia del Estado le impele al individuo al gregarismo étnico, y no digamos ya si a ello se añade la inexistencia de un relato democrático abandonado especialmente por la socialdemocracia, que prefiere comportamientos o discursos equívocos sustentados en identidades étnicas. El día que Rubalcaba se marche: el diluvio.

Cómo es el nacionalismo

Veamos muy somera y superficialmente cómo es el nacionalismo al que tan importante acompañamiento, si no asunción, ha hecho el socialismo español. El nacionalismo periférico está erigido sobre la épica historicista y un victimismo exagerado. Podemos prestar atención al discurso de los nacionalismos y descubriremos enseguida su enorme capacidad de seducción y persuasión, es capaz de presentarse amable aunque se haya liquidado a ochocientos inocentes, y llamar al Estado conculcador de los derechos humanos.

El nacionalismo resulta poético, encantador, pero sobre todo enajenante, pues es capaz de, movilizando los sentimientos y pasiones, en clave de las viejas religiones, arrastrarnos a la más aberrantes tropelías. Goza de la ventaja frente a la democracia, valedora del individuo, de que es un discurso arrebatador para masas, en el que el ciudadano es inducido al gregarismo, a la exaltación ideológica comunitaria hasta llegar, incluso, al fanatismo. Su persuasión se establece mediante la exhibición de su fortaleza, el monopolio en el discurso de la calle, en lo incuestionable de sus mitos, de su cultura, de su lengua, etc.. En su seno se ofrece la seguridad personal, y el formar parte de todo un pueblo anima a gestas históricas. Y una vez asumido se tolera con indiferencia la agresión al vecino para, incluso, pasar a promoverla.

Evidentemente, es una ideología conmovedora y perturbadora, si no, no se entendería que sus enormes disparates no se destaquen, no la autodestruya, como el hecho de que el actual alcalde de San Sebastián sea, precisamente, el que promoviera en su campaña electoral la separación de una parte de su municipio, Igeldo, sin que ello importara a sus votantes donostiarras. Pero en la práctica ese nacionalismo, avisando del régimen dictatorial que sobrevendría para expulsar mediante la autodeterminación triunfante a esos malos compatriotas que no asumen la secesión, resulta en estos momentos postmodernos escandalosamente brutal. Pues el “derecho a decidir” de Igeldo, propuesto por sus partidarios nada menos como modelo de lo que será la autodeterminación en Euskal Herria, se hace contra el resto de todas las fuerzas políticas, por decisión minoritaria, conculcando toda legalidad, y movilizando a los fieles para presionar y amenazar a la mayoría contraría en el salón del pleno del Ayuntamiento de San Sebastián. Probablemente sea cierto, como manifiestan sus promotores, que se trate del modelo del futuro ejercicio de autodeterminación para Euskadi.

Proceso reivindicado por todos los presos de ETA incapaces de cualquier análisis político que no sea la apología de lo que ETA ha supuesto y del sacrificio que personalmente han vertido para superar la opresión de los Estados español y francés, “el conflicto”, sobre Euskal Herria. Y la solución que proponen, ahora que no matan, es mediante la autodeterminación. No hay muertos porque no pueden matar, y la autodeterminación posee la ventaja de su aparente falta de crueldad. De momento. Y que no se tome nadie a broma el derecho a decidir de Igeldo, pues acaba violentando a los que se oponen.

Pero, además, en España el Estado de derecho es muy vulnerable ante opciones doctrinarias como las nacionalistas, lo que les da una enorme ventaja en el juego. No sólo porque sus gestores, los grandes partidos democráticos, carecen de un discurso que ponga en valor este Estado de derecho frente a las potentes ideologías separadoras, sino que la actuación judicial ante estos fenómenos, en un exceso de garantismo de naturaleza anarquista, es capaz de permitir cualquier agresión contra él mismo (fenómeno nada nuevo si observamos el ascenso al poder del fascismo y del nazismo en el primer tercio del siglo pasado).

Permítanme, en este sentido, un  breve comentario sobre la concentración y rueda de prensa en Durango de los sesenta excarcelados de ETA sin prohibición por parte del juez. Como necesario precedente hay que invocar que en su día el Tribunal Constitucional, una institución de naturaleza política, actuando como tribunal de casación, anuló la sentencia del Tribunal Supremo por la que se denegaba la legalización de Bildu (lo que constituye una gravísima intromisión). El Constitucional consideraba suficiente que la formación a legalizar declarara que iba a rechazar los actos terroristas si se cometiesen en un futuro (nada se exigió sobre los cometidos en el pasado e hizo la vista gorda sobre la continuidad que se producía de líderes de Batasuna en la nueva formación legalizada). El Constitucional no consideró necesario que Bildu condenara el terrorismo del pasado, por lo que fue esta institución la primera en facilitar el olvido.

