Cristian Campos-EL ESPAÑOL 

El problema de la izquierda con la tasa de delitos sexuales de nacionales y extranjeros de la que tanto se ha hablado durante los últimos días es que lleva varios años defendiendo, simultáneamente, la idea de que un 0,0001% de agresiones merece la declaración de emergencia nacional contra “la cultura de la violación” y la de que un 0,0003% es un porcentaje no sólo minúsculo, sino irrelevante a la hora de predecir la probabilidad de que un extranjero en concreto sea un agresor sexual. 

Sólo una de esas dos afirmaciones es correcta y esa es, por supuesto, la segunda. Pero resulta difícil compaginar esa fina conclusión estadística con la idea de que todos los hombres son violadores en potencia. Dicho de otra manera. O la izquierda acepta que la “cultura de la violación” es una mentira no ya política, sino científica, o traga con la falsedad de que esa “cultura de la violación” imaginaria es más preeminente, en términos relativos, entre los extranjeros que entre los nacionales. 

O lo uno o lo otro, pero jamás ambas afirmaciones al mismo tiempo. No se puede sorber la sopa de la criminalización general del sexo masculino y soplar al mismo tiempo la de la criminalización general de los extranjeros de sexo masculino. Y en la curva de ese populismo se está matando la izquierda en un coche conducido por Vox. Finiquitados por uno de los suyos: qué irónico. Resulta que demagogo sí come demagogo. 

Nadie podrá decir que la izquierda no se lo merece. Tanto, al menos, como esos políticos demócratas americanos y esas estrellas del mundo del cine y del espectáculo que caen víctimas de la misma cultura puritana, perversa y paranoica que ellos mismos han alimentado con sus #metoo y sus #yosítecreo. Etiquetas tras las cuales se esconde el fin de la presunción de inocencia y de ese principio general del derecho que dice que toda acusación necesita pruebas para acabar en condena.

¿De verdad, en fin, hace falta explicarle a la izquierda que haría un gobierno populista de signo contrario al suyo con ese caramelo que ellos piensan dejarle a la puerta de las instituciones? Tampoco es tan difícil adivinarlo: lo mismo que están haciendo ellos, pero aplicado en su contra. Mi pregunta es… ¿cómo pensaba la socialdemocracia escapar con vida de esa ley de la selva que ella misma ha contribuido a implantar? ¿Gracias a ese derecho de pernada llamado superioridad moral de la izquierda?

Me temo que esos días de vino y rosas quedaron atrás. Vox acaba de dar un salto cualitativo y su segundo paso, tras la entrada en el Congreso de los Diputados en abril, será el asalto al electorado obrero de PSOE y Podemos. ¿Asustados del resultado del debate del lunes? No es nada comparado con lo que se avecina. Es razonable pensar que Vox no tendrá la más mínima dificultad para llevarse a las clases obreras de este país de calle, tal y como Marine Le Pen hizo en Francia.

Pero, ¿cómo no se las va a llevar, si PSOE y Podemos las han abandonado, convencidos de que lo que preocupa a estas no es el paro, los impuestos, la delincuencia, la posibilidad de que un criminal okupe su casa o la ruptura de su país, sino el lenguaje inclusivo, el feminismo interseccional, Greta Thunberg, los 57 géneros sexuales de las gallinas y la imposición en las escuelas del dialecto medieval de los cabreros de su pueblo?

Lo raro es que esas clases populares no hayan corrido ya a gorrazos a esos pijos caviar de manos suaves y maneras jesuitas que se solidarizan con las trabajadoras de la limpieza, tan icónicas ellas, mientras desprecian y humillan a esa otra clase obrera que, vestida de guardia civil o de policía nacional, protege la puerta de sus mansiones con piscina y se juega la vida frente a los mismos fascistas, estos sí reales, con los que ellos se solidarizan en Cataluña y el País Vasco.