EL MUNDO

La antigua CiU fue casi imbatible mientras que Esquerra apenas era nada. Pero todo cambió cuando los propios convergentes decidieron suicidarse a lo bonzo. El nuevo escenario del ‘procés’, que contrapone independentismo frente a constitucionalismo, ha dado alas a ERC. En 2010, tras la experiencia frustrante de los dos tripartitos, Esquerra era lo mismo que hoy son las CUP, una atrabiliaria nota a pie de página en el guión de la política catalana. Ahora, si Oriol Junqueras lograra el prodigio de eliminar su firma del Diario Oficial de la Generalitat de aquí al 1-O, sería, con toda probabilidad, el próximo presidente de Cataluña.

Aunque apenas había cumplido los 12 años de edad, ya era un creyente convencido, un verdadero creyente convencido. Así que decidió hacer una encuesta personal a fin de averiguar cuántos más como él habría en el pueblo. Armado con una libreta y un bolígrafo, aquel niño tan precozmente poseído por la fe del carbonero independentista comenzó pues una peregrinación, puerta a puerta, por los bloques de viviendas de su barrio. Todos los vecinos fueron sometidos a las preguntas del bisoño entrevistador, que sólo se mostraba interesado en una única cuestión, a saber, la de si aquellos adultos con los que convivía en el pequeño municipio de Sant Vicenç dels Horts serían o no partidarios de que Cataluña se separara de España.

Corrían los primeros años de la década de los 80. Y el infante en cuestión respondía por el nombre de Oriol Junqueras. Un niño afortunado, aquel Oriol. Su padre, catedrático de instituto con muchos lustros de docencia a sus espaldas, decidió librarlo de la educación monolingüe en catalán, una práctica que comenzaba a estar bastante extendida por entonces. Y así fue como el prematuro Junqueras, alumno del Instituto Italiano de Barcelona durante toda su etapa de Educación Primaria y Secundaria, además de un profundo conocimiento de la lengua de Dante, el idioma vehicular de ese centro, adquirió también una pericia notable en el manejo del castellano, el inglés y el catalán materno.

Aquella rica experiencia plurilingüe en la escuela, sin duda, resultó de su íntimo agrado. De ahí que, tantos años después, el hoy padre de familia Oriol Junqueras haya elegido para su propia descendencia idéntico modelo educativo, el de ese Instituto Italiano que, dada su condición de centro extranjero, no somete a su alumnado a los rigores de la inmersión obligatoria omnipresente en el resto de la red de instrucción escolar catalana.

Persona más bien inclinada al mundo de las letras, el actual consejero de Economía de la Generalitat no pudo después con la licenciatura en Económicas, estudios que tuvo que abandonar tras cuatro años chocando con el muro de las matemáticas, tan ubicuas en esa disciplina. Los más accesibles contenidos de la de Historia le servirían para reorientar su futura carrera laboral como guionista de espacios de entretenimiento en TV3, su principal fuente de rentas antes de dedicarse de modo profesional a la política. También ocasional colaborador externo en nómina de Mediapro, la productora audiovisual de Jaume Roures, incluso llegó a prestar sus servicios profesionales en algún programa de fútbol de la radio pública catalana.

Junqueras, que era hombre llamado a las más altas empresas, todavía tuvo tiempo antes de acceder a la Presidencia de ERC de publicar en el diario Avui un sesudo artículo glosando las diferencias que, según él parece saber, distinguen la estructura del ADN propio de los catalanes de las formas de las hélices del ácido desoxirribonucleico características de los homo sapiens oriundos del resto de la Península Ibérica. Aunque lo más significativo del escrito para cualquier observador familiarizado con las obras de Sigmund Freud fue el título elegido por el autor para encabezarlo: «Bon vent…». En catalán, bon vent es el inicio de una frase hecha que se completa con el añadido i barca nova. Buen viento y barca nueva, en castellano.

Se trata de una vieja expresión xenófoba usada para invitar a que se marchen del territorio catalán los forasteros cuya presencia allí no resulte del agrado de los nativos. Nada nuevo bajo el sol, por lo demás. Uno de sus antecesores en la Presidencia de Esquerra, Heribert Barrera, depuso en su día, y sin inmutarse, que «los negros tienen un coeficiente intelectual inferior a los blancos». Al tiempo, verbalizó también una idea muy en boga entre sus epígonos actuales. Dijo solemne Barrera que «antes hay que salvar a Cataluña que a la democracia».

A propósito del magisterio de su predecesor, Junqueras escribiría el 18 de septiembre de 2012 el siguiente panegírico en el digital Vilaweb: «Hoy, su testimonio y su determinación en un momento crucial de la historia debería servir de faro y de ejemplo a seguir para sacar adelante un sueño antiguo, la plenitud nacional». Faro y ejemplo. Eso piensa el hombre que si de aquí al próximo 1 de octubre consigue obrar el prodigio de que su firma desaparezca del Diario Oficial de la Generalitat, con toda probabilidad, será el próximo presidente de Cataluña.