Sin embargo, en el presente, sin ninguna prohibición judicial, los sesenta excarcelados de ETA, con cientos de crímenes de ese pasado por los que fueron condenados, pueden realizar una concentración con rueda de prensa, de la que surgen amplios titulares en primera plana, constituyendo un acto de legitimación del  terrorismo, aunque sea del terrorismo del pasado. Con el exclusivo mérito de ser expresidiarios por terrorismo se constituyen ante la opinión pública en plataforma para proponer al Gobierno cómo tiene que ser el futuro mediante el programa que difunden. Es cierto que el manifiesto va edulcorado con alguna reflexión positiva y algunas otras equívocas, pero se hace evidente que ese pasado, representado por los presos por terrorismo, se presenta en público para dirigir el futuro. El mérito de los concentrados: el terrorismo ejercido en el pasado. El interés que posee: lo que manifiesten del futuro. La preocupación que genera: que sean condenados por terrorismo los que propongan un programa al Gobierno. ¿Y si éste no lo acepta?

El juez debe ser imparcial. Hubiera prohibido una rueda de prensa de los violadores excarcelados, o de atracadores si lo hubieran sido, argumentando alarma social, apología del delito, delito organizado en el caso de los atracadores, etc, porque, de hecho, la mera reunión de delincuentes para emitir su opinión y argumentos conlleva publicidad de los mismos, y con ello cierta legitimación social. En este mismo sentido el juez debiera haber prohibido la rueda de prensa de los delincuentes de ETA (delincuentes, pues mantienen sus antecedentes penales aunque hayan cumplido sus condenas), porque emitir argumentos sobre los delitos, o las causas que justificaron cometerlos, o presentar al Gobierno un programa para que no se vuelvan a cometer, no hubiera sido autorizado para otros delincuentes.

Lo que ocurre es que el juez no es ajeno a interpretar políticamente el acontecimiento, está contaminado políticamente. Asume, debido a la legitimidad que la dictadura pasada otorgó al delito político (que hoy no son delitos, pues fueron borrados por la amnistía que los progres  quieren abolir ahora), o la legitimación política que el largo proceso de negociación del Gobierno Zapatero otorgó a ETA, que el delito de los terroristas es de otra naturaleza, incluso que su naturaleza política es un eximente o excepción, cuando la naturaleza política del delito en una democracia debiera considerarse, por el contrario, como un agravante, por ir encaminada a la destrucción de la convivencia democrática. Por consiguiente su imparcialidad no sólo se vino abajo, sino que no tuvo en cuenta los agravantes que hacían necesario prohibir un acto que tanto titular morboso, y alarma social, han provocado. Nuestra democracia no es, precisamente, un sistema en el que sólo  el lechero perturba de madrugada el sueño, también algunos jueces están por la labor.

Se han repetido tantas veces ya las situaciones en el comportamiento de ETA y sus aláteres que el al final que se da por engañado es porque quería serlo. El apoyo del PNV a la prohibida manifestación a favor de los presos convocada por Tanta Tantaz se vio convertida en la manifestación prohibida, con los gritos de rigor de apoyo a ETA. Pero resulta que en el posicionamiento equidistante del PNV, de apoyar la existencia del conflicto, acusando tanto al Estado de derecho como a ETA de mantener el contencioso, es la palanca de la que se sirve el nacionalismo de Sortu  para acusar exclusivamente al Estado de ser el responsable de la situación, convirtiendo a éste en un arbitrario Estado represivo y antidemocrático con el aval del nacionalismo denominado moderado. Y, para colmo, el socialismo no deja de acusar al Gobierno central de responsable de la situación como lo demuestra el apoyo que en algunos ayuntamientos ha brindado a la condena de los arrestos de los abogados de ETA por orden judicial.

Todo esto en la versión vasca, la ruda, hacia la independencia, ¿pero qué decir de la ampulosa comedia, que puede perfilarse como tragedia, producida por la Generalitat nacionalista catalana?. No hay que fijarse más que en la doble y complicada pregunta que esperan presentar en plebiscito, donde la regla fundamental para un acontecimiento de este tipo, la claridad, se ve conculcada, hasta el punto de que ningún ciudadano pueda votar contra la independencia. El tipo de pregunta diseñada nos da cuenta del nivel de la enajenación de los que otrora eran puesto como ejemplo del seny. Pero, además,  queda el contexto, como si no tuviera importancia, condicionando borrosa y antidemocráticamente la concepción de ese plebiscito: cómo se leen las respuestas a tan laberíntica pregunta, que quórum se considera necesario y qué mayoría para su toma en consideración, qué se hace en aquellos territorios donde el resultado sea de claro rechazo, cómo se interpreta la abstención… Y, ¿cómo y quién ha decidido que el censo se aumente hasta los dieciséis años de edad cuando en el resto de España para votar es necesario los dieciocho? ¿O qué es de la necesaria neutralidad de los poderes públicos cuando desde ellos mismos se hace la atosigante propaganda a la secesión, e incluso evita que medios de comunicación y ofertas contrarias se hagan valer ante la opinión pública? Evidentemente, esta manera de formular el referéndum de forma tan unilateral, arbitraria y caprichosa, demuestra que en ningún momento ha existido por sus promotores la menor intención de pactar la consulta con el Gobierno central. Conocen perfectamente  que la independencia no se consigue por vía democrática sino fáctica.

