JON JUARISTI-ABC

Un relato veraz sobre ETA debería evitar las concesiones al nacionalismo vasco

LA verdad, esto del relato ya aburre. ETA y sus comparsas seguirán machacando con el suyo –esto es, con el de que no se les dejó otra opción que matar, dada la persistencia del «conflicto vasco»–, y las asociaciones de víctimas, junto a un puñado de historiadores tenaces y sensatos, reclamarán que se imponga una versión rigurosa y veraz de los hechos. Los gobiernos (central y autonómicos) tratarán de quitarse de encima el marrón, de la manera más discreta posible: sin irritar demasiado a las víctimas, pero sin intervenir en la batalla de los relatos.

El mismo día de la payasada de Cambo recibí por internet la foto recién tomada de una pintada en Lequeitio, encantador pueblito de la costa vizcaína. Dentro de su laconismo, resultaba bastante elocuente. Rezaba así: Eskerrik asko, ETA. Gora

ETA. Es decir, «Muchas gracias, ETA. Arriba ETA». Buena parte del nacionalismo vasco (no sólo la izquierda abertzale) se siente en deuda con la actual

ETA-zombie (que no se disolverá en el polvo, no se vayan a tragar semejante trola). Es de bien nacidos ser agradecidos y el nacionalismo vasco en su conjunto tiene que agradecer a ETA la desaparición de toda oposición significativa a su proyecto, el de la consolidación de la nación foral dentro y fuera de sus predios. A la oposición oficial –o sea, a la que no se opone en absoluto a ese proyecto– no se le ha ido todavía el miedo del cuerpo y está dispuesta a dar por la paz mucho más que un avemaría. Se conformaría con un relatillo que sostuviera, muy en general, que las víctimas han sido decentemente resarcidas y sus asesinos debidamente castigados, lo que, por supuesto, ni ha sucedido ni va a suceder.

De vez en cuando firmo algún manifiesto con amigos que ven las cosas de forma parecida a la mía. Lo firmo por amistad, pero sin esperanza ni convencimiento. Creo que es una pérdida de tiempo dirigirse a los agradecidos o a los medrosos y a los gobiernos que los representan. Yo creo que sólo hay un grupo al que merece la pena dirigirse, y es al de los radicalmente disconformes, al de las víctimas, los historiadores honestos y los firmantes de manifiestos. Un grupo en el que me incluyo, faltaría más. Y lo que le diría a este grupo, como ya se lo he dicho en otras ocasiones, es que abandonen toda esperanza y que revisen su propio relato hasta retirar del mismo toda concesión al lenguaje del enemigo. Sobre todo, las concesiones inconscientes, empezando por la de llamar «exilio» a la situación de los ciudadanos españoles que, bajo la amenaza de ETA o la presión ambiental del abertzalismo de todo signo, tuvieron que dejar de residir en los territorios forales de la nación foral y mudarse temporal o definitivamente a otras partes de España. No ha habido un exilio vasco en la España democrática. Por duro que fuera el destierro resultante de una auténtica limpieza étnica (en la que no tomaron parte solamente los terroristas, sino también quienes desde un abertzalismo supuestamente moderado nos decían «Si no estás conforme, ancha es Castilla»), no nos trasladábamos a un país extranjero, a depender de la generosidad de los autóctonos. Cambiábamos de casa en nuestro propio país, donde teníamos derecho a residir donde se nos antojara o pudiéramos (los de Bilbao, además, tenemos derecho a nacer hasta en Motilla del Palancar). Esto del exilio es un resabio abertzale con toques antifranquistas y progres. No pasó nada de eso. Los que se acogían al exilio eran los asesinos y cómplices de la banda. Porque los abertzales no soñaban con una Cuba del Cantábrico limpia de vascos respondones (que para ellos nunca fuimos vascos). La querían limpia de españoles. Empecemos a contarlo como pasó.