El descubrimiento de la izquierda II

FUNDACIÓN PARA LA LIBERTAD – 02/07/15 – TEO URIARTE

Eduardo Uriarte Romero

Eduardo Uriarte Romero

Y la pasividad de la derecha.

Es muy difícil que un gobierno tenga apoyo social cuando se empeña en una política de austeridad, pero le es más difícil aún cuando en las élites dirigentes se producen a diario escándalos de corrupción, y mucho más lo es si esa gestión ha despreciado la comunicación con una ciudadanía que sufre las medidas de ahorro. Un sacrificio, sin otra solución, impuesto a las clases populares desde esas élites cuando han sido precisamente ellas, debido a su falta de  prudencia, el origen de la crisis. Entiéndase que en esa élite, en la élite política, entraban tanto el PP como el PSOE, y les acompañaban los otros partidos menores nacionalistas. Todos, tantos unos como otros, eran cómplices en el crack. Lo único a favor de la derecha es que avisó de su llegada frente a su ocultación por el Gobierno socialista de Zapatero y Solbes.

Ocurrió tras la desastrosa etapa de aquel presidente socialista que nunca desde la Transición político alguno tuviera tanto apoyo electoral como Rajoy, y este político se quedó durante tres años sin decir nada a los que tan masivamente confiaron en él. Sólo repitió, y a toro pasado como escusa, que la situación que se encontró era muy grave, peor que la esperada. Cuando empezó a hablar tras las elecciones europeas del 2015 ya era tarde, el desprecio a su electorado ya se había producido y los aspectos de recuperación económica no eran suficientes para superar la afrenta por el silencio ejercido. La relación con sus electores la rompió el beneficiado.

 Pero tal agujero financiero heredado de sus predecesores, y del que Rajoy se lamentaba una y otra vez, lo supusieron sus electores. No hacía falta que nadie les insistiera sobre el desastre al que ZP nos había llevado, por eso votaron a su oponente de forma tan masiva abandonando muchos la opción socialista. Además, parece difícil creer que Rajoy no se esperase el agujero económico, que se fiara de las cuentas que le ofreciera a su marcha, cuando todos sabemos que la contabilidad pública sirve principalmente para maquillarlas.

Quizás Rajoy no fuera el político que hiciera falta, ha derrochado demasiado tiempo y capital electoral. Posiblemente fuera él y sus principales colaboradores unos burócratas, decentes gestores para épocas muy tranquilas y rutinarias, y no para una crisis que por su dimensión económica era también política. Obsesionado por la crisis económica alguien le tenía que haber gritado –obviando lo de imbécil- que también era política. La derecha española en su proceso de acomodación a la democracia, lejanos los tiempos duros y entregados de la Transición, asume la deriva hacia la pasividad política que la caracterizó desde su origen. Cuando no podía con los problemas delegaba la acción en los militares, ahora mira a todas partes antes de asumir su responsabilidad, como si los problemas no fueran con ella, que es la que gobierna, y delega en la Justicia la solución, por ejemplo, del problema del secesionismo catalán. Dándose la paradoja de que fuera el ministro de Exteriores, a manera de espontáneo, el que hablase de Cataluña.

Que no se queje Rajoy por la herencia que encontró al entrar en la Moncloa. Los políticos de talla, y él tenía apoyo electoral para serlo de sobra, son capaces de superar las malas circunstancias. Sería bochornoso intentar una comparación con líderes extranjeros que surgieron ante situaciones graves, como Lincoln, Churchill, Roosevelt. Pero quedémonos con los de casa, como Suárez o González, y veremos que las habilidades políticas de ambos, incluida la comunicación de la que tanto echaron mano, no es precisamente una virtud en Rajoy ni en  los políticos de su generación pertenecientes a los viejos partidos. Estos partidos en estos últimos años no sólo han liquidado la política, con ello también liquidaron a los políticos, líderes capaces de conectar con la sociedad mediante discursos, haciendo fluir la política, pues la democracia es discurso y deliberación. Sin darnos demasiada cuenta hace tiempo los partidos tradicionales arrumbaron a los políticos y los sustituyeron por sombras apostadas en  pasillos y despachos de sus sedes, mientras encargaban la relación con las masas a especialistas en comunicación, que reducen todo a mera técnica mercadotécnica, sin idea alguna de política. Hasta que el sistema se agotó.