Pero la irresistible ascensión del devoto encuestador Junqueras, mucho más que por sus propias capacidades, se explica por la manifiesta deslealtad de la corriente antes central del catalanismo político, esa pretendidamente moderada que durante décadas canalizó su proyecto político a través de CDC, hacia España. A fin de cuentas, más allá de administrar la nostalgia histórica por aquel pasado de viejas fotografías en sepia de Macià y Companys, la Esquerra nunca dejó de ocupar un papel secundario en la política catalana hasta el instante mismo en que Artur Mas se sacó de la manga el procés.

Convergència, que desde el primer día que ocupó la Plaza de San Jaime comenzó una paciente labor de termita para ir corroyendo el vínculo sentimental entre los catalanes y el resto de los españoles, supo imponer un marco permanente de confrontación que orillaba el plano ideológico, ese que en todas partes enfrenta a izquierda y derecha. Así, mientras las coordenadas de la disputa fueron las definidas por el eje catalanismo frente a españolismo, CiU podía obtener 1.300.000 sufragios sin excesiva dificultad, y ello gracias a que multitud de votantes conservadores, si bien no particularmente nacionalistas, los apoyaban por norma frente a las izquierdas.

Mientras duró ese ambiguo sistema de coordenadas, CiU fue casi imbatible. Y Esquerra, por su parte, no fue casi nada. Pero todo cambió de repente cuando los propios convergentes decidieron suicidarse a lo bonzo. El nuevo escenario creado por el procés, ese que contrapone independentismo y constitucionalismo, es lo que ha dado alas a la Esquerra. Recuérdese que en 2010, tras la experiencia frustrante de los dos tripartitos, estéril periodo de ruido y furia que se sustanció en una pérdida inane de tiempo, cayeron de 21 a 10 diputados.

En aquel preciso instante, Esquerra era lo mismo que hoy las CUP, una atrabiliaria nota a pie de página en el guión de la política catalana. Apenas eso. Y entonces llegó el procés. Al súbito modo, vuelven a obtener 20 escaños en 2012. La razón de tanto vaivén hay que buscarla en el errático proceder pendular de una gran bolsa de electores a los que podríamos llamar el independentismo volátil. Son los que ahora van y vienen de Esquerra a CDC y de CDC a Esquerra, todo en función de cuál de los dos partidos se muestre más firme en cada momento con el compromiso secesionista. Por eso los aprendices de brujo del PDeCAT ya no pudieron echarse atrás cuando comenzó a resultar evidente que serían ellos los que llevarían todas las de perder en el choque entre la locomotora del Estado y el «carrilet» de la Generalitat. La presión del independentismo volátil los mantiene reos de su propia trampa.

Pero, si el proyecto de la secesión, una mera ensoñación romántica a ojos de las élites catalanistas hasta que Mas decidió rescatarla del cajón de los juguetes de la infancia, ha creado un fluido sistema de vasos comunicantes entre ERC y el PDeCAT, los tránsitos entre el bloque separatista y el de los fieles a la Constitución tienden, por el contrario, a cero. Las dos Cataluñas viven instaladas en sendos compartimentos estanco.

El procés ha devenido un juego de suma cero dentro de cada uno de los bloques. En el seno de cada campo, lo que ganan unos lo pierden otros. Al tiempo, y elección tras elección, la correlación de fuerzas entre ambos bandos permanece pétreamente inalterada. De ahí, por cierto, el inopinado recurso por parte de los estrategas de ERC a un personaje mediático con un perfil tan extravagante como el de Gabriel Rufián. Y es que, según todas las catas demoscópicas de la propia Generalitat, la lengua materna continúa siendo la principal variable discriminante que explica el apoyo o no al procés. Súmate, esa plataforma de independentistas que dicen ser castellanohablantes y cuya imagen pública encarna Rufián, es, en realidad, la prueba de que los separatistas no suman.

He ahí el drama de los verdaderos creyentes, como Junqueras. Sin contar con los castellanohablantes no hay manera de reunir una mayoría cualificada en Cataluña a favor de la ruptura con España. Pero, contando con los castellanoparlantes, no habría manera de apuntalar la coherencia interna de un discurso identitario, el suyo, que ha hecho de la lengua vernácula su premisa primera y mayor. Toda una contradicción metafísica que Junqueras sueña resolver con los belicosos tuits orales de su esforzado diputado en Madrid. Pero, pese a los muchos números de Rufián, los números, ¡ay!, siguen sin salir.