Teodoro León Gross-El País

Turull se levantó el jueves pensando en la presidencia y se acostó pensando en la prisión

Aunque la lógica del espectáculo se rige por la consigna the show must go on, no es posible mantenerse perpetuamente fuera de la realidad. Y a la gran mascarada del procés se le agotan los recursos. Cuesta creer que en los dos meses próximos, una vez que corre el reloj de la investidura o elecciones, haya un viraje al realismo, pero antes o después tendrá que suceder. Quizá desde Waterloo aún parezca que todo es posible, y por eso Puigdemont mantiene sus delirios de Napoigdemont, pero es diferente cuando toca presentarse ante el juez. De hecho, Rovira ha huido de España y sus socias acudieron a Llarena despojadas del acta para conjurar la sombra de la cárcel. Por más empeño que pongan en que el espectáculo debe continuar, en algún momento ya no puede continuar.

El proceso de independencia ha sido una gran performance. Desde el Freedom for Catalonia olímpico a las megapitadas al Rey o los 17:14 del Camp Nou, desde los lazos amarillos en los escaños a las imponentes movidas por la Diada, la exhibición ha sido constante en el proceso de nation building pujolista. Todos los nacionalismos, desde el nacionalsocialismo o el franquismo al estalinismo, siempre han sido muy de coros y danzas. Desde luego el espectáculo ha sido el fundamento del procés. Como sostiene Vargas Llosa en La civilización del espectáculo, es un espíritu propio de sociedades ricas con un alto bienestar. Pero todo acabó al salir de esos límites atravesando la línea roja real de la legalidad el 6 de septiembre, escenificando el 1-0 y proclamando la República. Las fantasías se desvanecen al ser convertidas en realidad. Tanto más si son delictivas.

La ironía es que sea la CUP , el miniyo de JxSí, la que clausure el show: “Damos por acabado el procés”. En definitiva ellos venden, a su manera, autenticidad; y la autenticidad, según el inspirador terapeuta gestáltico Jorge Bucay, no se puede negociar a cambio de ser aceptados. El procés ya era una pantomima insostenible. Se han dejado los espolones, y más tras ver a Anna Gabriel pasar del uniforme reglamentario de antisistema a perfecta señorita en Suiza. Para la CUP, con cuatro escaños y quizá nuevas elecciones, solo quedaba certificar la defunción en el Parlament, donde Turull demandaba en la tribuna ¡autonomía! volviendo décadas atrás a la Transición. Un final casi melancólico en clave de cup…cup…rrucu…cup.

La última mascarada de la investidura exprés ya no ha colado. Turull se levantó el jueves pensando en la presidencia y se acostó pensando en la prisión. Es el camino de la realidad. Sólo Napuigdemont —que pudo ganar tiempo invistiéndolo con la renuncia a su acta— mantiene la simulación junto a los prófugos, léase a Rovira. Los demás ya han asumido que el Estado de derecho no es un teatro de máscaras, aunque mantengan la retórica victimista del Estado autoritario. Es un consuelo de derrotados: fantasear con una victoria moral. Seguramente continuarán engañándose, pero cuando el independentismo haga balance de daños —pérdida de autogobierno, credibilidad, confianza inversora, división social, presos, multas…— tendrán que mirar a la cara a la realidad.