Es de subrayar que la principal virtud de Rivera o Iglesias sea la comunicación de la que tanto ha carecido Rajoy –y de la que tampoco es un ejemplo Sánchez-. Pues la política es verbo, y la crisis llamaba a la política a dar muchas explicaciones, y no consignas, y debatir en profundidad la situación, y no a insultarse como comadres descaradas. Prefirieron  los dueños del bipartidismo seguir dando malos espectáculos en el Congreso y no ofrecer contrastados mensajes con contenido, de esa manera los partidos emergentes, que si hacen discurso, se les subieron vertiginosamente a las barbas condicionando grandemente la política desde las elecciones municipales de mayo. El discurso de investidura de Cristina Cifuentes hubiera sido impensable antes de la aparición de Ciudadanos y el baño de bandera que se diera Pedro Sánchez es consecuencia de la actual dependencia política que su partido soporta bajo Podemos. Ambos hitos son positivos, pero son consecuencia de la presión externa y no de de un proceso interno de reflexión que les haya llevado a este tipo de comportamiento. De momento son gestos esporádicos, sin surco en las respectivas culturas de ambos partidos, y en el caso de la bandera posible idea de bombero de algún comunicador que buscaba algo impactante para alejar a Sánchez del abrazo del oso Pablo Iglesias. Es evidente que la reforma desde dentro de los viejos partidos es imposible.

La respuesta del PP a la corrupción se quedó corta, dubitativa. Bárcenas no padecía una condena suficiente desde su partido, casos nuevos de corrupción se iban repitiendo y las medidas a favor de la trasparencia resultaban sólo a gusto de sus promotores y muy lejanas de la sed de justicia que una sociedad, atormentada por sacrificios económicos, de repente estaba exigiendo. El PP supuso que medidas de trasparencias internas son suficientes, como si en política los buenos deseos fueran suficientes sin la existencia de contrapoderes que limiten el poder. No se ha visto un discurso que enfatice en el fortalecimiento del Poder Judicial frente a los partidos, ni una necesaria reforma de los tribunales de cuentas que posibiliten el control de las cuentas de instituciones y partidos alejando la designación de sus cargos del actual nombramiento por los partidos, ni una reforma electoral que posibilite la relación y control por la ciudadanía de esa superestructura política que son los viejos partidos. Reformas muy necesarias porque antes de lo esperado, y ya se empieza a dar, los partidos emergentes acabarán prontamente en un comportamiento idéntico al que criticamos de los viejos partidos. Pero no esperemos que haya reformas en profundidad en los viejos partidos, pues limitarían su poder. Las reformas, si llegan, llegarán desde fuera de ellos.

El discurso lacrimógeno en el Congreso de la vicepresidenta en el que se decía que los políticos eran gente normal, en su mayoría honrada, y que curiosamente tuvo algunos aplausos de la oposición, huía una vez más del problema reduciéndolo al delito de unos pocos. Demostraba –y es atribuible también a los del PSOE, aunque estos tengan más derecho a robar porque dicen representar a los pobres,- que el PP, como el PSOE, no son conscientes del escándalo que la élite política ha provocado, y que las soluciones de carácter interno, como medidas de transparencias, no sirven para solucionar el problema, sólo les parece servir a ellos y a sus conciencias.

