SANTIAGO GONZÁLEZ-EL MUNDO

Al salir de la reunión que mantuvo con Pedro Sánchez, Pablo Iglesias se mostraba optimista, aunque era el suyo un optimismo con cautela. «Tengo la impresión de que Pedro Sánchez no me miente y quiere un Gobierno con nosotros», dijo el hombre, mostrando una confianza muy mejorable en su interlocutor. «Vamos, no creo», podía haber añadido para reforzar su aserto. Pedro Sánchez ha mentido más que ningún otro gobernante del que guardemos memoria, pero no hay por qué pensar que miente cada vez que habla. Sólo si extrae algún beneficio de ello. O sea, como todo fiel cristiano.

Al mismo Pablo se le entendía mejor en los días previos a la cumbre, qué quieren que les diga, las cumbres tampoco son lo que eran. Bastaba oírle ayer para comprender que Pedro Sánchez lo había puesto mirando a Málaga en posición oferente.

Ayer, después de la entrevista, el marqués de Galapagar ya no reivindicaba el Gobierno de coalición que tanto había reclamado desde el 28-A. Tiró de lo que a él le parecían sinónimos: Gobierno de cooperación, de colaboración, Gobierno conjunto, plural y, ante la insistencia de los periodistas, restó importancia al tema: «El nombre es lo de menos; lo importante son los contenidos», sin explicar en ningún momento las diferencias nominales, ni aclarar si habrá ministros de Unidas-Podemos en el Gobierno. Iglesias adornó la suerte con alguna de sus viejas muletillas, como la de que se ha acabado el tiempo de los vetos. No se trata de que el doctor Fraude tenga pensado vetar a ningún podemita para ese Ministerio de Trabajo que tanto parecía gustar a la augusta parejita de La Navata. Sánchez no les veta; se trata, sencillamente, de que no les quiere en el Gobierno.

La víspera se había explicado José Luis Ábalos, para que no se distrajese nadie: o se dan a razones o se convocan nuevos comicios, ellos verán, que las urnas guardan memoria en su opinión. No sé si la guardará para ellos, pero ciertamente el partido que más perdería en unos nuevos comicios sería el ya de por sí depauperado Unidas-Podemos. «No se ha hablado de nombres», dijo Lastra, esa fascinante criatura. Ni de números, al parecer. La portavoz no supo decir qué era en su opinión un Gobierno de cooperación. «Pónganos un ejemplo», pedían los periodistas, aunque en vano.

Tanto Rivera como Casado le negaron que vayan a apoyar la investidura de quien Adri se empeñaba en llamar una vez y otra «el presidente del Gobierno». Rivera tuvo un patinazo al ser interpelado por su apoyo a integrar a Vox en la Mesa de la Asamblea de Madrid, lo que él presentó como una cuestión de respeto a los resultados. No había tal. Vox se sentó en la mesa con el 8,86% de los votos y Más Madrid se quedó fuera con el 14,65%. El asquito, que llevó al PP a prestar 21 votos a Vox para que accediera a la vicepresidencia. Los mismos votos que le devolvió al PP el partido naranja para no ensuciarse con Vox. Rivera expuso otra de las reglas no escritas que se inventa: que ellos sólo suscriben un pacto a dos (con el PP) que suma 56 escaños. El problema es que la mayoría absoluta está en 67. Le faltaría el apoyo de Vox, que tiene 12.