El esperpento político se acentúa cuando desde la misma Generalitat, buscando la faceta más falsa y amable de la secesión, se plantea que la separación es, precisamente, para fomentar, de igual a igual, buenas relaciones con España, después de organizarle a ésta y al resto de los españoles un problema político de enorme costo, cuantificable, como veremos, en la recuperación económica. Pero todo nacionalismo tiene, hasta los que se creen serios, si se mira sin preocupación, fallas de comicidad, pues ya han previsto que los grandes equipos de fútbol catalanes sigan en la liga española.

Y sin embargo, es tan seductor el nacionalismo que el socialismo de las zonas donde él es hegemónico ha hecho suya la reclamación de identidad nacionalista, como si esa fuera, y no el universalismo socialista hijo de la ilustración, su obsesión política. La pasada experiencia de un lehendakari socialista en Euskadi no supuso ningún rasgo definitorio en lo social, ni en lo republicano, ni en lo constitucional respecto a un lehendakari nacionalista (sólo, y fue importante, en la persecución de ETA comparada con la que hacía el PNV cuando éste estaba en el Gobierno vasco). Por el contrario, promovió un amalgamamiento cultural donde el nacionalismo era dominante, que facilita aún más la asimilación nacionalista sobre el resto de la sociedad vasca. Y si fue el socialismo el que gestionó Cataluña durante dos legislaturas, no cabe duda que hay que arrogarle la responsabilidad de haber dado el disparo de salida a la escalada secesionista con el inconstitucional proyecto de nuevo estatuto catalán, apoyado por todo el PSOE. Se debiera recuperar la perdida médula filosófica del socialismo español.

De todas maneras, ante la zozobra y preocupación que producen los nacionalismos periféricos a causa de su aventura secesionista, hay que mantener el criterio, si se quiere consolador, de que la independencia de un territorio, incluso en lugares de tercer mundo, solo se consigue de manera fáctica, a la brava, por la violencia, y no por procedimientos democráticos. Porque, como ya hemos dicho, la democracia suma, no separa.

Qué hacer

No hay política socialdemócrata posible sin un marco político democrático estable. Sin estabilidad política el socialismo desaparece. Y para que exista estabilidad es fundamental que la política desde el partido socialista vaya encaminada a ello. Sin embargo, las opciones radicales que hemos visto defendidas en su seno promueven la inestabilidad. Así,  las formas contestatarias y sin cuartel con la derecha, el seguidismo de opciones populistas, la excesiva comprensión, lo que le lleva a la justificación, del nacionalismo radical, el equívoco ante las opciones secesionistas, y la oferta, a manera de arma contra el PP, de reforma constitucional sin la menor concreción de la misma, no favorecen una estabilidad política que le es más necesaria al socialismo en estos momentos que a la propia derecha. Por lo que se puede concluir que el mismo partido socialista forma parte del problema vasco, del problema catalán, y, por consiguiente, del problema español. Es necesario que el PSOE vuelva ser parte de la solución y no del problema. Y lo primero que le corresponde para ese fin es defender la democracia.

No sólo hay que retomar, por su parte, los consensos que dieron lugar a la Transición, pues la crisis económica y el reto secesionista lo reclaman, sino que las formas de ejercer la oposición es fundamental con el fin de evitar la destrucción de las instituciones democráticas. Y desde esos consensos realizar una sincera oferta de la necesaria reforma de la Constitución. Pero estas cuestiones observables con facilidad, verdades de porquero, son difíciles de asumir por una nomenclatura endogámica, más preocupada de vivir del poder que de servir a la sociedad.

No hay colectivo humano que con el paso del tiempo no se convierta en un fin en sí mismo, y si al socialismo español le sumamos a sus carencias ideológicas y teóricas,  su fuerte influencia sindicalista, este envejecimiento para su función como instrumento político se hace evidente. Ante la tentación hacia el espontaneísmo, habría que brindarle un alto en el camino para reflexionar, moderar los mensajes y volver a sus fundamentos democráticos defendidos desde sus orígenes nada menos que ante aquella III Internacional emergente con llamativa fortaleza revolucionaria. Fue una desgracia que el socialismo tuviera, no por casualidad, su Lenin español, y que el izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, se le haya reaparecido en la actualidad cual un cáncer. Tanto en la necesidad de defensa de la libertad y la democracia, incluida la búsqueda de estabilidad política, tanto desde el lado social como territorial, al socialismo le es necesaria una profunda reflexión.