El PP ante la corrupción ha intentado echar balones fuera y no asumir el hecho, descubierto por Montesquieu, que la gestión de la política incita a la corrupción. Debiera descubrir, junto al PSOE, que no es que en su seno haya personas corruptas, es que los partidos son entes corruptores, pues gestionan el poder, y el poder corrompe. Hasta que no se potencie la judicatura en su función de vigilancia de la limpieza en las instituciones políticas y los tribunales de cuentas no pasen a ser gestionados por este poder, y no por representantes de los políticos, no habrá solución. Y no estaría de más que en los partidos se empezara a mirar con cierto deprecio a sus propios conseguidores de recursos, que no dudan en traspasar la línea de la legalidad para conseguirlos y convertirse en cargos tan imprescindibles como el del presidente o el secretario general. Mientras la corrupción política no fue acompañada por el padecimiento en la población por el empobrecimiento, la corrupción no tenía tanta importancia, pero cuando la gente lo empezó a pasar mal, no ha perdonado a políticos y sindicalistas que chuparan del bote, ni siquiera legalmente del bote. El PP, que es el que gobierna, todavía no ha entendido la dimensión del escándalo social que, por lo que no ha puesto los medios para superarla, y este hecho se sumaba al despreciativo silencio que ostentaba ante su electorado.

A estas cuestiones previas habría que sumar, además, la exhibición de desconfianza hacia lo que no controlaba la camarilla del Gobierno directamente. Sectores organizados de la derecha, pero no afiliados de primera fila, colectivos cercanos ante determinadas políticas, como la realizada hacia asociaciones de víctimas o colectivos cívicos en la lucha antiterrorista, o se controlaban directamente por personas al servicio del Gobierno o se abandonaban. El abandono de sus sectores católicos más integristas llevó incluso a la única crisis real de Gobierno que ha padecido Rajoy con la dimisión del ministro Gallardón. Lo que nos lleva de nuevo a la necesidad que tuvo Rajoy, y que despreció, no sólo de relacionarse con el electorado que le había votado, sino con sectores y colectivos sociales más o menos cercanos a la política ejercida por el PP en el pasado, sino, lo que es más grave, la necesidad de explicarse ante las promesas que no iba a cumplir. Si en el tema económico era necesario explicar por qué no se llevaba a cabo lo prometido, en el terreno religioso tenía que haber ido con tiempo reformulando las medidas que se ofrecieron sobre la reforma de la Ley del aborto, y no dejar sin explicaciones una política antiterrorista heredada de Zapatero que tan gran alejamiento ha producido respecto a las asociaciones de víctimas, en el seno de las cuales se intentó promover maniobras de control.  Fue un proceso de abandono, con alguna afrenta incluida, respecto a viejos aliados del PP.

El Gobierno del PP ha sido un llamativo y reiterado ejecutor de mutis por el foro, fruto de una pasividad congénita que reaparece, lo que ha socavado el formidable apoyo electoral del que disfrutaba hace cuatro años debido, fundamentalmente, a los errores del adversario. Es pertinaz en esa pasividad, no desarrolla ninguna crisis en su Gobierno para mostrar que ha asumido autocríticamente el varapalo electoral de las municipales, pero sin embargo si que realiza una cierta reformulación en el partido, lo que pudiera dar a entender que Rajoy considera que las responsabilidades, de existir, están en el partido y no tanto en el Gobierno, manteniendo el sonsonete de que sigue siendo la opción más votada. Veremos hasta cuando.

Sin embargo el PP goza de una gran ventaja ofrecida por el comportamiento del PSOE. Pues éste, sumándose a la moda de los políticos radicales del momento, Tsipras, Mas o el mismo Cameron, la huida hacia delante, promueve una estrategia de tierra quemada en compañía de sus aliados antisistema y nacionalistas. Y este proceder de su adversario histórico le convierte al PP ahora en el único referente de estabilidad política, a pesar de todos sus males, errores y mezquindades. Así, la ventaja del PP es que el PSOE le ha entregado la estabilidad política.

Eduardo Teo Uriarte