Esplendor del oxímoron

ABC 21/05/15
GABRIEL ALBIAC

· De Mussolini a Perón. De Perón a Chávez… De Chávez al sentimentalismo iletrado que proclama ahora en España un «populista de izquierdas»

LAS palabras se pudrieron. Puede que a algunos eso les parezca saludable. Yo lo sé pésimo: la ausencia de las palabras justas prefigura la entrada en tiempos oscuros; tiempos de irracionalidad, estériles. Tiempo de necios satisfechos: de ignorancia que ya ni se enmascara. Preludio de lo peor. Basta leer el juego de espejos que, entre la Europa de entreguerras y la España de hoy, dibuja Hermann Terstch en sus recientes Días de ira, para entender la dimensión del drama en el cual estamos siendo envueltos.

Las palabras se pudrieron. En una escenografía como de ópera infantil, muy Pekín años sesenta, el señor Iglesias proclama su populismo. Sin reparo. «El populismo de izquierdas es clave para el cambio». Dice. No sabe lo que está diciendo. Pero da igual: el ruido es adecuado para complacer a todos. «Populismo» suena cálido. Y el «estilo plebeyo», del cual dice revestirse, mueve una afectividad tan encantadora…

No sabe lo que dice, el señor Iglesias. Para saberlo, tendría que haber leído. Y lo suyo son las series de la tele. Leer enseña esto: «populismo» es preámbulo de fascismo en la Europa que inicia el siglo XX; y consumación del fascismo en Latinoamérica, más tarde. Nada hay en él de izquierdista: preludio de fascismo sólo.

El tronco del comunismo fue el obrerismo. El populismo lo fue de los fascismos. Son metáforas contrapuestas. Contra la sentimentalización neoromántica del «pueblo» por los populistas naro

dniki («los que van hacia el pueblo») rusos, escribe Lenin uno de sus panfletos más violentos. Los «amigos del pueblo» serán aniquilados por los bolcheviques tras su toma del poder en 1917. Y será una «populista de izquierdas», Fanny Kaplan, la autora del atentado que acabará con Lenin. Eran tiempos en los que cada cual tenía bastante claro quién era su enemigo. Populismo es la vía real al fascismo. Entonces como ahora.

Palabras que un día fueron seriamente trágicas, suenan hoy a boba zarzuela. Nada bueno vendrá de esta ignorancia de unos políticos formados ya sólo ante los televisores, esas máquinas de resonar ruidos hueros, cascajo seco, estéril. Nos estamos moviendo entre sus vainas de palabras vacías. Que chasquean. Serán enseguida polvo. Menos. Y más áspero. Quisiera estar a salvo de ese crujir estéril. No es posible: no existe la manera de escapar a esta futesa. De este estúpido ruido no va a salvarnos nadie. Hay uno que habla. Multiplicada su voz por las pantallas hasta la náusea. Uno que habla y que no sabe lo que dice: pero eso nada pone ni quita a su eficacia. El que habla hace girar la siempre idéntica carraca del ruido que place al telespectador. Lo grato, lo sencillo, lo obvio. Lo que siempre miente. Ruido y furia. Nada.

Desasosiegan esos pobres tipos que, sin saber lo que dicen, agitan siempre el mismo sonajero de cascajo: crac, izquierda; crac, derecha… Crac, crac,

crac, un chapurreo infantil de rancias historias convenidas. Crac, crac, historias, cuentos, leyendas, siempre las mismas viñetas de buenos y de malos. Crac, crac, crac, crac… Nadie va a recordar al importuno maestro vienés: el mal, somos todos; el mal es cada uno. Imposible esperar que estas voces de cascajo entiendan esto: es tan grato tener a mano un «otro» que cargue con la perversidad de taponar el paraíso. El necesario paraíso.

Crac, crac, crac…

De Mussolini a Perón. De Perón a Chávez… Populismo… De Chávez al sentimentalismo iletrado que proclama ahora en España un «populista de izquierdas». Esplendor del oxímoron, lengua podrida.