Se necesita visualizar que el socialismo forma parte del bloque constitucional. Si, de ese bloque que parece haber abandonado a la derecha. Y que su pertenencia es constante, pues evitaría los actuales acosos, del que él mismo también es protagonista, para facilitar la envidiable fortaleza que otros sistemas vecinos poseen. Pues aunque se sorprenda ante otros que lo acosan, como actualmente ante el PNV por ir con Bildu a una manifestación por los presos de ETA, él fue con la misma compañía al Parlamento europeo.

Es necesario que su fe en la democracia le obligue a respetar  la legalidad, no solo para evitar la corrupción, pues el espíritu de cuerpo y el interés del partido no puede justificarla, sino también su manipulación, aplicándola o aboliéndola (ley de Partidos) según le venga en gana. Respetar la autonomía de los poderes del Estado, no sólo por la ingerencia partidista en el nombramiento del Consejo del Poder Judicial, sino por propiciar por interés político la conversión del Tribunal Constitucional en tribunal de casación para dar una salida a los sucesores de Batasuna. Es necesario hacer real la autonomía de los cargos públicos, respetar la normativa en cuanto que su mandato no sea imperativo, pues facilitaría el debate interno, la creación política e ideológica, la representatividad de las minorías y la porosidad del partido respecto a la sociedad. Es necesario fomentar la libertad en su seno orgánico, pues hace tiempo los partidos se han constituido en formaciones feudales, organizada en baronías y clanes clientelares, contradictorias con la democracia. Y utilizar las medidas de apertura a la sociedad de forma honrada y no meramente publicitarias, porque de nada sirve convocar primarias si sólo se presenta el candidato designado por la camarilla de notables.

Mayor cuidado con las ofertas políticas fundamentales. Porque una notable iniciativa no debe tener más fin que despistar a incautos. Promover desde Cataluña la reivindicación del federalismo cuando a éste se le suma, convirtiéndolo inmediatamente en confederalismo, el “derecho a decidir” de los catalanes, es una grosera falsificación. Pues pasamos de una iniciativa progresista a su contraria. Es decir, se asume con el falso federalismo el derecho de autodeterminación que niega todo federalismo, como lo dejara patente la Unión en la guerra civil de secesión americana. Pues no era que los estados del Sur se presentaran de inmediato como secesionistas, apoyaban tan sólo la Confederación. Como confedérales fueron los que nos organizaron el cantonalismo.

No se entiende el socialismo sin su adhesión a la convivencia constitucional, y si tal sigue siendo, no es suficiente convertir la llamada a la reforma constitucional en un mero artificio propagandístico, pues ello deterioraría profundamente dicha convivencia. Si realmente se opta por la reforma federal explíquese ésta con los caracteres que la definirían, pues lo que de momento se ha hecho es utilizar tan honesto fin para el enfrentamiento.

Pues a nadie con cierto criterio racional se le oculta la necesidad de reformarla. Para ello se pueden dar diversos criterios, incluso contradictorios. Pues se debiera compartir que el mal estado de la misma, tras su posterior desarrollo legislativo, la ha convertido en un sistema centrífugo, no sólo en aquellas zonas donde rigen los nacionalismos. Pues  por acción de los partidos, por la búsqueda desmedida de su supervivencia, han convertido las autonomías en sus zonas de abastecimiento cual las partidas del siglo XIX. Acabando siendo, después del “café para todos”, por demás, una organización ineficaz y cara. Y hay que pensar en la reforma constitucional sin esperar contentar con ella a los nacionalismos, pues como explica Estéphane Dion, los nacionalismos sólo están interesados en crear un Estado independiente en su tierra. Sería perder el tiempo en tema tan delicado, para llevarlo al fracaso, esperar que el secesionismo catalán se viera desactivado por una constitución federal, más bien se produciría lo contrario, pues prefiere la relaciones bilaterales con en Gobierno central en el seno de este caos, que una relación a la alemana o como la norteamericana.

En general, todo se podría sintetizar en defender la democracia, dentro y fuera del partido, porque lo que no se defiende dentro se desprecia fuera. Ello supone el respeto al imperio de la ley, dejarse de veleidades izquierdistas  asumiendo la máxima republicana de que para ser libres debemos ser esclavos de la ley, y rehacer las relaciones políticas sabiendo que la convivencia se hace con los adversarios y, en muchas ocasiones, apartando a los nuestros.

FUNDACIÓN PARA LA LIBERTAD 14/01/14 · EDUARDO (TEO) URIARTE