ABC-IGNACIO CAMACHO

Tendrá que ser la derecha la que se haga cargo de ese espacio de lealtad constitucionalista que el PSOE ha abandonado

DE García-Page a Javier Fernández, de González a Borbolla, de Ibarra a Lambán: este artículo podría escribirse sólo –y solo– con frases públicas de socialistas perplejos. O reproducir íntegra la clamorosa requisitoria del miércoles, en una sala del Congreso, de un Alfonso Guerra al que la edad no ha arrebatado convicciones ni reflejos. Si un texto transcribiese todas esas palabras, y no digamos ya las privadas, sin citar los nombres de quienes las dijeron, quedaría un alegato demoledor que cualquier lector interpretaría como un ejemplo de periodismo militante contra el Gobierno. Pero son ellos, dirigentes del PSOE actuales o pretéritos, quienes ante la peligrosa deriva de su propio partido han decidido levantar la voz en uso de su autonomía de pensamiento. Pocos, porque aunque muchos más estén de acuerdo prefieren atenerse al dudoso precepto de la disciplina y el orden internos. Sus opiniones serán desdeñadas por sus propios compañeros como fruto del miedo a una derrota electoral o del simple resentimiento. Así es la vida partidaria: una mezcla dogmática y ciega de obediencia, silencio y apego al poder como fuente de privilegios. Y así es el liderazgo de Sánchez en este momento: como el de un enloquecido capitán Achab dispuesto en su delirio quimérico a arrastrar a su tripulación al mismísimo infierno.

Lo que denuncian los escasos disidentes con algo de perspectiva estratégica es que la política del presidente ha regalado la defensa de la Constitución a la derecha. Que ha roto el principio de la nación de ciudadanos iguales para amancebarse con los enemigos declarados de la convivencia, los que el martes se sentarán en el banquillo del Supremo acusados de delitos con gravísimas penas. Una banda de salteadores de la nación, dijo Guerra. Esos son los socios a los que Sánchez se aferra, quizá en vano además, para apurar un rato más su entelequia aventurera. Al coste de destruir, no ya el maltrecho prestigio de sus siglas añejas, sino la dignidad del Estado mismo en una negociación cínica y fraudulenta, condenada al fracaso porque él mismo sabe que no puede complacer al separatismo por más que lo pretenda.

Tendrá que ser, pues, la derecha la que se haga cargo de ese espacio constitucionalista que la socialdemocracia ha abandonado. La que asuma la protección de las instituciones y las reglas del ordenamiento democrático. La que lidere el amparo de los derechos de los españoles frente al particularismo sectario. La que encarne el espíritu del pacto de concordia amenazado por la falta de compromiso de un gobernante ensimismado en el disfrute de su precario cargo. La que ocupe las calles para reclamar respeto frente a la agresión de los supremacistas fanáticos. Ojalá lo hiciese en compañía siquiera de un puñado de socialistas sensatos. Los que aún creen que la cohesión y el decoro de un país valen más que unos meses de mandato.