El colado

ABC 17/09/14
DAVID GISTAU

· El PP sacrifica hasta los imperativos morales autoimpuestos cuando no le son útiles

HACE casi tres años que Rajoy y Sáenz de Santamaría asisten a los consejos de su gabinete sin animarse a preguntar quién es el desconocido con gafas, rostro anguloso y pelo cano que está sentado entre sus ministros como uno más. Disimulan, le permiten participar e incluso servirse café, tal vez por miedo a que el colado sea un perturbado capaz de reaccionar con violencia si alguien le dice que abandone la sala porque los miembros del Gobierno deben discutir cosas de adultos. La infiltración de ese extraño con el que ni los escoltas se atreven es tan profunda y asombrosa que este cronista lo ha visto incluso durante las sesiones parlamentarias. Suele estar sentado en los escaños azules, a la mismísima diestra de la vicepresidenta, con quien comparte confidencias y cuyas intervenciones elogia, mientras ella finge que no la sorprende encontrárselo también allí. A lo mejor Sáenz de Santamaría envía señales de auxilio y no las sabemos ver ni hacemos nada por sacarle de encima al acosador quien, por cierto, se maneja con tanta soltura en su personaje que hasta el presidente del Congreso le cede la palabra a veces.

El pasado verano, durante un partido entre el Real Madrid y la Fiorentina, un espontáneo uniformado hasta en el mínimo detalle como un jugador del Madrid se coló en el campo, se mezcló con los futbolistas y se dispuso a rematar un córner. Un defensa de la Fiore incluso lo marcó. Pasaron unos segundos maravillosos antes de que los jugadores del Madrid advirtieran su presencia y pararan el partido para que lo echaran. Me da la impresión de que exactamente lo mismo le ha ocurrido al Gobierno con el hombre que se hace pasar por ministro de Justicia, sólo que han estado sacando el córner durante casi tres años. Por eso ahora que les ha montado un lío con la reforma del aborto todos reniegan de él, y dicen no conocerlo ni saber cómo ha llegado a circular su proyecto a pesar de que los consejos de ministros son jerárquicos, y ningún proyecto sale del borrador sin la aquiescencia y la implicación del presidente y de la vicepresidenta del Gobierno. Salvo que se prefiera creer que no existe esa jerarquía y que cada ministro va por donde se le antoja como si aquello fuera los autos de choque, mientras el presidente y la vicepresidenta no se enteran de nada hasta que escuchan hablar de ello a los tertulianos de la radio.

La concentración de la culpa por el gatillazo de la reforma en Gallardón, a quien ya se atribuyen hasta pensamientos suicidas que son como ponerle el cuchillito a mano y dejarlo solo para que practique el seppuku por honor, tiene el inconveniente de retratar al presidente y a la vicepresidenta como trajes vacíos con los que sus propios ministros ni consultan antes de salir en tromba con ideas propias. Lo cierto es que se trata de un recurso muy grosero para tapar otra evidencia: que el PP sacrifica hasta los imperativos morales autoimpuestos cuando no le son útiles o cuando una encuesta indica que acarrean desgaste electoral. Después del imperativo moral del Faisán, ahora liquida el imperativo moral del derecho a la vida y trata de hacer pasar por un lunático al ministro que lo verbalizó, es de suponer que con el conocimiento de su jerarquía, o de lo contrario habría sido cesado. Otra cosa es que la reforma fuera en sí regresiva hasta hace tres generaciones, con el pretexto de corregir liviandades de Zapatero, y que el PP haya descubierto que no conocía su propio partido, sino que confundió un estrato sociológico con el todo.