El guirigay español

EL ECONOMISTA 05/07/14
NICOLÁS REDONDO TERREROS

· Las elecciones europeas han supuesto una desagradable sorpresa en varios países de la Unión, pero la convulsión ha sido más duradera y violenta en España. La incapacidad de integración institucional de fenómenos nuevos, la repulsión que causan las novedades, alejados de la consideración que nos merezcan, que podemos calificar de misoneísmo, aversión a lo nuevo, hace más quebradizo nuestro sistema.

La abdicación del Rey Juan Carlos, una semana después de los comicios europeos, ha hecho aún más precaria esta situación; y la coronación de Felipe VI, con tanta austeridad como rapidez, provoca un contraste entre lo nuevo y lo viejo, lo que ha llegado y lo que no se acaba de ir, que impregna a todo el ámbito público de una sensación de fugacidad inevitable. A todo ello se ha unido el descabezamiento del PSOE y, sobre todo, el órdago de los nacionalistas catalanes. Nada parece permanente hoy por hoy en España, con solidez suficiente, excepto el nuevo jefe del Estado que, paradójicamente, ayuda a los auspicios de cambio.

Cierto es que el cansancio de materiales venía anunciando la necesidad de reformas en el sistema jurídico-institucional, pero la falta de acuerdo, la aparición de propuestas radicales, las conveniencias, el miedo o simplemente la desidia, las han venido postergando. La gestión del Sistema del 78 requería acuerdos suficientes que no fueron cultivados durante los mandatos de José Luis Rodríguez Zapatero y la crisis económica, con terribles secuelas sociales, sencillamente lo puso en evidencia: una gestión cara basada en unas autonomías insaciables que han terminado devaluando la protección de los hechos diferenciales de algunas de ellas, fundamentalmente de carácter político, sin las justificaciones históricas más o menos extravagantes que se han venido dando con el tiempo.

Sistema autonómico
Y por otro lado los partidos nacionales, que han terminado adaptándose miméticamente al sistema autonómico, con la proliferación de barones y discursos localistas, siendo esta mutación partidaria más grave aún si tenemos en cuenta que el andamiaje jurídico-institucional de la Constitución del 78 se basaba en el equilibrio entre los partidos nacionales, que se proyectaron fuertes y expansivos, por la desconfianza creada entre el centro izquierda y el centro derecha español, incomunicados históricamente, y para dar estabilidad a un sistema previsiblemente centrifugo, como se ha demostrado posteriormente.

La falta de acuerdos para unas reformas inevitables me recuerdan una descripción realizada en el siglo XV por Díez de Gámes en la Crónica de Don Pedro Niño: «? Los ingleses antes de tiempo y son prudentes. Los franceses hasta que están en el hecho, estos son orgullosos y presurosos. Los castellanos nunca acuerdan hasta que la cosa es pasada…» Podemos cambiar en esta cita los términos ingleses por anglosajones y castellanos por españoles, y tal vez no podamos extraer conclusiones generales, pero describen bien nuestra postración actual y la de tiempos pretéritos.

Efectivamente se va terminando el tiempo que nos permitía renovar nuestra apuesta política del 78 y nada halagüeño se avecina cuando las prisas y acontecimientos incontrolables influyen en las decisiones políticas. Cierto es que el partido del gobierno lo tiene complicado. Tienen a los nacionalistas catalanes empeñados en representar lo peor de nuestra historia común sin cejar en su pretensión maximalista, que entronca con aquella visión trascendente que unía a España con el futuro del catolicismo e hizo imposible la adaptación a una realidad inevitable. Esa visión transcendente de la cuestión publica -que siempre debería ser producto de transacción inteligente y digna-, vestida de orgullo, que hace imposible retroceder y para la que el pacto es siempre una derrota, me recuerda -cambiando las intensas vivencias religiosas por su catecismo nacionalista- las palabras del Conde Duque en El Nicandro: «Confieso que el cardenal Richelieu fue dichoso en muchas cosas, pero los medios para conseguirlas detestables… Si el Conde Duque no ha tenido en todo felices sucesos por lo menos ha buscado los conforme a Dios, a la religión y a la casa de los Austria; que si hubiera tomado protección de los hugonotes y de los rocheleses, favorecido a los protestantes de Alemania, dando libertad de conciencia en Flandes, tratando al Papa como le trataron en Francia, hubiera ahorrado millones y malos sucesos al reino». Esa furia mesiánica, ese desenfreno misionero lo mantienen hoy los nacionalistas catalanes, definiéndose así como albaceas de todo aquello que creímos superado.

El laberinto del PSOE
Por su parte, el Partido Socialista se encuentra en el laberinto de Dédalo y no parecen a disgusto por ahora en esa confusión que les permite ser a un tiempo republicanos y monárquicos, institucionales y un poco revolucionarios, españoles, pero renunciado a la nación que dota de una interpretación lógica y moderna a la unión, y un poco nacionalistas, aunque sin compartir sus fines últimos; firmes defensores de la Constitución del 78, pero a la vez algunos de ellos partidarios de buscar fórmulas para que los catalanes decidan por todos los españoles?; En fin, un guirigay, que deseo dure lo menos posible .

Y mientras tanto, el Gobierno, que debería estar preso de una grandísima preocupación, debe optar por hacer de los convenios para las reformas políticas necesarias, su programa, olvidando los aspectos más partidistas del que presentó en las últimas elecciones. Unas circunstancias tan claramente apremiantes justifican la adaptación de los compromisos; posteriormente los ciudadanos decidirán libremente si apoyan o no los cambios, pero la acción responsable de Gobierno obliga, en contra del buenísimo infantil de algunos, a estas decisiones y el Presidente a través de los medios que tiene -acción de gobierno, discurso político, cambios de gobierno porque de repente resulta sorprendentemente viejo, etc? -, debe dar señales inequívocas de que va en esa dirección. De lo contrario volveremos a dar la razón a una caricatura realizada hace más de cinco siglos.