Entre el Brexit y Trump está Cataluña

EL CONFIDENCIAL 30/03/17
JAVIER CARABALLO

· “Los fenómenos populistas prometen restaurar, redimir, una comunidad homogénea mítica. En todos los lugares del mundo es lo mismo”, sostiene el politólogo Loris Zanatta

Definición moderna del populismo: “Un movimiento político con tendencia a expresarse a través de un liderazgo carismático y de exacerbar una visión maniquea del mundo y de las relaciones sociales, que suele representar como un campo de batalla entre el bien y el mal, entre los amigos y los enemigos, sin compromiso alguno posible”. Lo de ‘definición moderna’, como puede entenderse, solo se refiere a la actualización y proliferación del fenómeno, no al origen mismo de esa práctica política que se remonta a la antigua Grecia, que fue donde la diagnosticaron primero.

En todas las fases, el populismo ha pasado por etapas en las que se consideraba como un fenómeno positivo, otras en las que provocó enormes catástrofes en algunos continentes y esta era populista de ahora, en que, travestido de las más diversas formas, maquillado de las ideologías más distintas, se presenta como un fenómeno imparable que sacude el mundo entero como nunca antes había ocurrido.

Lo único que podríamos considerar extraordinario desde el punto de vista de la evolución es que hayan transcurrido más de dos milenios y que algunas de las definiciones sobre el comportamiento del ser humano ante el poder se mantengan inalterables. Por ejemplo, esto que dijo Aristóteles, en su libro ‘Política’, libro sexto, capítulo IV. Es aconsejable leer lo que dijo Aristóteles y pensar en alguno de los populismos de la actualidad. Dice así: “En las democracias en que la ley gobierna, no hay demagogos, sino que corre a cargo de los ciudadanos más respetados la dirección de los negocios. Los demagogos solo aparecen allí donde la ley ha perdido la soberanía. El pueblo entonces es un verdadero monarca, único, aunque compuesto por la mayoría, que reina, no individualmente, sino en cuerpo. Tan pronto como el pueblo es monarca, pretende obrar como tal, porque sacude el yugo de la ley y se hace déspota, y desde entonces los aduladores del pueblo tienen un gran partido”.

Todos los populismos de la actualidad suponen una clara amenaza para la legalidad vigente y es lo primero que proponen, modificar el marco legal

Podemos detenernos en una sola afirmación, que los demagogos aparecen allí donde la ley ha perdido soberanía. ¿No es acaso lo que se produce en nuestros días? Todos los populismos de la actualidad suponen una clara amenaza para la legalidad vigente, y es lo primero que proponen, modificar el marco legal en el que se desenvuelve la sociedad a la que se dirigen.

La definición ‘moderna’ que se ofrecía antes es la que realizó en su libro ‘Populismos’ uno de los primeros investigadores del fenómeno de estos días, el politólogo, historiador y ensayista italiano Loris Zanatta. Lo llamativo es que, al igual que Aristóteles, lo que constata Zanatta en los populismos del siglo XXI es que tienden a concretarse en “movimientos” más que en “partidos”, que en todos ellos destaca el mismo discurso obsesivo por arrogarse la verdadera representación del pueblo y que, por ello, acaban manifestando una actitud anticonstitucional o antisistema.

¿No es acaso lo mismo que decían los filósofos de la antigua Grecia? Pues claro, porque lo que no ha cambiado en todo este tiempo es el origen del populismo. El porqué de esta degeneración social tiene que ver con el momento histórico, porque comprobaremos que en la inmensa mayoría de los casos existe previamente una situación generalizada de inseguridad, miedo al presente y al futuro, y descrédito de las clases gobernantes para solucionar los problemas existentes. Sin esos elementos, no hubieran existido los demagogos que espantaban a Aristóteles, no hubiera ganado Hitler unas elecciones y no estaría Marine Le Pen a la cabeza de las encuestas en Francia.

El origen del populismo es una exaltación de egoísmo motivada por situaciones críticas en todos los órdenes, económicos, políticos y sociales

El origen del populismo es una exaltación de egoísmo motivada por situaciones críticas en todos los órdenes, económicos, políticos y sociales. Si no existe ese deterioro del entorno, el populismo no encuentra el caldo de cultivo que necesita para arraigar y extenderse. La crisis económica globalizada que se desató en 2007, el aumento del terrorismo fundamentalista islámico y su incursión en los países occidentales a partir del atentado de las Torres Gemelas, y el descrédito de la clase política por sus privilegios y por los casos de corrupción son los tres elementos fundamentales que determinan la incertidumbre y el miedo de nuestro tiempo.

¿Y qué es lo que se le ofrece a la sociedad para encandilarla? Una sociedad mítica que, en muchos casos, supone un regreso a un pasado idealizado en el que desaparecerían todos los problemas de la actualidad. “Los fenómenos populistas prometen restaurar, redimir, una comunidad homogénea mítica. En todos los lugares del mundo es lo mismo. Pero para entender la naturaleza de cada uno de los fenómenos populistas, hay que entender ese pasado que están reivindicando”, sostiene Zanatta.

Y eso, y no otra cosa, es lo que hace Donald Trump en los Estados Unidos cuando promete cerrar el país y hacerlo autosuficiente; eso, y no otra cosa, es lo que prometen los dirigentes políticos británicos que han sacado adelante el Brexit, devolverle el aislamiento al Reino Unido en todos los sentidos; eso, y no otra cosa, es lo que proclaman los independentistas catalanes cuando recrean una Cataluña independiente, aislada de España, en la que todos los problemas encontrarían solución.