El galope de Vox

DAVID GISTAU-EL MUNDO

En el partido de Santiago Abascal creen que su éxito se debe a la ausencia de retórica

En el equipo de Vox abundan los rostros barbados a los que les quedaría bien un morrión. Ello congenia con un concepto fundacional por el cual anoche, en la sede electoral del hotel Ayre, aún recibía salutaciones de héroe el militante que estuvo detenido en Gibraltar durante aquella incursión de la que el actual secretario general, Javier Ortega, escapó a nado. Hoy, mejor dicho, desde hoy, con sus 12 escaños obtenidos contra pronóstico, Vox es un fenómeno político que desborda esos cauces primarios y ha sabido atraerse, en Andalucía, lo mismo a los portadores de bronca, algunos de los cuales podrían haber experimentado antes con Podemos, que a los vulnerables a ciertos miedos que se resuelven envasando al vacío las naciones y prestando coartadas a la hostilidad xenófoba, o que a aquellos que, deseando voltear el régimen conservador y patrimonial del PSOE en la región, no vieron en el PP conforme con el eterno subcampeonato una herramienta suficiente.

Hasta última hora, en Vox hubo debate interno sobre si era adecuado o no presentarse a las elecciones andaluzas. La falta de estructura hacía temer un fracaso que pudiera arruinar la inercia dinámica adquirida a partir de Vistalegre. Ello habría constituido un gigantesco desperdicio para un partido que empezó, como recuerda su director de campaña, Víctor Sánchez del Real, cargando megáfonos en la trasera de una furgoneta, y que poco a poco, fuera del radar, sin que se enteraran apenas los medios, fue comprobando que en sus actos había cada vez más gente en una atmósfera cada vez más emocional.

Según Sánchez del Real, hubo en particular un acto en Sants (Barcelona) que constituyó un punto de apoyo moral para asaltar Vistalegre. El fenómeno se repitió después durante la campaña electoral andaluza. Vox se descubrió a sí mismo un dinamismo insospechado mediante los mítines en espacios abarrotados, distintos de los muy mecanizados de los partidos tradicionales, entre los cuales cundieron los efectos eléctricos de las arengas –todo en Vox parece la convocatoria para un día de San Crispín, los happy few– así como esa implicación que sólo se da cuando uno tiene la impresión de estar participando en el nacimiento de algo nuevo. En algún momento, cuando el dinamismo era el derivado del 15-M, esa sensación genesíaca pudo haberlo manejado Podemos, partido avejentado prematuramente por su institucionalización y la mutación en pequeños burgueses de sus jóvenes bárbaros.

Ahora ha sido traspasada en parte a Vox, así como la patente de la antipolítica, y ello es paradójico en un partido que no deja de ser el resultado de un espíritu reaccionario y una escisión de la derecha burguesa que ha encontrado senderos de radicalización entre los transitados por movimientos como la alt-right de Bannon, el lepenismo o la Lega. Todo ello aderezado con un toque castizo: cuando estalló la euforia en el hotel Ayre, ayer era posible oír los «Viva España, coññññño» de reminiscencias cuartelarias. Hubo gritos también que aludían a «la resistencia», la que representaría Vox contra la dictadura de la corrección política, contra las fantasías oligárquicas, contra la predación fiscal partitocrática, contra los supuestos experimentos frentepopulistas que estarían amenazando conceptos voluminosos como el de patria. Argumentos que Vox está madrugando al Partido Popular de la refundación en marcha de Casado, que tiene aquí una lucha política por librar que tal vez sea más importante para su supervivencia que las del constitucionalismo, el independentismo y los experimentos volátiles de Pedro Sánchez en el laboratorio de la izquierda.

En Vox están convencidos de que su éxito se debe a la ausencia de retórica, al hecho de que las cosas sean claras y desacomplejadas. Todo colinda con el patriotismo de pica en Flandes, como el hecho de que Rocío Monasterio arranque su primera intervención para la prensa dando las gracias a las Fuerzas Armadas que sirven ahí fuera para garantizar nuestra seguridad. Es un recurso de cierta épica sencilla que atrae a una muchachada que parece la del fútbol, con chándales de la selección y gritos de grada tales como el «Yo soy español».

Vox ofrece un espacio seguro para gritar «Viva España» sin tortuosas penalizaciones de la corrección. Pero, evidentemente, no es sólo eso. Prolonga y reencauza el sentimiento de enojo con la casta y la política profesional, a las que se han incorporado sus antiguos impugnadores, y rompe en España un complejo de culpa posfranquista que homologa a la derecha/derecha con una presunción de modernidad europea y norteamericana. Insisto en que se hace extraño ver a personas que en términos sociológicos siempre representaron la estabilidad del centro-derecha institucional enroladas en una aventura insurgente con la que desafían una noción de la opresión cultural. A esto hay que agregar un sentimiento que también era predominante en el hotel Ayre cuando el escrutinio todavía planteaba más hipótesis que realidades: el de haber derrotado por fin a un régimen, el socialdemócrata en Andalucía, que parecía eterno e intocable, que tenía clientelizada porciones enteras de la sociedad, y que, amenazado por partidos opositores de distinto signo, como Ciudadanos, se puso a temblar en la inminencia de un colapso como no se le había visto hacerlo jamás. Para un joven votante de Vox que nunca conoció otra cosa, la emoción, decía, era comparable a la que alberga al que contempla la caída de una dictadura –con la diferencia que el PSOE fue lo que fue y es lo que es porque así se lo legitiman las urnas–.

Hay un personaje nuevo en el cotarro, alimentado en parte por el alarmismo de sus rivales, cuyo viaje en lo nacional ha de ser calibrado a partir de ahora. Pero que ha salido de la dimensión clandestina en la que se preparó para subirse a la ola de la reacción europea.

«adiós, susanita, adiós», el clamor en la sede de vox

Santiago Abascal. El líder de Vox se desplazó hasta Sevilla para seguir unos resultados que trajeron fiesta. Si en la sede de Adelante Andalucía se cantaba «No pasarán» y «Sevilla será la tumba del fascismo», con reminiscencias antifascistas de la Guerra Civil y Vox como destinatario, Abascal presumió de frenar al «comunismo chavista», aunque el auditorio prefirió centrarse en Susana Díaz. «Adiós, Susanita, adiós», «adiós, Susanita, adiós», cantaban los asistentes, que habían recibido la primera felicitación desde Francia. Marine Le Pen, presidenta de la ultraderechista Agrupación Nacional (AN), no espero a los resultados y poco antes de las 21 horas escribió en Twitter. «Mis calurosas felicitaciones a nuestros amigos de @vox_es».